En mi rincón

danie

solo un pensamiento...
A contrafuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.

Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.

Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro​
de sombras que divide esta soledad de años.

Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.

Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…

Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.

Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.

Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.

Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.

Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.​
 
Última edición:
La terrible incomprensión ante la muerte (sobre todo de un ser querido) rompe una parte muy profunda de nosotros para siempre

Hermoso y conmovedor poema Danie, además de bien escrito. Mis felicitaciones, amigo. Un fuerte abrazo.
 
A contra fuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.

Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.

Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro​
de sombras que divide esta soledad de años.

Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.

Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…

Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.

Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.

Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.

Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.

Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.​
A veces la vida golpea fuerte como un chispazo rojo que nos
ciega ante la incomprensión de nuestra indefensión y nuestras limitaciones,hasta en las etapas más tiernas de la vida.
Abrazos.
 
Versos que calan profundo el alma de quien siente como propio los sentimientos, la tristeza y el dolor que expresan la desolación y la angustia que nos provoca escuchar esa terrible noticia de que un ser querido ha fallecido. Simplemente te dejo mi abrazo a la distancia y mi empatía con tus letras. Saludos, Danie.
 
para un niño el golpe de la muerte de un ser querido es muy duro y tÚ los has dibujado aquí magistralmente-Te feliccito
 
A contrafuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.

Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.

Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro​
de sombras que divide esta soledad de años.

Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.

Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…

Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.

Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.

Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.

Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.

Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.​
Difícil dejar un comentario en este tema. Sobre todo porque si existe algo que en verdad detesto es saber que los niños sufren.
Escribiste un poema desgarrador. Con la siempre excelente calidad poética que te caracteriza danie. Gracias por compartirlo. Abrabesos
 
La terrible incomprensión ante la muerte (sobre todo de un ser querido) rompe una parte muy profunda de nosotros para siempre

Hermoso y conmovedor poema Danie, además de bien escrito. Mis felicitaciones, amigo. Un fuerte abrazo.


Gracias Luis, parece que sigo perdido en mi burbuja de tiempo.
disculpa la demora, amigo.

un abrazo grande.
 
Versos que calan profundo el alma de quien siente como propio los sentimientos, la tristeza y el dolor que expresan la desolación y la angustia que nos provoca escuchar esa terrible noticia de que un ser querido ha fallecido. Simplemente te dejo mi abrazo a la distancia y mi empatía con tus letras. Saludos, Danie.

Tú si que sabes de esto, Mar...
agradezco enormemente tu presencia, y más en lo complicado (lo dolorido) que te puede resultar estos temas.
muchas gracias por todo.
un abrazo grande.
 
Difícil dejar un comentario en este tema. Sobre todo porque si existe algo que en verdad detesto es saber que los niños sufren.
Escribiste un poema desgarrador. Con la siempre excelente calidad poética que te caracteriza danie. Gracias por compartirlo. Abrabesos

mil gracias Ropi por hacerte un tiempo y dejar tu comentario. y más cuando los temas te pueden traer algún dolor en la memoria.
un abrazo grande.
 
Ayyy Danie. Mira lo que me encontré. Y después me dices que no sabes...Revestir la tristeza de belleza es saber hacer. Y no hablo de delirar. Lindísimo.

Un abrazo
 
Sentidos versos que me ha dado gusto leer . Abrazo.
A contrafuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.

Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.

Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro​
de sombras que divide esta soledad de años.

Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.

Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…

Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.

Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.

Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.

Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.

Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.​
 
Momentos terribles de una gran pérdida, uno se queda petrificado ante
el tamaño del vacío que se nos forma en el corazón, se exactamente como
te sentiste porque yo me sentí igual, hace unos años pude escribir unas
líneas dedicados a se momento, te las dejo abajo. Gracias por compartir
este hermoso y sentido poema. Besitos apretados en tus mejillas.


Se arrimó a mi asombro
besándome las manos,
y yo la miraba,
como cuando se quiebra el mundo
y el corazón no lo sabe.


Sólo ella, ella y él,
y yo, mirándome en sus ojos,
apagados, ausentes del momento,
de mis besos, de mis brazos.
En la certidumbre del abismo,
nació la lágrima
derramándose sobre el silencio
que vistió de ausencia la noche.
El tiempo se detuvo,
y era yo, mirándolo,
al borde del vacío
- sola sin él, sola sin mi -
hacia la inmensa oscuridad
que a sido desde entonces
mi abrigo.

 
A contrafuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.

Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.

Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro​
de sombras que divide esta soledad de años.

Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.

Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…

Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.

Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.

Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.

Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.

Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.​
Pase por tus letras amigo donde se siente el peso real de quedarte inmóvil ante el rose de la muerte sobre tu hombro, la verdad es que es hay un recogerte desde el suelo sin saber para que, y pesa cada minuto en el cual no sabemos donde ir por ese gran amor perdido, duros momentos de los cuales no podemos escapar, un abrazo grande para ti y fuerza amigo.
 
A contrafuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.

Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.

Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro​
de sombras que divide esta soledad de años.

Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.

Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…

Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.

Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.

Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.

Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.

Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.​
Excelente y doloroso escrito, danie. Un abrazo con cariño.
 

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