danie
solo un pensamiento...
A contrafuego de palabras me quedé inmóvil,
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.
Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.
Y cada palabra era un misil disparado
de sombras que divide esta soledad de años.
Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.
Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…
Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.
Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.
Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.
Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.
Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
vivo pero también muerto como una roca
ante la noticia de que ella falleció.
Era casi humano, casi un poema sin nombre,
la palabra gris de recuerdo, el silencio envolvente,
la lágrima perdida sobre las mejillas de una vieja vivencia.
Y cada palabra era un misil disparado
hacia el muro
Tenía la edad del mundo,
la pequeña edad en que uno aún no habla con Dios
ni sabe de su presencia, ni le interesa.
La edad en la que uno jamás piensa cómo va a escribir su epitafio.
Y la miraba a ella, desde mi ingenuo rincón,
la miraba bordando las mantas, zurciendo los calcetines,
tendiendo la ropa, cocinando la lasaña de carne…
Tenía la edad del joven mundo,
era muy pequeño ante tremenda noticia
y en ese momento volví a nacer,
pero lo hice desde el vientre frío de la desesperanza.
Aún la pienso y la sigo mirando
haciendo todas las mismas tareas
que en su momento con tanta dedicación hacía,
aún lo hago desde mi ingenuo rincón.
Aún tampoco hablo con Dios
ni sé de su presencia, ni me interesa;
pero si sé cómo escribir mi epitafio.
Aún estoy inmóvil, vivo pero
también muerto como una roca
a contrafuego de aquellas palabras.
Y aún soy ese niño
al que la muerte le tocó el hombro,
lo abrazó en congoja y lo acobijó en su seno
después de darle la terrible noticia
de que una parte íntima de él
se fue con Dios.
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