Rafael Llamas Jimenez
Poeta veterano en el portal
Décimas a un pastor
Con este verso primero
quiero comenzar la historia,
que no olvida mi memoria
de un paseo dominguero.
¡Ya se dispone el tintero!
Tres de la tarde, verano,
el trigo tuesta su grano,
sediento por el camino
sin agua fresca ni vino,
alguien me tendió la mano.
Dale un trago caminante
sin apuro ni presura,
no cometa la locura
de seguir hacia adelante,
sin beber no hay quien aguante.
Era un humilde pastor
que desprendía el olor
a campechano y sencillo
con su zurrón y su hatillo,
pastoreando calor.
Beba toda la que quiera
sin apuro ni reparo,
mana de venero claro
y no le falta solera.
¡Me alegra que usted viniera!
Cortó su faca un mendrugo
de buen jamón de jabugo,
pan de cantos bien crujiente
para darle gusto al diente,
en la sombra junto al yugo.
El me hablaba del rebaño,
yo le hablé de poesía,
y de como no entendía
que aquel oficio de antaño
ahora parezca extraño.
Le prometí agradecer
su buen y preciado hacer,
publicando este poema
que decía era un dilema,
pues no sabía leer.
El canto de la chicharra
alegraba el aposento
de aquel campero momento
que ahora mi pluma narra,
cual resaca de una farra.
¡Vaya usted con Dios, poeta!
y no me camine a dieta,
que el cuerpo no es de retama
y queda como mojama
en cuanto el lorenzo aprieta.
Rafael Llamas Jiménez
Con este verso primero
quiero comenzar la historia,
que no olvida mi memoria
de un paseo dominguero.
¡Ya se dispone el tintero!
Tres de la tarde, verano,
el trigo tuesta su grano,
sediento por el camino
sin agua fresca ni vino,
alguien me tendió la mano.
Dale un trago caminante
sin apuro ni presura,
no cometa la locura
de seguir hacia adelante,
sin beber no hay quien aguante.
Era un humilde pastor
que desprendía el olor
a campechano y sencillo
con su zurrón y su hatillo,
pastoreando calor.
Beba toda la que quiera
sin apuro ni reparo,
mana de venero claro
y no le falta solera.
¡Me alegra que usted viniera!
Cortó su faca un mendrugo
de buen jamón de jabugo,
pan de cantos bien crujiente
para darle gusto al diente,
en la sombra junto al yugo.
El me hablaba del rebaño,
yo le hablé de poesía,
y de como no entendía
que aquel oficio de antaño
ahora parezca extraño.
Le prometí agradecer
su buen y preciado hacer,
publicando este poema
que decía era un dilema,
pues no sabía leer.
El canto de la chicharra
alegraba el aposento
de aquel campero momento
que ahora mi pluma narra,
cual resaca de una farra.
¡Vaya usted con Dios, poeta!
y no me camine a dieta,
que el cuerpo no es de retama
y queda como mojama
en cuanto el lorenzo aprieta.
Rafael Llamas Jiménez
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