Los días van pasando y el otoño
al tiempo está llamando.
Triste se encuentra el oro de la luz
bajo un azul de sierras del invierno
jugando al escondite
con nubes de ceniza
que llenan poco a poco
vientos de aromas frescos y mojados.
Metamorfosis de fulgores cálidos
que en dorado despiertan
por las voces del tiempo
entre las sombras de crecidas ramas,
en este sol tiznando con sus besos
senderos y ramajes.
En la nostalgia queda el dulce beso
de la mar lisonjera,
largos andares por
el paseo marítimo
bajo el aroma a tardes marineras.
La música celeste de las olas
rizadas por la brisa
en la hora de los sueños...
Huracán de caricias inefables
al despuntar el alba
sobre la franja que une mar y cielo.
Los días van pasando, hay huellas de ocre
yaciendo en los caminos,
huellas verdes y rojas
y amarillas que penden de las ramas
ajenas al tic-tac del segundero
que serán huecos de un ayer florido.
Equinoccio de otoño,
vientos, lluvias y claros,
llega la fresca brisa destapando
el tarro de perfumes
y los olores de melancolía...
vuelan por los tejados.
Por el bosque de bronce,
apenas, vagas sombras aletean,
ya huele a nube triste,
a hoja marchita planeando al viento,
al besar empapado
de la niebla a la tierra;
a tardes de nostalgia en ventanales...
al crepitar de leña en chimenea.
Hojarascas doradas, por el río
bogan a la deriva,
y en este sol nostálgico y enfermo,
el campo florecido,
se funde con dolor por la llegada
de un gris que apena el cielo.
Y en el grisáceo ocaso de las cinco,
la fuente solitaria inicia el sueño,
en tanto que el estío,
ya hiberna en el valle del silencio.
Luis
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