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Orphenica Lyra (VII)

prcantos

λίθον ͑ον απεδοκίμασαν ͑οι οικοδομουντες
Orphenica Lyra (VII)

[Romance de Eurídice al salir de los infiernos]


¡Oh, mi amado pastorcillo,
bravo doncel de ternura!
Mírame antes de salir,
última mirada turbia.
Tengo este pie en el infierno
y esta mano en la penumbra;
asfódelos en mi planta
y en el corazón la duda.
Yo te amé hasta derretirme
en caudal de piel y espuma,
con un amor verdadero
y fuentes de azul locura.
Te quise, amor, y te quiero,
rojas arterias desnudas,
pero no hasta derramar
mi vida por tu cintura.
No me engañó la serpiente
ni mordió mi carne pura:
fui yo la que decidí
convencida y resoluta.
Que soy toda una mujer,
noche tallada en la luna,
bella por fuera y por dentro,
libre realidad madura;
valiente como leona,
femenina cual ninguna;
valgo para compañera
mas no de lánguida musa;
indisponible deseo,
tierra sagrada y laguna
de honrada virtud caliente,
espejo de tu hermosura.
Pero tú te enamoraste
de una imaginaria hechura:
estatua de blanco mármol,
convencional escultura,
doble resumen de cielo
por la mirada profunda;
oro para los cabellos
y rosicler de tersura,
carne de imposible nieve,
muslos de escarcha impoluta,
rubí partido en los labios,
de aljófar la dentadura.
Me quedaré en estos hados
entre las sombras oscuras.
Es tarde para las leyes,
es tiempo para la lucha.
Aquí buscaré mis bienes
y construiré mi fortuna
sin oráculos ni cuerdas
que opriman mi compostura.
No creo en las maldiciones,
vanas palabras absurdas,
ni pueden atarme al viento
viejos mitos y escrituras.
Mi destino es un proyecto
de mágica arquitectura,
no con ruinosos sillares,
sí con promesas futuras.
Pega tu oído a mi seno:
por mi vientre ya se escuchan
olor de vida inflamada,
dulce potencia de fruta.
Trae tu mano, toca, siente,
que en mis venas late y pulsa
la breve lira de un niño
con sangre que no es la tuya.
Yo recogeré su cuerpo
cuando llegue la hora justa
del árbol de mis entrañas
y lo acostaré en su cuna
con aliento de pañales,
nanas de cálida pluma,
y tejeré en su boquita
líquidas hebras de música.
¡Adiós, pastorcillo ingenuo!
Te dejo con tu ventura.
Hoy me verás alejarme
por inexploradas rutas.
 
Última edición:
Impresionante romance, Pablo, impresionante de verdad. Una maravilla poética que casi ya no me extraña viniendo de tu pluma; hay claras influencias lorquianas que tampoco me extrañan pues sé que de sus fuentes has bebido y no es la primera vez que las aprecio en tus versos.

Volveré a leer este poema de nuevo, se lo merece y además me quiero dar ese placer.

Un abrazo.




Orphenica Lyra (VII)

[Romance de Eurídice al salir de los infiernos]


¡Oh, mi amado pastorcillo,
bravo doncel de ternura!
Mírame antes de salir,
última mirada turbia.
Tengo este pie en el infierno
y esta mano en la penumbra;
asfódelos en mi planta
y en el corazón la duda.
Yo te amé hasta derretirme
en caudal de piel y espuma,
con un amor verdadero
y fuentes de azul locura.
Te quise, amor, y te quiero,
rojas arterias desnudas,
pero no hasta derramar
mi vida por tu cintura.
No me engañó la serpiente
ni mordió mi carne pura:
fui yo la que decidí
convencida y resoluta.
Que soy toda una mujer,
noche tallada en la luna,
bella por fuera y por dentro,
libre realidad madura;
valiente como leona,
femenina cual ninguna;
valgo para compañera
mas no de lánguida musa;
indisponible deseo,
tierra sagrada y laguna
de honrada virtud caliente,
espejo de tu hermosura.
Pero tú te enamoraste
de una imaginaria hechura:
estatua de blanco mármol,
convencional escultura,
doble resumen de cielo
por la mirada profunda;
oro para los cabellos
y rosicler de tersura,
carne de imposible nieve,
muslos de escarcha impoluta,
rubí partido en los labios,
de aljófar la dentadura.
Me quedaré en estos hados
entre las sombras oscuras.
Es tarde para las leyes,
es tiempo para la lucha.
Aquí buscaré mis bienes
y construiré mi fortuna
sin oráculos ni cuerdas
que opriman mi compostura.
No creo en las maldiciones,
vanas palabras absurdas,
ni pueden atarme al viento
viejos mitos y escrituras.
Mi destino es un proyecto
de mágica arquitectura,
no con ruinosos sillares,
sí con promesas futuras.
Pega tu oído a mi seno:
por mi vientre ya se escuchan
olor de vida inflamada,
dulce potencia de fruta.
Trae tu mano, toca, siente,
que en mis venas late y pulsa
la breve lira de un niño
con sangre que no es la tuya.
Yo recogeré su cuerpo
cuando llegue la hora justa
del árbol de mis entrañas
y lo acostaré en su cuna
con aliento de pañales,
nanas de cálida pluma,
y tejeré en su boquita
líquidas hebras de música.
¡Adiós, pastorcillo ingenuo!
Te dejo con tu ventura.
Hoy me verás alejarme
por inexploradas rutas.
 
Orphenica Lyra (VII)

[Romance de Eurídice al salir de los infiernos]


¡Oh, mi amado pastorcillo,
bravo doncel de ternura!
Mírame antes de salir,
última mirada turbia.
Tengo este pie en el infierno
y esta mano en la penumbra;
asfódelos en mi planta
y en el corazón la duda.
Yo te amé hasta derretirme
en caudal de piel y espuma,
con un amor verdadero
y fuentes de azul locura.
Te quise, amor, y te quiero,
rojas arterias desnudas,
pero no hasta derramar
mi vida por tu cintura.
No me engañó la serpiente
ni mordió mi carne pura:
fui yo la que decidí
convencida y resoluta.
Que soy toda una mujer,
noche tallada en la luna,
bella por fuera y por dentro,
libre realidad madura;
valiente como leona,
femenina cual ninguna;
valgo para compañera
mas no de lánguida musa;
indisponible deseo,
tierra sagrada y laguna
de honrada virtud caliente,
espejo de tu hermosura.
Pero tú te enamoraste
de una imaginaria hechura:
estatua de blanco mármol,
convencional escultura,
doble resumen de cielo
por la mirada profunda;
oro para los cabellos
y rosicler de tersura,
carne de imposible nieve,
muslos de escarcha impoluta,
rubí partido en los labios,
de aljófar la dentadura.
Me quedaré en estos hados
entre las sombras oscuras.
Es tarde para las leyes,
es tiempo para la lucha.
Aquí buscaré mis bienes
y construiré mi fortuna
sin oráculos ni cuerdas
que opriman mi compostura.
No creo en las maldiciones,
vanas palabras absurdas,
ni pueden atarme al viento
viejos mitos y escrituras.
Mi destino es un proyecto
de mágica arquitectura,
no con ruinosos sillares,
sí con promesas futuras.
Pega tu oído a mi seno:
por mi vientre ya se escuchan
olor de vida inflamada,
dulce potencia de fruta.
Trae tu mano, toca, siente,
que en mis venas late y pulsa
la breve lira de un niño
con sangre que no es la tuya.
Yo recogeré su cuerpo
cuando llegue la hora justa
del árbol de mis entrañas
y lo acostaré en su cuna
con aliento de pañales,
nanas de cálida pluma,
y tejeré en su boquita
líquidas hebras de música.
¡Adiós, pastorcillo ingenuo!
Te dejo con tu ventura.
Hoy me verás alejarme
por inexploradas rutas.
De elegantísima hechura es este romance que he disfrutado mucho, estimado compañero. Un exquisito lenguaje para un exquisito poema.
Recibe mi saludo muy cordial.
 
Mil gracias por estos comentarios.

Tengo que decir que con este romance hemos llegado a uno de los dos temas fundamentales de mi serie sobre Orfeo: la diferencia, a veces terribe, entre el ideal que refleja la poesía (con esa amada concebida en términos petrarquistas) y la indisponible y siempre sorprendente realidad (la reacción de esta Eurídice que, naturalmente, se separa de lo que nos había contado el mito); ello encarnado, naturalmente, en un objeto amoroso concreto. (El otro tema fundamental aparecerá más adelante).

Sobre la influencia lorquiana en estos versos, que es evidente y que para mí es todo un halago, comentaré algo también próximamente, pero necesito algo más de tiempo.

Saludos.
 
Orphenica Lyra (VII)

[Romance de Eurídice al salir de los infiernos]


¡Oh, mi amado pastorcillo,
bravo doncel de ternura!
Mírame antes de salir,
última mirada turbia.
Tengo este pie en el infierno
y esta mano en la penumbra;
asfódelos en mi planta
y en el corazón la duda.
Yo te amé hasta derretirme
en caudal de piel y espuma,
con un amor verdadero
y fuentes de azul locura.
Te quise, amor, y te quiero,
rojas arterias desnudas,
pero no hasta derramar
mi vida por tu cintura.
No me engañó la serpiente
ni mordió mi carne pura:
fui yo la que decidí
convencida y resoluta.
Que soy toda una mujer,
noche tallada en la luna,
bella por fuera y por dentro,
libre realidad madura;
valiente como leona,
femenina cual ninguna;
valgo para compañera
mas no de lánguida musa;
indisponible deseo,
tierra sagrada y laguna
de honrada virtud caliente,
espejo de tu hermosura.
Pero tú te enamoraste
de una imaginaria hechura:
estatua de blanco mármol,
convencional escultura,
doble resumen de cielo
por la mirada profunda;
oro para los cabellos
y rosicler de tersura,
carne de imposible nieve,
muslos de escarcha impoluta,
rubí partido en los labios,
de aljófar la dentadura.
Me quedaré en estos hados
entre las sombras oscuras.
Es tarde para las leyes,
es tiempo para la lucha.
Aquí buscaré mis bienes
y construiré mi fortuna
sin oráculos ni cuerdas
que opriman mi compostura.
No creo en las maldiciones,
vanas palabras absurdas,
ni pueden atarme al viento
viejos mitos y escrituras.
Mi destino es un proyecto
de mágica arquitectura,
no con ruinosos sillares,
sí con promesas futuras.
Pega tu oído a mi seno:
por mi vientre ya se escuchan
olor de vida inflamada,
dulce potencia de fruta.
Trae tu mano, toca, siente,
que en mis venas late y pulsa
la breve lira de un niño
con sangre que no es la tuya.
Yo recogeré su cuerpo
cuando llegue la hora justa
del árbol de mis entrañas
y lo acostaré en su cuna
con aliento de pañales,
nanas de cálida pluma,
y tejeré en su boquita
líquidas hebras de música.
¡Adiós, pastorcillo ingenuo!
Te dejo con tu ventura.
Hoy me verás alejarme
por inexploradas rutas.
extraordinario romance, saludos.
 

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