El soñador

Rigel Amenofis

Poeta que considera el portal su segunda casa
Et murmurent tout bas: C'est lui! c'est le rêveur!
Victor Hugo
Quiero escribir acerca de un suceso que ha afectado toda mi existencia desde el momento de su acontecer hasta el día de hoy. No para ser leído por alguien, más bien para leerlo yo y conservarlo en mi memoria, porque a veces tengo cierta confusión o se empieza a borrar de la misma. Este evento es mi acercamiento a un hombre provecto. Comenzaré con esta introducción dada por él mismo de su carácter durante nuestras primeras pláticas hablando de su vida, ya hace muchos años, cerca de setenta: durante la adolescencia y juventud era feliz, sus emociones eran una llave que conducía a un edén encantado. Pasó el tiempo y se convirtió en un ser callado, taciturno, inconforme… Hasta cierto día cuando una pregunta le cuestionaba su proceder durante las décadas anteriores a ese hito, según me confesó una fría tarde tres meses antes de su muerte.
Los episodios de su vida contados durante esas charlas no los comprendí cuando los oí ¡Era tan joven! Solo al dejar de ser niño y crecer percibí claramente su sentido, cuando alguna experiencia subjetiva me daba luz sobre ciertos elementos de su relato, aunque de todos modos me parecen extraños. Quizá no lo serían en otra época pero en la actualidad..
Cuando lo conocí era un viejo enjuto, moreno, desgarbado; yo jugaba en el patio de una vecindad donde vivía cuando oí que me llamó.

─Muchacho, ven aquí un momento…, por favor ─me dijo.

Obedecí, preguntándome por el motivo para hablarme de ese hombre a quien ya había visto en otras ocasiones, sin procurar mucha atención en él.
Debo hacer un comentario oportuno, todos estos recuerdos pueden haber sido deformados por el tiempo, pues este hecho ocurrió ya hace muchos años, cuando yo aún era niño.
Bien, ahora continúo con mi narración, al acercarme noté un extraño brillo en sus ojos y una expresión plácida en su rostro, ambas inolvidables; en ocasiones he escuchado hablar sobre una sensibilidad arraigada en los niños para captar ciertas cualidades, probablemente esa es la explicación de que mi candidez infantil haya detectado esas peculiaridades en su semblante. Me aproximé sin hablar y el añadió:
-Te he observado hace varias semanas, he notado tu inteligencia y sensibilidad, por eso te llamé.
Se encontraba en el umbral de la vivienda donde habitaba y haciéndose a un lado me invitó a pasar. Yo entré, como si una serena potencia me impulsara, a una habitación amplia un tanto oscura, con escasos muebles; una mesa cubierta de libros, unas tres o cuatro sillas, llenas de libros también; varios libreros cuyos entrepaños se doblaban bajo el peso de más libros; una vieja cama, una pequeña estufa; algunos trastos y tinajas completaban el ajuar: todo estaba en desorden. Siéntate ─me pidió, indicándome una silla cercana─, quiero conversar contigo, si tú quieres ─añadió.
─Un señor como usted quiere hablar conmigo ─pregunté, tranquilo como me sentía, sorprendido por esto último al notarlo.
Expresó su designio de darme algo valioso, interrogué con asombro por el motivo de hacerme esa dádiva si yo no lo conocía. Su respuesta fue por tus rasgos antes mencionados de ser un niño inteligente y sensible.
─¿Cuál es el objeto tan valioso que me va regalar? ─inquirí.
Me contestó, mis libros y una espontánea sonrisa fue mi reacción, desconcertado ante un presente de tal naturaleza, mi mente infantil pensaba en otros objetos, menos en libros. Adivinando mis reflexiones preguntó:
─¿Te gusta leer?
Permanecí callado, reflexionando si debía aceptar el obsequio de un desconocido, pues lo veía en algunas ocasiones por ser vecino mío, pero de quien no sabía absolutamente nada, ni siquiera el nombre y, según mi suposición, ignoraba todo de mí pueril persona... De pronto, sin saber el motivo, me entusiasmó la idea, a la mejor tenía textos de poesía y cuentos, únicas lecturas atractivas para mi espíritu infantil en el momento de aquel encuentro. Quizá era la respuesta de la vida a mi incipiente e incierto deseo de acrecentar mi escasa cultura… Su voz interrumpió mis reflexiones.
─Tal vez me equivoqué contigo y no te conozca tanto como creo ─me dijo con su voz serena y suave.
─¡Dice usted conocerme! Si casi nunca lo he visto...
En lugar de rebatir mi débil queja me describió tal cual era, dejándome atónito ante un conocimiento tan preciso de mi alma infantil, impenetrable para mi conciencia en esa época. Aunque esta idea no se presentó en ese momento sino a lo largo de los años, cuando he reflexionado en la relevancia de mi amistad con aquel hombre a quien ahora yo le digo el soñador y que llegué a estimar mucho.
Esa fue mi primer entrevista con él, luego de ese encuentro pasé muchas horas en su compañía, ante esta situación mi madre se alarmó e investigó quién era y supo con anticipación algunos pormenores de su vida contados en el transcurso de varios años y mucha tardes de conversaciones. Entre otras cosas, ahora recuerdo varias de gran importancia, verbigracia su exiguo gusto por las bebidas alcohólicas, o su repulsa al hábito de fumar; que alguna vez estuvo casado y tenía hijos y nietos en otra metrópoli. Pero él no se iba a vivir con ellos por su amor a la Ciudad de México, a pesar de todos los problemas ocasionados por la sobrepoblación; también me enteré de sus estancias en varias partes de nuestro país y en otros países; del amor y respeto de sus hijos pese a vivir en una ciudad distante y, no obstante, lo veían con asiduidad; o él iba algunos días de visita con ellos.
Otros detalles yo los averigüe por mí mismo, como su agudeza para advertir el interior de las personas como un libro abierto, con solo observarlas, a veces sin hablar con ellas, llegaba a conocerlas como a mí.
Esa época de mi vida fue de aprendizaje, fascinado en la compañía de aquel hombre tan distinto a los demás; no podía sustraerme al encanto de su espíritu; era como el alma ingenua de un niño en cuerpo de un adulto. Un anciano de pelo largo y barba blanca de hablar pausado y con la virtud de llevar la paz a las almas que conversaban con él. En la formación de mi persona, en la evolución de mi ser, sus pláticas y su compañía tienen primera importancia.
Durante nuestras entrevistas me contó las vicisitudes de su niñez y adolescencia, transcurridas sin lujos y con deficientes recursos para vivir; en cuyos períodos difíciles la miseria era la única invitada a su casa mientras los alimentos escaseaban; sin embargo, esas circunstancias las toleraba con ensoñaciones que distraían el estómago, ensoñaciones mediante las cuales su alma abandonaba su cuerpo y recorría lugares bellos; saliendo de la pocilga en donde subsistía. Desde el íntimo fuero algo le indicaba un cambio en su tesitura y se llenaba de esperanzas fomentadas por sus fantasías. Entre tanto la exquisita sensibilidad le permitía mirar el mundo como algo gracioso y penetraba los recovecos de la vida con mayor perspicacia a la de sus coetáneos. Con los años esa sensibilidad se acrecentó alcanzando el clímax en la adolescencia; logrando vislumbrar un futuro de progreso espiritual y una vida emocional plena, aunque los bienes materiales eran exiguos; la actitud de aprehender, con su especial sensibilidad, el murmullo de un arroyo, un crepúsculo o una noche estrellada le hacía vivir en un ambiguo paraíso.
Pasaron los años y su afición a la lectura mantuvo la vida emocional e intelectual rebosante, las primeras lecturas acrecentaron su mundo, entonces conoció a Bécquer, a Wilde, los clásicos griegos y latinos, pero sobre todo tuvo sus primeros contactos con el precolombino mundo mexicano. Desde muy pequeño trabajó, pero ninguna labor le permitió solventar del todo sus necesidades básicas; tal situación no fue óbice para estudiar de forma autodidacta, con el transcurrir del tiempo también empezó a escribir cuentos y poesías, que yo encontré en sus cajas, tal como los redactó aquellos años en los cuales su anhelo de ser un poeta capaz de conmover a quien lo leyera fue gestándose. Según mi apreciación lo logró. Al llegar a la edad de veintitantos años encontró un empleo con mayores ingresos comenzando a recorrer el país. Fue en ese periodo cuando principió a formar su propia biblioteca, esa que posteriormente me regaló. Durante esa etapa se su vida también se casó y tuvo varios hijos, no sé cuántos; pero si bien mejoró su economía, su sensibilidad, la cualidad más elevada, se deterioró, esas fueron sus palabras, dejando de escribir y, lo peor, dejó de soñar. El mundo real conquistó su espíritu, arrojando a un rincón los sueños y este mundo, esta época indiferente y tecnificada, aunado a los reveses que forzosamente debía padecer un ser como él, le perturbaron la intensa vida emocional de modo latente e imperceptible; por consiguiente, en un momento dado, a su espíritu le faltaba vitalidad y su mundo de sueños agonizaba.
Esto fue una revelación clara en una charla con el más pequeño de sus hijos, charla reveladora pues le hizo meditar sobre su vida, sus logros, sus intenciones, lentamente comprendió cuánto había sido destruido el mundo encantado de su adolescencia y juventud; aun cuando la adolescencia es proclive a la ensoñación, este idealista afirmaba que esa disposición debía perpetuarse toda la vida, por consiguiente a él, pasados ya los cuarenta años de existencia, la única opción de plenitud era una vivificación de la esperanza; fundada en la reconstrucción de su mundo fantástico y recuperación de la sensibilidad, para volver a experimentar el mundo como si se descubriera por primera vez; de la manera única y exclusiva que cada ser recibe como parte de su índole para percibir las alegrías, las tristezas; en fin, las emociones. Sí, una revitalización con la intención de vivir auténticamente, no por inercia como había sido su conducta en los últimos años. Entonces dejó todo aquello deseable en la vida moderna, se fue a vivir a los bosques; no era un anacoreta, ni un ser antisocial, era un soñador y allá, en la compañía de sus amados árboles, escribió poemas bellísimos, cuentos exquisitos con muchas otras cosas que luego me regaló y yo leía con fruición. Cuando crecí me encomendó la misión de entregarlas a sus hijos, me dijo donde encontrarlos. Así lo hice, los busqué, les entregué todos los cuentos y poesías que me legó, no sin antes sacar una copia de todo, ahora estoy rodeado de esos papeles…
Abandonó la floresta porque la combinación de edad y enfermedades ya no le permitieron vivir en sus añorados bosques; a los pocos años de llegar a la ciudad lo conocí y comenzó esta aventura extraña... Si, extraña, pues me siento desconcertado; pues ahora soy un anciano y estoy enfermo… la mente confusa… No sé como surgió este embrollo; porque a veces creo conservar en mi memoria el recuerdo de aquel viejo trascendental para mi niñez; en otras. tengo la impresión de estar evocando etapas de mi vida… Una turbación me invade, tengo el presentimiento de que ese hombre en realidad soy yo mismo; pero entonces, las copias entregadas hace tiempo ¿a quién se las di? Y esos amenos cuentos y poesías leídos alguna vez… ¿Acaso salieron de mi pluma? ¿Quién los escribió? Y ese hombre que tanto ascendiente ha tenido en mi vida ¿Quién es?, ¿dónde lo conocí, acaso era mi abuelo, del cual ahora solo tengo difusos recuerdos? ¡Cuánta confusión…!, ¿por qué se ha extraviado mi mente...? Mejor dormiré, el sueño siempre ha sido un gran remedio para mí, tal vez cuando despierte mi mente ya esté clara...



Antes de 1994

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Última edición:
Muy interesante esta prosa Rigel. Hay una memoria a largo plazo que es la que el narrador rescata para el personaje, ese señor mayor que parece un sabio y además es un idealista por esa concepción del mundo como aprendizaje y como lugar para realizar los sueños. El paso del tiempo hace que el narrador se identifique con él y con muchas de sus vivencias. Al final, esa enorme confusión del narrador no es una falta de memoria sino que parece que haya cambiado de identidad.
Un placer leerte
Saludos
 
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Muchas FELICIDADES
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Un interesante relato, cuyo vago final hace aparecer como una suerte de autobiografía pudorosa e idealizada.

En la cita te dejo algunas notas, entre corchetes. Como verás, tienes muchos errores ortográficos y algunos sintácticos: muchas omisiones de tildes, errores de puntuación, y un marcado queísmo.

abrazo
j.

Et murmurent tout bas: C'est lui! c'est le rêveur!
Victor Hugo


Quiero escribir acerca de un acontecimiento que ha afectado toda mi vida desde el momento que sucedió hasta el día de hoy. No para que alguien lo lea, más bien para leerlo yo y conservarlo en mi memoria, pues a veces tengo cierta confusión o se empieza a borrar de la misma; comenzaré con esta introducción que él mismo me dio de su carácter las primeras veces que me hablo[habló] de su vida, ya hace muchos años[coma] cerca de 70: cuando adolescente era feliz, sus emociones eran una llave que conducía a un edén encantado. Pasaron los años y se convirtió en un ser callado, taciturno, inconforme hasta que un día le hicieron la pregunta que le cuestionaba toda su vida anterior, según me confesó una fría,[eliminar coma] tarde tres meses antes de su muerte.
Las cosas que me contó no las comprendí cuando las oí ¡Era tan joven! A lo largo del tiempo las entendí, cuando alguna experiencia subjetiva me daba luz sobre ciertos detalles de su relato, aunque de todos modos me parecen extrañas. Quizá no lo serían en otro[otra] época pero en la actualidad..
Cuando lo conocí era un viejo enjuto, moreno, desgarbado; yo jugaba en el patio de una vecindad donde vivía cuando oí que me llamó.
-Muchacho ven aquí un momento por favor, me dijo.
[
Usando rayas, correspondería:
—Muchacho, ven aquí un momento, por favor —me dijo.
Usando comillas:
«Muchacho, ven aquí un momento, por favor», me dijo.
]

Obedecí, preguntándome para que[qué] me querría ese hombre al que ya había visto en otras ocasiones, pero en[a] quien no había prestado mucha atención.
Debo hacer la aclaración que[de que] todos estos recuerdos pueden haber sido deformados por el tiempo pues lo que relato,[eliminar coma] sucedió ya hace muchos años cuando yo aún era niño.
Bien, continuando con mi narración, he de decir que al acercarme note[noté] un extraño brillo en sus ojos y una expresión tan plácida en su rostro que todavía recuerdo; en ocasiones había escuchado decir que los niños tienen una sensibilidad especial para captar ciertas cosas, tengo la sensación que[de que] esa es la causa que me permitió detectar esas peculiaridades de su expresión. Me acerqué sin hablar y el añadió:
-Hace tiempo que te observo, he notado que eres inteligente y sensible, por eso te llamé.
Se encontraba en el umbral que habitaba[umbral de donde habitaba] y haciéndose a un lado me invitó a pasar. Yo entré, como si una fuerza superior me impulsara, a una habitación amplia un tanto oscura que por únicos muebles tenía una mesa cubierta de libros, unas tres o cuatro sillas, llenas de libros también; varios libreros cuyos entrepaños se doblaban bajo el peso de más libros; una vieja cama, una pequeña estufa; algunos trastos y tinajas completaban el mobiliario: todo estaba en desorden. Siéntate -me pidió- indicándome una silla cercana, quiero platicar contigo, si tu[tú] quieres añadió.
-De que[qué] quiere platicar conmigo[coma] señor, pregunté, tranquilo como me sentía, cosa que me extrañaba al notarlo.
Empezó por decirme que quería regalarme algo muy valioso, respondí que cual[cuál] era el motivo para regalarme algo si yo no lo conocía. Su respuesta fue lo que ya me había dicho antes: Por[por, no corresponde mayúscula después de :] ser un niño inteligente y sensible.
-¿Cuál es el objeto tan valioso que me va regalar?- inquirí.
Me respondió que sus libros y una espontánea sonrisa fue mi respuesta, sorprendido pues mi mente infantil pensaba en otros objetos, menos en libros. Adivinando mis reflexiones preguntó:
-¿Te gusta leer?
Quede[Quedé] callado reflexionando por que[porque] alguien a quien solo veía [en]algunas ocasiones por ser vecino mío y de quien no sabía absolutamente,[esta coma debe ir después de «nada»] nada ni siquiera el nombre,[esta coma debe ir después de «y»] y según mi suposición, tampoco sabía nada de mi[mí], me regalaría sus libros... De pronto, sin saber el motivo, me entusiasmo[entusiasmó] la idea, a la mejor tenía textos de poesía y cuentos que eran los únicas lecturas que llamaban mi atención por la época en que aconteció aquel encuentro. Quizá era la oportunidad que me presentaba la vida de acrecentar mi escasa cultura, como empezaba a manifestarse el deseo. Su voz interrumpió mis reflexiones.
-Es posible que me haya equivocado contigo y no te conozca tanto como creo, me dijo con su voz serena y suave.
-¡Que usted me conoce!, Si casi nunca lo he visto...
Y como respuesta me describió tan bien que me dejó atónito pues me conocía mejor que mi madre.
Aunque esta idea no se presentó en ese momento sino a lo largo de las años en que he pensado lo importante que fue para mi el encuentro con aquel hombre a quien ahora yo le digo el soñador y llegué a estimar mucho.
Esa fue la primera vez que hablé con el[él], luego de ese encuentro pasé muchas horas en su compañía, tanto que mi madre se alarmó e investigó quien[quién] era y supo, antes que yo, algunas cosas de él y me fue contando en el transcurso de varios años que lo frecuente[frecuenté]. Entre las cosas que ahora recuerdo es que nunca había sido afecto a las bebidas alcohólicas, ni tampoco tenía el hábito de fumar; que alguna vez estuvo casado y que tenía hijos y nietos en otra ciudad. Pero el[él] no se iba a vivir con ellos por el amor que le tenía a la ciudad de México, a pesar de todos los problemas ocasionados por la sobrepoblación; que había vivido en varias partes de nuestro país y en otros países; que sus hijos tenían un gran amor por él y respeto a pesar de tenerlo lejos y lo visitaban con frecuencia o el[él] iba algunos días de visita con ellos.
Otras cosas yo las averigüe por mi[mí] mismo, como que las personas eran como un libro abierto para él, con solo observarlas, a veces sin hablar con ellas, llegaba a conocerlas como a mi[mí].
Esa época de mi vida fue de aprendizaje, fascinado en la compañía de aquel hombre tan distinto a los demás; no podía sustraerme al encanto de su espíritu; era como el alma ingenua de un niño en cuerpo de un adulto. Un anciano de pelo largo y barba blanca que hablaba pausadamente y tenía la virtud de llevar la paz a las almas que conversaban con él. En la formación de mi persona, en la evolución de mi ser, sus pláticas y su compañía tienen primera importancia.
Durante nuestras entrevistas me contó que su niñez y adolescencia las paso careciendo de lujos y con escasos medios para vivir; en cuyos periodos difíciles la miseria era la única invitada a su casa mientras los alimentos escaseaban; sin embargo que esos tiempos los toleraba con ensoñaciones que distraían el estomago, ensoñaciones en las que su alma abandonaba su cuerpo y recorría lugares bellos; saliendo de la pocilga que tenía por casa. Desde el íntimo fuero algo le indicaba que su situación cambiaría y se llenaba de esperanzas fomentadas por sus fantasías. Mientras la exquisita sensibilidad le permitía mirar el mundo como algo gracioso y penetraba los recovecos de la vida con mayor perspicacia que sus coetáneos. Con los años esa sensibilidad se acrecentó alcanzando el clímax en la adolescencia. Logrando que su imaginación vislumbrara un futuro en que su progreso espiritual le permitiría una vida emocional plena y aunque los bienes materiales eran exiguos el hecho de que sus sentidos captaran el murmullo de un arroyo, un crepúsculo o una noche estrellada le hacia vivir en un ambiguo paraíso.
Pasaron los años y su afición a la lectura mantuvo la vida emocional plena, las primeras lecturas acrecentaron su mundo, entonces conoció a Bécquer[coma] a Wilde, los clásicos griegos y latinos, pero sobre todo tuvo sus primeros contactos con el precolombino mundo mexicano. Desde muy pequeño trabajó, pero ninguna labor le permitió solventar del todo sus necesidades básicas a pesar de lo cual siempre estudiaba, al tiempo que escribía cuentos y poesías, que yo encontré en sus cajas, tal como los redactó en esos años en que se fue forjando su anhelo: ser poeta que conmoviera a quien lo leyera. Según mi apreciación lo logró. Cuando contaba con veintitantos años encontró un empleo que le dio mayores ingresos comenzando a recorrer el país. Fue en ese tiempo que comenzó a formar su propia biblioteca que es la que después me regaló. En esos años también se casó y tuvo varios hijos, no se cuantos[cuántos]; pero si bien mejoró su economía, su sensibilidad, la cualidad mas[más] elevada, se deterioró, esas fueron sus palabras, dejando de escribir y, lo peor, dejó de soñar. El mundo real conquistó su espíritu, arrojando a un rincón los sueños y este mundo, esta época indiferente y tecnificada, aunado a los reveses que forzosamente debía padecer un ser como él, le perturbaron la intensa vida emocional de modo latente e imperceptible; por consiguiente, llegó un momento en que a su espíritu le faltaba vitalidad y su mundo de sueños agonizaba.
Esto fue una revelación clara en una charla con el más pequeño de sus hijos, charla que lo hizo meditar sobre su vida, sus logros[coma] sus intenciones, lentamente llegó a la conclusión de que el mundo encantado en que vivió había sido destruido[coma] que si bien la adolescencia es propicia para esos sueños;[eliminar ;] a él, que estaba cerca de los cuarenta años solo una revitalización de la esperanza;[eliminar ;] fundada en la reconstrucción de su mundo fantástico y recuperación de la sensibilidad, para volver a experimenta[experimentar] el mundo como si se descubriera por primera vez; de la manera única y exclusiva que cada ser posee de sentir las alegrías las tristezas; en fin las emociones y vivir auténticamente, no por inercia como él lo hacía. Y dejó todo aquello que es deseable en la vida moderna, se fue a vivir en los bosques; no era un anacoreta, ni un ser antisocial, era un soñador y allá en el bosque escribió poemas bellísimos, y cuentos exquisitos, y muchas otras cosas que luego me regaló y yo leía con fruición. Cuando crecí me encomendó la misión de entregarlas a sus hijos, me dijo donde buscarlos. Así lo hice, los busqué y les entregué todos los cuentos y poesías que me legó, no sin antes sacar una copia de todo y ahora estoy rodeado de esos papeles…
Abandonó los bosques porque su edad y algunas enfermedades ya no le permitieron vivir allá; a los pocos años de llegar a la ciudad lo conocí y comenzó esta aventura extraña… Si, extraña, pues me siento perplejo; es que ahora estoy viejo y enfermo y mi mente esta confusa… Ya no sé como surgió esta confusión; porque a veces creo que mi memoria guarda el recuerdo de aquel viejo que conocí cuando niño; y otras tengo la impresión que[de que] son etapas de mi vida… Una turbación me invade[coma] tengo el presentimiento que[de que] ese hombre que alguna vez conocí en realidad soy yo mismo; pero entonces las copias que entregué hace tiempo ¿a quien[quién] se las di? Y esos amenos cuentos y poesías que alguna vez leí… ¿Acaso salieron de mi pluma? ¿Quien[Quién] los escribió? Y ese hombre que tanto ascendiente tuvo en mi vida ¿Quien[Quién] es?, ¿donde[dónde] lo conocí, tal vez era mi abuelo del que ahora solo tengo difusos recuerdos? ¡Que[Qué] confusión, que[qué] confusión…!, ¿por que[qué] se ha extraviado mi mente...? Mejor dormiré, el sueño siempre ha sido un gran remedio para mi, quizá cuando despierte mi mente ya este clara...

Antes de 1994


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Gracias a mundo poesia, al jurado por esta inesperado estímulo para mis humildes letras. Sigue la misma tendencia de llenarme de estupor por darme reconocimientos por aquellos escritos que no esperaba lo obtuvieran.
Este es una breve narración que encontré cuando pensé que ya estaba perdida, escrita como puse al final antes del año 1994 y que al encontrar le hice algunas breves modificaciones y quise poner en el portal. Otra vez gracias, por este reconocimiento.
 
Profunda y exquisita prosa!!! Un sin fin de reflexiones que atormentan según pasa el tiempo, quizás porque las historias se acumulan en la espalda, quizás porque no hay más ganas de caminar. ¡Simplemente magnífica! Un placer disfrutar de su excelente escrito, Rigel Amenofis, reciba la más cordial felicitación y saludo.
 
Et murmurent tout bas: C'est lui! c'est le rêveur!
Victor Hugo


Quiero escribir acerca de un suceso que ha afectado toda mi existencia desde el momento de su acontecer hasta el día de hoy. No para ser leído por alguien, más bien para leerlo yo y conservarlo en mi memoria, porque a veces tengo cierta confusión o se empieza a borrar de la misma. Este evento es mi acercamiento a un hombre provecto. Comenzaré con esta introducción dada por él mismo de su carácter durante nuestras primeras pláticas hablando de su vida, ya hace muchos años, cerca de setenta: durante la adolescencia y juventud era feliz, sus emociones eran una llave que conducía a un edén encantado. Pasó el tiempo y se convirtió en un ser callado, taciturno, inconforme hasta cierto día cuando una pregunta le cuestionaba su proceder durante las décadas anteriores a ese hito, según me confesó una fría tarde tres meses antes de su muerte.
Los episodios de su vida contados durante esas charlas no los comprendí cuando los oí ¡Era tan joven! Solo al dejar de ser niño y crecer percibí claramente su sentido, cuando alguna experiencia subjetiva me daba luz sobre ciertos elementos de su relato, aunque de todos modos me parecen extraños. Quizá no lo serían en otra época pero en la actualidad..
Cuando lo conocí era un viejo enjuto, moreno, desgarbado; yo jugaba en el patio de una vecindad donde vivía cuando oí que me llamó.

─Muchacho, ven aquí un momento…, por favor ─me dijo.

Obedecí, preguntándome por el motivo para hablarme de aquel hombre a quien ya había visto en otras ocasiones, sin procurar mucha atención en él
Debo hacer un comentario oportuno, todos estos recuerdos pueden haber sido deformados por el tiempo, pues este hecho ocurrió ya hace muchos años, cuando yo aún era niño.
Bien, ahora continúo con mi narración, al acercarme noté un extraño brillo en sus ojos y una expresión plácida en su rostro, ambas inolvidables; en ocasiones he escuchado hablar sobre una sensibilidad arraigada en los niños para captar ciertas cualidades, probablemente esa es la explicación de que mi candidez infantil detectara esas peculiaridades en su semblante. Me aproximé sin hablar y el añadió:
-Te he observado hace varias semanas, he notado tu inteligencia y sensibilidad, por eso te llamé.
Se encontraba en el umbral de la vivienda donde habitaba y haciéndose a un lado me invitó a pasar. Yo entré, como si una fuerza superior me impulsara, a una habitación amplia un tanto oscura con escasos muebles; una mesa cubierta de libros, unas tres o cuatro sillas, llenas de libros también; varios libreros cuyos entrepaños se doblaban bajo el peso de más libros; una vieja cama, una pequeña estufa; algunos trastos y tinajas completaban el ajuar: todo estaba en desorden. Siéntate ─me pidió, indicándome una silla cercana─, quiero conversar contigo, si tú quieres ─añadió.
─De qué quiere platicar conmigo, señor ─pregunté, tranquilo como me sentía, sorprendido por esto último al notarlo.
Empezó por decirme que quería regalarme algo muy valioso, interrogué con asombro por el motivo para regalarme algo si yo no lo conocía. Su respuesta fue por tus rasgos antes mencionados de ser un niño inteligente y sensible.
─¿Cuál es el objeto tan valioso que me va regalar? ─inquirí.
Me contestó que sus libros y una espontánea sonrisa fue mi respuesta, desconcertado pues mi mente infantil pensaba en otros objetos, menos en libros. Adivinando mis reflexiones preguntó:
─¿Te gusta leer?
Permanecí callado, reflexionando, por qué alguien a quien solo veía en algunas ocasiones por ser vecino mío y del cual no sabía absolutamente nada, ni siquiera el nombre y, según mi suposición, tampoco sabía nada de mí, me regalaría sus libros... De pronto, sin saber el motivo, me entusiasmó la idea, a la mejor tenía textos de poesía y cuentos, únicas lecturas atractivas para mi espíritu infantil en el momento de aquel encuentro. Quizá era la oportunidad que me presentaba la vida de acrecentar mi escasa cultura, como empezaba a manifestarse el deseo. Su voz interrumpió mis reflexiones.
─Es posible que me haya equivocado contigo y no te conozca tanto como creo ─me dijo con su voz serena y suave.
─¡Dice usted conocerme! Si casi nunca lo he visto...
Y como respuesta me describió tal cual era dejándome atónito, ante un conocimiento de mi alma pueril mayor al de mi madre.
Aunque esta idea no se presentó en ese momento sino a lo largo de los años, cuando he pensado lo importante que fue para mi la amistad con aquel hombre a quien ahora yo le digo el soñador y llegué a estimar mucho.
Esa fue mi primer entrevista con él, luego de ese encuentro pasé muchas horas en su compañía, tantas que mi madre se alarmó e investigó quién era y supo con anticipación algunos pormenores de su vida contados en el transcurso de varios años que lo frecuenté. Entre muchas menudencias, ahora recuerdo varias de gran importancia como su exiguo gusto por las bebidas alcohólicas, o su repulsa al hábito de fumar; que alguna vez estuvo casado y tenía hijos y nietos en otra ciudad. Pero él no se iba a vivir con ellos por el amor que sentía por la Ciudad de México, a pesar de todos los problemas ocasionados por la sobrepoblación; que había vivido en varias partes de nuestro país y en otros países; que era muy amado y respetado por sus hijos a pesar de tenerlo lejos y no obstante, lo veían con asiduidad; o él iba algunos días de visita con ellos.
Otros detalles yo los averigüe por mí mismo, como su agudeza para advertir el interior de las personas como un libro abierto , con solo observarlas, a veces sin hablar con ellas, llegaba a conocerlas como a mí.
Esa época de mi vida fue de aprendizaje, fascinado en la compañía de aquel hombre tan distinto a los demás; no podía sustraerme al encanto de su espíritu; era como el alma ingenua de un niño en cuerpo de un adulto. Un anciano de pelo largo y barba blanca de hablar pausado y con la virtud de llevar la paz a las almas que conversaban con él. En la formación de mi persona, en la evolución de mi ser, sus pláticas y su compañía tienen primera importancia.
Durante nuestras entrevistas me contó que su niñez y adolescencia las pasó careciendo de lujos y con deficientes medios para vivir; en cuyos períodos difíciles la miseria era la única invitada a su casa mientras los alimentos escaseaban; sin embargo, esas circunstancias las toleraba con ensoñaciones que distraían el estómago, ensoñaciones mediante las cuales su alma abandonaba su cuerpo y recorría lugares bellos; saliendo de la pocilga en donde subsistía. Desde el íntimo fuero algo le indicaba que su situación cambiaría y se llenaba de esperanzas fomentadas por sus fantasías. Mientras la exquisita sensibilidad le permitía mirar el mundo como algo gracioso y penetraba los recovecos de la vida con mayor perspicacia a la de sus coetáneos. Con los años esa sensibilidad se acrecentó alcanzando el clímax en la adolescencia; logrando vislumbrar un futuro de progreso espiritual y una vida emocional plena, aunque los bienes materiales eran exiguos; la actitud de aprehender, con su especial sensibilidad, el murmullo de un arroyo, un crepúsculo o una noche estrellada le hacía vivir en un ambiguo paraíso.
Pasaron los años y su afición a la lectura mantuvo la vida emocional rebosante, las primeras lecturas acrecentaron su mundo, entonces conoció a Bécquer, a Wilde, los clásicos griegos y latinos, pero sobre todo tuvo sus primeros contactos con el precolombino mundo mexicano. Desde muy pequeño trabajó, pero ninguna labor le permitió solventar del todo sus necesidades básicas; tal situación no fue óbice para estudiar de forma autodidacta, al tiempo que escribía cuentos y poesías, que yo encontré en sus cajas, tal como los redactó aquellos años en los cuales su anhelo de ser poeta que conmoviera a quien lo leyera fue gestándose. Según mi apreciación lo logró. Al llegar a la edad de veintitantos años encontró un empleo con mayores ingresos comenzando a recorrer el país. Fue en ese tiempo cuando empezó a formar su propia biblioteca que posteriormente me regaló. Durante esa etapa se su vida también se casó y tuvo varios hijos, no sé cuántos; pero si bien mejoró su economía, su sensibilidad, la cualidad más elevada, se deterioró, esas fueron sus palabras, dejando de escribir y, lo peor, dejó de soñar. El mundo real conquistó su espíritu, arrojando a un rincón los sueños y este mundo, esta época indiferente y tecnificada, aunado a los reveses que forzosamente debía padecer un ser como él, le perturbaron la intensa vida emocional de modo latente e imperceptible; por consiguiente, en un momento dado, a su espíritu le faltaba vitalidad y su mundo de sueños agonizaba.
Esto fue una revelación clara en una charla con el más pequeño de sus hijos, charla que lo hizo meditar sobre su vida, sus logros, sus intenciones, lentamente llegó a la conclusión de que el mundo encantado en que vivió había sido destruido, que si bien la adolescencia es propicia para esos sueños a él, pasados ya los cuarenta años de existencia, la única opción de plenitud era una revitalización de la esperanza; fundada en la reconstrucción de su mundo fantástico y recuperación de la sensibilidad, para volver a experimentar el mundo como si se descubriera por primera vez; de la manera única y exclusiva que cada ser posee de percibir las alegrías, las tristezas; en fin las emociones para vivir auténticamente, no por inercia como él lo hacía. Entonces dejó todo aquello que es deseable en la vida moderna, se fue a vivir en los bosques; no era un anacoreta, ni un ser antisocial, era un soñador y allá, en el bosque, escribió poemas bellísimos, cuentos exquisitos con muchas otras cosas que luego me regaló y yo leía con fruición. Cuando crecí me encomendó la misión de entregarlas a sus hijos, me dijo donde encontrarlos. Así lo hice, los busqué, les entregué todos los cuentos y poesías que me legó, no sin antes sacar una copia de todo, ahora estoy rodeado de esos papeles…
Abandonó los bosques porque la combinación de edad y enfermedades ya no le permitieron vivir en sus añorados bosques; a los pocos años de llegar a la ciudad lo conocí y comenzó esta aventura extraña... Si, extraña, pues me siento perplejo; es que ahora estoy viejo y enfermo y mi mente está confusa… No sé como surgió este embrollo; porque a veces creo conservar en mi memoria el recuerdo de aquel viejo trascendental para mi niñez; en otras. tengo la impresión de estar evocando etapas de mi vida… Una turbación me invade, tengo el presentimiento de que ese hombre en realidad soy yo mismo; pero entonces las copias entregadas hace tiempo, ¿a quién se las di? Y esos amenos cuentos y poesías leídos alguna vez… ¿Acaso salieron de mi pluma? ¿Quién los escribió? Y ese hombre que tanto ascendiente ha tenido en mi vida ¿Quién es?, ¿dónde lo conocí, acaso era mi abuelo, del cual ahora solo tengo difusos recuerdos? ¡Cuánta confusión…!, ¿por qué se ha extraviado mi mente...? Mejor dormiré, el sueño siempre ha sido un gran remedio para mí, tal vez cuando despierte mi mente ya esté clara...


Antes de 1994

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Interesante encuentro con el pasado y el presente, con la memoria, los recuerdos, las confusiones...

Felicidades por la mención también. Un abrazo!

Palmira
 
Felicidades amigo por el reconocimiento.Un prosa amena que atrapa en todo momento la atención del lector.Un cordial saludo desde Canarias.
 
Muy interesante esta prosa Rigel. Hay una memoria a largo plazo que es la que el narrador rescata para el personaje, ese señor mayor que parece un sabio y además es un idealista por esa concepción del mundo como aprendizaje y como lugar para realizar los sueños. El paso del tiempo hace que el narrador se identifique con él y con muchas de sus vivencias. Al final, esa enorme confusión del narrador no es una falta de memoria sino que parece que haya cambiado de identidad.
Un placer leerte
Saludos

Gracias por leerme y dejarme un comentario que es una muy acertada interpretacion de mi escrito. Mi saludo cordial.
 
Felicidades por el premio a esta prosa.Bien merecido,un abrazo.
 
Un interesante relato, cuyo vago final hace aparecer como una suerte de autobiografía pudorosa e idealizada.

En la cita te dejo algunas notas, entre corchetes. Como verás, tienes muchos errores ortográficos y algunos sintácticos: muchas omisiones de tildes, errores de puntuación, y un marcado queísmo.

abrazo
j.
Compañero musador es larga la explicación pero intentaré hacerla breve. Resulta que con frecuencia se me vienen poesia o cuentos a la cabeza, en cualquier momento, este donde este, y si no tengo pluma y papel para escribirlos rapidamente, se me olvidan y por más que trato de recordarlos no puedo, quedándome con la sensación de que me hubiera gustado haber guardado ese cuento o poema porque en el momento de llegarme esa inspiración, me atrae ese advenimiento.
Bien hace varios años de pronto me llegó este que le puse el título del soñador, tomé un papel, pluma y empecé a escribir, rápido, para que nada se me pasara, sin tomar en cuenta ortografia ni redacción. Ahi se quedó en ese papel. por bastante tiempo. Un día lo encontré, lo pase a la compu, tal como lo escribi, con la intención de corregirlo después. Ahi en la computadora también se permaneció mucho tiempo. igual un día lo encontré en la computadora y solo recordé que me gusto cuando me llegó así como mencioné antes; pero olvide las correciones. Tenía ganas de poner algo en el foro de Mundo poesía lo publiqué así como estaba, copiando y pegando de la compu al foro, solo después cuando me dieron el reconocimiento y vi tu comentario recordé su falta de pulimineto.
Gracias por el tiempo que te tomaste para hacer los señalamientos que me indicas. Ya están corregidos algunos. Mi saludo cordial.
 

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