Rigel Amenofis
Poeta que considera el portal su segunda casa
Et murmurent tout bas: C'est lui! c'est le rêveur!
Victor Hugo
Quiero escribir acerca de un suceso que ha afectado toda mi existencia desde el momento de su acontecer hasta el día de hoy. No para ser leído por alguien, más bien para leerlo yo y conservarlo en mi memoria, porque a veces tengo cierta confusión o se empieza a borrar de la misma. Este evento es mi acercamiento a un hombre provecto. Comenzaré con esta introducción dada por él mismo de su carácter durante nuestras primeras pláticas hablando de su vida, ya hace muchos años, cerca de setenta: durante la adolescencia y juventud era feliz, sus emociones eran una llave que conducía a un edén encantado. Pasó el tiempo y se convirtió en un ser callado, taciturno, inconforme… Hasta cierto día cuando una pregunta le cuestionaba su proceder durante las décadas anteriores a ese hito, según me confesó una fría tarde tres meses antes de su muerte.Victor Hugo
Los episodios de su vida contados durante esas charlas no los comprendí cuando los oí ¡Era tan joven! Solo al dejar de ser niño y crecer percibí claramente su sentido, cuando alguna experiencia subjetiva me daba luz sobre ciertos elementos de su relato, aunque de todos modos me parecen extraños. Quizá no lo serían en otra época pero en la actualidad..
Cuando lo conocí era un viejo enjuto, moreno, desgarbado; yo jugaba en el patio de una vecindad donde vivía cuando oí que me llamó.
─Muchacho, ven aquí un momento…, por favor ─me dijo.
Obedecí, preguntándome por el motivo para hablarme de ese hombre a quien ya había visto en otras ocasiones, sin procurar mucha atención en él.
Debo hacer un comentario oportuno, todos estos recuerdos pueden haber sido deformados por el tiempo, pues este hecho ocurrió ya hace muchos años, cuando yo aún era niño.
Bien, ahora continúo con mi narración, al acercarme noté un extraño brillo en sus ojos y una expresión plácida en su rostro, ambas inolvidables; en ocasiones he escuchado hablar sobre una sensibilidad arraigada en los niños para captar ciertas cualidades, probablemente esa es la explicación de que mi candidez infantil haya detectado esas peculiaridades en su semblante. Me aproximé sin hablar y el añadió:
-Te he observado hace varias semanas, he notado tu inteligencia y sensibilidad, por eso te llamé.
Se encontraba en el umbral de la vivienda donde habitaba y haciéndose a un lado me invitó a pasar. Yo entré, como si una serena potencia me impulsara, a una habitación amplia un tanto oscura, con escasos muebles; una mesa cubierta de libros, unas tres o cuatro sillas, llenas de libros también; varios libreros cuyos entrepaños se doblaban bajo el peso de más libros; una vieja cama, una pequeña estufa; algunos trastos y tinajas completaban el ajuar: todo estaba en desorden. Siéntate ─me pidió, indicándome una silla cercana─, quiero conversar contigo, si tú quieres ─añadió.
─Un señor como usted quiere hablar conmigo ─pregunté, tranquilo como me sentía, sorprendido por esto último al notarlo.
Expresó su designio de darme algo valioso, interrogué con asombro por el motivo de hacerme esa dádiva si yo no lo conocía. Su respuesta fue por tus rasgos antes mencionados de ser un niño inteligente y sensible.
─¿Cuál es el objeto tan valioso que me va regalar? ─inquirí.
Me contestó, mis libros y una espontánea sonrisa fue mi reacción, desconcertado ante un presente de tal naturaleza, mi mente infantil pensaba en otros objetos, menos en libros. Adivinando mis reflexiones preguntó:
─¿Te gusta leer?
Permanecí callado, reflexionando si debía aceptar el obsequio de un desconocido, pues lo veía en algunas ocasiones por ser vecino mío, pero de quien no sabía absolutamente nada, ni siquiera el nombre y, según mi suposición, ignoraba todo de mí pueril persona... De pronto, sin saber el motivo, me entusiasmó la idea, a la mejor tenía textos de poesía y cuentos, únicas lecturas atractivas para mi espíritu infantil en el momento de aquel encuentro. Quizá era la respuesta de la vida a mi incipiente e incierto deseo de acrecentar mi escasa cultura… Su voz interrumpió mis reflexiones.
─Tal vez me equivoqué contigo y no te conozca tanto como creo ─me dijo con su voz serena y suave.
─¡Dice usted conocerme! Si casi nunca lo he visto...
En lugar de rebatir mi débil queja me describió tal cual era, dejándome atónito ante un conocimiento tan preciso de mi alma infantil, impenetrable para mi conciencia en esa época. Aunque esta idea no se presentó en ese momento sino a lo largo de los años, cuando he reflexionado en la relevancia de mi amistad con aquel hombre a quien ahora yo le digo el soñador y que llegué a estimar mucho.
Esa fue mi primer entrevista con él, luego de ese encuentro pasé muchas horas en su compañía, ante esta situación mi madre se alarmó e investigó quién era y supo con anticipación algunos pormenores de su vida contados en el transcurso de varios años y mucha tardes de conversaciones. Entre otras cosas, ahora recuerdo varias de gran importancia, verbigracia su exiguo gusto por las bebidas alcohólicas, o su repulsa al hábito de fumar; que alguna vez estuvo casado y tenía hijos y nietos en otra metrópoli. Pero él no se iba a vivir con ellos por su amor a la Ciudad de México, a pesar de todos los problemas ocasionados por la sobrepoblación; también me enteré de sus estancias en varias partes de nuestro país y en otros países; del amor y respeto de sus hijos pese a vivir en una ciudad distante y, no obstante, lo veían con asiduidad; o él iba algunos días de visita con ellos.
Otros detalles yo los averigüe por mí mismo, como su agudeza para advertir el interior de las personas como un libro abierto, con solo observarlas, a veces sin hablar con ellas, llegaba a conocerlas como a mí.
Esa época de mi vida fue de aprendizaje, fascinado en la compañía de aquel hombre tan distinto a los demás; no podía sustraerme al encanto de su espíritu; era como el alma ingenua de un niño en cuerpo de un adulto. Un anciano de pelo largo y barba blanca de hablar pausado y con la virtud de llevar la paz a las almas que conversaban con él. En la formación de mi persona, en la evolución de mi ser, sus pláticas y su compañía tienen primera importancia.
Durante nuestras entrevistas me contó las vicisitudes de su niñez y adolescencia, transcurridas sin lujos y con deficientes recursos para vivir; en cuyos períodos difíciles la miseria era la única invitada a su casa mientras los alimentos escaseaban; sin embargo, esas circunstancias las toleraba con ensoñaciones que distraían el estómago, ensoñaciones mediante las cuales su alma abandonaba su cuerpo y recorría lugares bellos; saliendo de la pocilga en donde subsistía. Desde el íntimo fuero algo le indicaba un cambio en su tesitura y se llenaba de esperanzas fomentadas por sus fantasías. Entre tanto la exquisita sensibilidad le permitía mirar el mundo como algo gracioso y penetraba los recovecos de la vida con mayor perspicacia a la de sus coetáneos. Con los años esa sensibilidad se acrecentó alcanzando el clímax en la adolescencia; logrando vislumbrar un futuro de progreso espiritual y una vida emocional plena, aunque los bienes materiales eran exiguos; la actitud de aprehender, con su especial sensibilidad, el murmullo de un arroyo, un crepúsculo o una noche estrellada le hacía vivir en un ambiguo paraíso.
Pasaron los años y su afición a la lectura mantuvo la vida emocional e intelectual rebosante, las primeras lecturas acrecentaron su mundo, entonces conoció a Bécquer, a Wilde, los clásicos griegos y latinos, pero sobre todo tuvo sus primeros contactos con el precolombino mundo mexicano. Desde muy pequeño trabajó, pero ninguna labor le permitió solventar del todo sus necesidades básicas; tal situación no fue óbice para estudiar de forma autodidacta, con el transcurrir del tiempo también empezó a escribir cuentos y poesías, que yo encontré en sus cajas, tal como los redactó aquellos años en los cuales su anhelo de ser un poeta capaz de conmover a quien lo leyera fue gestándose. Según mi apreciación lo logró. Al llegar a la edad de veintitantos años encontró un empleo con mayores ingresos comenzando a recorrer el país. Fue en ese periodo cuando principió a formar su propia biblioteca, esa que posteriormente me regaló. Durante esa etapa se su vida también se casó y tuvo varios hijos, no sé cuántos; pero si bien mejoró su economía, su sensibilidad, la cualidad más elevada, se deterioró, esas fueron sus palabras, dejando de escribir y, lo peor, dejó de soñar. El mundo real conquistó su espíritu, arrojando a un rincón los sueños y este mundo, esta época indiferente y tecnificada, aunado a los reveses que forzosamente debía padecer un ser como él, le perturbaron la intensa vida emocional de modo latente e imperceptible; por consiguiente, en un momento dado, a su espíritu le faltaba vitalidad y su mundo de sueños agonizaba.
Esto fue una revelación clara en una charla con el más pequeño de sus hijos, charla reveladora pues le hizo meditar sobre su vida, sus logros, sus intenciones, lentamente comprendió cuánto había sido destruido el mundo encantado de su adolescencia y juventud; aun cuando la adolescencia es proclive a la ensoñación, este idealista afirmaba que esa disposición debía perpetuarse toda la vida, por consiguiente a él, pasados ya los cuarenta años de existencia, la única opción de plenitud era una vivificación de la esperanza; fundada en la reconstrucción de su mundo fantástico y recuperación de la sensibilidad, para volver a experimentar el mundo como si se descubriera por primera vez; de la manera única y exclusiva que cada ser recibe como parte de su índole para percibir las alegrías, las tristezas; en fin, las emociones. Sí, una revitalización con la intención de vivir auténticamente, no por inercia como había sido su conducta en los últimos años. Entonces dejó todo aquello deseable en la vida moderna, se fue a vivir a los bosques; no era un anacoreta, ni un ser antisocial, era un soñador y allá, en la compañía de sus amados árboles, escribió poemas bellísimos, cuentos exquisitos con muchas otras cosas que luego me regaló y yo leía con fruición. Cuando crecí me encomendó la misión de entregarlas a sus hijos, me dijo donde encontrarlos. Así lo hice, los busqué, les entregué todos los cuentos y poesías que me legó, no sin antes sacar una copia de todo, ahora estoy rodeado de esos papeles…
Abandonó la floresta porque la combinación de edad y enfermedades ya no le permitieron vivir en sus añorados bosques; a los pocos años de llegar a la ciudad lo conocí y comenzó esta aventura extraña... Si, extraña, pues me siento desconcertado; pues ahora soy un anciano y estoy enfermo… la mente confusa… No sé como surgió este embrollo; porque a veces creo conservar en mi memoria el recuerdo de aquel viejo trascendental para mi niñez; en otras. tengo la impresión de estar evocando etapas de mi vida… Una turbación me invade, tengo el presentimiento de que ese hombre en realidad soy yo mismo; pero entonces, las copias entregadas hace tiempo ¿a quién se las di? Y esos amenos cuentos y poesías leídos alguna vez… ¿Acaso salieron de mi pluma? ¿Quién los escribió? Y ese hombre que tanto ascendiente ha tenido en mi vida ¿Quién es?, ¿dónde lo conocí, acaso era mi abuelo, del cual ahora solo tengo difusos recuerdos? ¡Cuánta confusión…!, ¿por qué se ha extraviado mi mente...? Mejor dormiré, el sueño siempre ha sido un gran remedio para mí, tal vez cuando despierte mi mente ya esté clara...
Antes de 1994
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