Después de leer todos estos comentarios que afortunadamente han suscitado los dos poemas de José Galeote (Alardes, poesía y ciencia en primer lugar y Hecho poético y poesía en segundo), me gustaría llamar la atención sobre un par de ideas que veo que se prodigan mucho en vuestras aportaciones.
1)
Una concepción dualista de la poesía. Me refiero aquí a la separación radical que parece darse, a criterio de mucha gente, entre contenido y continente. Expresiones como ésta (quizá la más clara de todas)
revelan esta forma de entender la poesía. La "esencia" de la poesía está en el contenido, mientras que la forma se concibe como algo extrínseco al poema, añadido ulteriormente y que queda tan distanciado de esa esencia que no es más que una pátina o barniz que, en el mejor de los casos, sólo cuenta en el plano estético:
Esto tiene, en mi opinión, dos consecuencias: la primera es que el vínculo fondo-forma se convierte en algo puramente accidental (no sustancial) de la poesía, que en el mejor de los casos se recupera en el plano estético, y, en el peor, se percibe como vana pedantería o inútil retórica; la segunda es que lo formal de la poesía, en lugar de ser vía de acceso al contenido, se puede convertir en una barrera interpuesta entre el mensaje poético y el lector.
Yo no estoy de acuerdo con esa forma de entender la poesía. Evidentemente podemos usar instrumentos de análisis que nos permitan distinguir fondo-forma, contenido-continente, hecho poético y poesía... (se puede llamar de muchas formas) a la hora de estudiar el poema, pero siempre he pensado que la forma no es como una camisa que el poema se puede poner o quitar. De ahí, por ejemplo, que el asunto de la traducción de la poesía a otras lenguas sea algo imposible, y que nos tengamos que conformar, como se dice en Matemáticas, con una "mejor aproximación". Yo abogo por un concepto unitario, no dualista, del poema y de la poesía.
2)
Equivalencia entre contenido y continente.
Siempre en tensión entre esos dos polos, la poesía unas veces cuida más el contenido y se despreocupa en cierto grado de la forma; otras veces, se centra mucho en la forma y menos en el contenido; y otras, en fin, consigue un buen y satisfactorio equilibrio entre ambos. Creo que musador ha expuesto muy bien la alternativa. Pero a mí me gustaría añadir que el contenido y el continente no son equivalentes en poesía.
Poesía es arte, y arte es artificio. Por eso, no puede haber poesía sin forma. Lo mismo que tomar la más sabrosa manzana del árbol y presentarla en un plato cuadrado azul no es cocinar. Creo que tanto musador como maygemay lo han expresado muy acertadamente. Otro tema es cuál sea esa forma (clásica o no clásica, conocida o inédita) y qué peso relativo tenga en el poema. Pero no puede haber poesía sin forma, sin estructura, sin ritmo (términos que se acercan a lo mismo desde distintas perspectivas).
En cambio, sí puede haber poesía sin contenido, aunque para muchos sea simplemente retórica vacía. A este respecto, quiero compartir con vosotros un texto muy interesante, ya clásico, que escribe Jose María de Cossío al estudiar las fábulas mitológicas (permitidme, por favor, que destaque algunos elementos en negrita):
Es fácil penetrar en ellas esta intención delatada por el predominio de la pretensión retórica; por el desinterés de presentar los casos sin urgencia noticiosa, que se trasluce en la demora del relato empecido por complacencias metafóricas, por imágenes antidinámicas que hacen más lento el curso de la narración; por el recargamiento de toda especie de primores literarios. Esta intención puramente artística, preciosista podríamos decir, es característica del género que vamos a estudiar, y en ella reside precisamente su principal interés y al par su más importante limitación.
No tener que preocuparse el poeta en este género de composiciones de la invención del asunto, apenas nada del plan y, sobre todo, el encontrarse ya estereotipadas las pasiones y precisados los afectos que han de jugar en el relato, hace que su atención se fije estrictamente en lo más externo y literario. Aquí reside la limitación a que aludía, tan digna de notarse que, a veces, hace entrar este género en el de los retóricos mejor que en el de los poéticos. Pero esto es causa, simultáneamente, de que en estos poemas mejor que en otros algunos puedan estudiarse con precisión perfecta la evolución de los modos literarios, de los medios retóricos, de la sensibilidad para lo formal de las distintas generaciones literarias, lo que se llama la sucesión de corrientes o escuelas. Sobre un mismo tema dos poetas trabajan su fábula. Nada íntimamente lírico, nada personalmente pasional, nada característicamente patético conducirá en sesgo fatal la progresión del poema. Sólo preocupaciones de orden estrictamente, desinteresadamente retórico y poético embargarán al poeta. Y no es tan de lamentar la ausencia de subjetivismo. En realidad, las pasiones hondas, arrolladoras, son lo más repetido en la vida y en el arte. Los hombres han amado y han odiado siempre aproximadamente lo mismo y por semejantes procedimientos. Lo diferencial no reside, pues, en la pasión, sino en la sensibilidad, y esto es lo que diferencia, valora y jerarquiza a los poetas; y para la patentización de la sensibilidad, cualquier tema, el más manido, es reactivo suficiente, y aun acaso en los más manoseados muestra mejor el escogido sus cualidades de excepción.
Notemos que las evoluciones literarias que superficialmente se han atribuido tantas veces a cambios de gusto caprichosos no son sino variaciones y metamorfosis de la sensibilidad, presionada por circunstancias vitales, por exigencias históricas, por el ambiente saturado de ideas, doctrinas y visiones nuevas. Estudiar, pues, la evolución retórica en estos temas que parecen los más frívolos, no es sino estudiar la evolución de la sensibilidad en su índice más delicado y preciso. Conocidas las ideas y aspiraciones de una época, su historia y su economía, las consecuencias de su política y de su ciencia, aún queda por estudiar lo más inefable y expresivo: su arte desinteresado, aparentemente alejado de preocupaciones sociales e individuales, que es, como el ángel en el rostro, la última expresión de lo más matizado, tenue e íntimo, la única ventana abierta a lo más recatado y fecundo del paisaje espiritual.
(José María de Cossío, Fábulas mitológicas en España, Madrid 1998, pp. 20-21)
Aunque más de sesenta años nos separan de la primera edición de este libro; aunque el uso de términos como "artístico", "literario", "poético" es tan específico como discutible; y aunque Cossío no está hablando de la poesía en general, sino de un subgénero muy particular, creo, sin embargo, que este texto nos puede servir aún hoy para serenar esa pretensión romántica, y algo adolescente, de originalidad suprema y libertad absoluta en poesía. Lo diferencial y jerarquizador en los poetas, nos recuerda, es
cómo dicen lo que cualquiera podría decir. Por eso opiniones como ésta:
aun siendo respetables en atención a la persona que así opina, no pueden considerarse tan válidas como una opinión bien fundamentada y elaborada. Aquí no estamos hablando de dignidad (que a todos nos iguala), sino de valor (que, por contra, a todos nos jerarquiza).
De los ejemplos que conozco y manejo, creo que el que más se acerca (sin salirnos de este subgénero de las fábulas mitológicas) al polo de lo formal es la
Fábula de Equis y Zeda de Gerardo Diego. El contenido, si es que lo hay, es la historia de Hero y Leandro en la fábula homónima de Gabriel Bocángel (más que contenido, le podríamos llamar "excusa" o "punto de partida"), pero todo en esta obra es pura creación, a un paso de la poesía pura y a años luz de la épica o de la lírica; obra en la que, por cierto, Diego hace
parodia de las fábulas mitológicas ("parodia" no en el sentido de imitación burlesca [aunque no le falte cierto humor], sino en el sentido de imitación/recreación; el término "parodia" se usa técnicamente en Musicología para denominar ciertas misas polifónicas que los compositores del s. XV y XVI creaban a partir de melodías preexistentes; en la fábula de Diego hay mucho de esto, que tiene que ver con el sentido etimológico de la palabra παρῳδία : "junto a la canción"):
todo el paisaje está si lo sacudes
dulcemente podrido de laúdes
Para documentar aún más estos casos extremos de poesía sin contenido he preguntado a un poeta granadino amigo mío, de cuya erudición no me cabe la menor duda, que me ha citado a Juan Eduardo Cirlot y su obra
Inger permutaciones; comparto la referencia, aunque reconozco que nunca antes había yo accedido a la obra de este poeta, para dejar constancia de que, efectivamente, existe la poesía sin contenido.
Eso sí, nada de lo que he dicho antes tiene que ver con la calidad de las composiciones poéticas particulares, o con la habilidad o destreza de cada poeta, o con el nivel de comunicación que alcance. Todo esto son presupuestos teóricos que preceden a la obra real.
(Por cierto, con toda esta reflexión se me ha olvidado comentar el soneto de José. Lo siento, José. Tengo una duda con la redacción de los tercetos: esa oración condicional del primero que parece no estar terminada...)
Saludos.