musador
esperando...
«Tengo el oficio de dios», le gustaba decir. «Para los venideros arqueólogos», decía también cuando tiraba los restos de algún cacharro roto al pie de un gran sauce. «Para el guiso de lentejas», me dijo cuando me regaló una vasija y dos cuencos de arcilla roja. Allí estaban, sobre una estantería en mi cocina de la isla. Estaban, digo, porque al llegar un día encontré los añicos en el piso; solo uno de los cuencos se salvó. Junté los restos con paciencia y, recordando a mi hermano, pensé en tirarlos al pie del ingá vera, para los arqueólogos.
La torpeza con que el bicho había tirado las cosas de la estantería me hizo pensar que se trataba de una comadreja: las ratas son más delicadas en esas cosas.
«¡Cómo persiste la muerte!», pensé más tarde mirando la cerámica rota.
Al llegar, el viernes siguiente, el espectáculo fue peor. No solo estaban nuevamente las cosas de la estantería desparramadas por el piso de la cocina, sino que el bicho había hurgado en el aparador rompiendo un paquete de harina y varios de salsa de tomate: un enchastre. No vi heces, lo que me confirmó en mi sospecha de que no se trataba de ratas.
«¿Qué hacer?», me pregunté. Ni pensar en cerrar las entradas al altillo, hay huecos por todos lados por los que un bicho así puede entrar. ¿Veneno?: quizás, aunque el de las ratas no serviría. Podría evitar dejar comida accesible en la cocina, pero esa sensación de vulnerabilidad me molestaba agudamente: era una violación de la intimidad de mi casa.
A la noche, después de ver una película, me fui a dormir. A la una del sábado me despertó un ruido en la cocina. Somnoliento aún y sin saber de qué se trataba tomé una hachuela, prendí la luz del living y pegué un grito. Enseguida oí a la criatura correr por el cielorraso, sobre mi cabeza, huyendo. Pensé que, con el susto, no volvería, dejé la luz de la cocina prendida y volví a mi cama. Nervioso aún, no podía conciliar el sueño y cualquier ruidito me sobresaltaba. Al rato oí sus pasos, ya inconfundibles, en el cielorraso sobre mi cabeza.
Con afán de tranquilizarme, me levanté, cebé un mate, y me senté en el living a ver un informativo, dejando la luz de la cocina prendida y la puerta cerrada: no quería arriesgarme a que el bicho entrara al resto de la casa. A eso de las cuatro de la madrugada oí nuevamente ruido en la cocina; abrí la puerta y, esta vez, la vi: era una comadreja overa. Estaba en una estantería, trató de agarrarse de una sartén colgante, patinó y cayó tras la heladera. Esta está arrinconda entre la mesada y la pared, con lo que le quedaba poco espacio para escapar. Miré tras la heladera, pero la comadreja se había metido adentro, en el compartimiento del motor. Volví a mirar el informativo, dejando la puerta de la cocina abierta para ver de reojo la heladera: al rato la comadreja incursionó con cautela por el costado de la heladera, y se volvió a esconder con el motor en cuanto hice ruido. Decidí entonces sentarme, con un atizador como arma, de guardia frente a la heladera para evitar que escapara, esperando que llegara Inés para, entre los dos, poder atraparla: estando solo, si hacía el esfuerzo de correr la heladera no podría al mismo tiempo evitar que se fugara la comadreja.
Yo estaba más cómodo que la comadreja. Cuando necesitaba buscar algo o ir al baño, le daba unos golpes a la heladera con el atizador, para asustarla y que no osara aprovechar el momento en que dejaba mi guardia. Sospecho, sin embargo, que ella aprovechó ese rato para dormir, cosa que yo necesitaba desesperadamente. Incluso sentí el hedor característico que largan estos bichos cuando se abandonan a su estado de torpor. Me entretuve leyendo los comentarios de Menéndez Pelayo sobre Gonzalo de Berceo: una lectura más bien soporífera, por cierto. Inés es muy madrugadora, así que a las seis me pareció prudente enviarle un mensaje pidiéndole que me llamara: no me llamó. Llegadas las siete, la llamé y le expuse mis circunstancias, prometió venir lo antes posible. A las ocho y media renové el mate, pensando que Inés estaría por llegar...: llegó un mensaje donde me decía que estaba recién saliendo. Me sentí tentado de irme a dormir y dejar que la comadreja se fuera, pero la perspectiva de que volviera me disuadió: se había enviciado con mi cocina y el único remedio era matarla.
A eso de las diez llegó Inés. Pude entonces dejar mi guardia e ir al pañol a buscar armas más adecuadas que el atizador: dos bicheros y un rastrillo. No sabíamos lo que haría la comadreja cuando moviéramos la heladera, si se quedaría adentro o intentaría la huída. Inés se puso al acecho con el rastrillo mientras yo giraba la heladera. La comadreja se quedó escondida, pude verla iluminando con mi linterna. Usando un bichero como lanza, le apunté y le di un golpe: pegó un chillido; le di un segundo golpe, y entonces salió de la heladera y antes de que Inés le diera con el rastrillo se fue a un rincón: la veíamos, pero no se movía. Usando los dos bicheros ahora, uno para retenerla contra la pared y el otro para golpearla, creí finalmente haberla matado. La dejamos un momento ahí, comentando el incidente, pero de pronto se levantó y cambió de rincón tras la heladera. Volví a golpearla, tratando esta vez de destrozarle la cabeza con el bichero usado como lanza; nuevamente la dejé por muerta, nuevamente se levantó y dio unos pasos vacilantes; esta vez usé el bichero como maza, golpeándola hasta aplastarle la cabeza. Murió. Como último acto, se aferró con su cola al cable de la heladera.
«¡Cómo persiste la vida!», pensé. La enterramos bajo el ingá vera, y puse a manera de lápida los restos de los cacharros de mi hermano. «Un enigma para los arqueólogos ─pensé─, creerán que la comadreja era entre nosotros un animal sagrado».
La torpeza con que el bicho había tirado las cosas de la estantería me hizo pensar que se trataba de una comadreja: las ratas son más delicadas en esas cosas.
«¡Cómo persiste la muerte!», pensé más tarde mirando la cerámica rota.
Al llegar, el viernes siguiente, el espectáculo fue peor. No solo estaban nuevamente las cosas de la estantería desparramadas por el piso de la cocina, sino que el bicho había hurgado en el aparador rompiendo un paquete de harina y varios de salsa de tomate: un enchastre. No vi heces, lo que me confirmó en mi sospecha de que no se trataba de ratas.
«¿Qué hacer?», me pregunté. Ni pensar en cerrar las entradas al altillo, hay huecos por todos lados por los que un bicho así puede entrar. ¿Veneno?: quizás, aunque el de las ratas no serviría. Podría evitar dejar comida accesible en la cocina, pero esa sensación de vulnerabilidad me molestaba agudamente: era una violación de la intimidad de mi casa.
A la noche, después de ver una película, me fui a dormir. A la una del sábado me despertó un ruido en la cocina. Somnoliento aún y sin saber de qué se trataba tomé una hachuela, prendí la luz del living y pegué un grito. Enseguida oí a la criatura correr por el cielorraso, sobre mi cabeza, huyendo. Pensé que, con el susto, no volvería, dejé la luz de la cocina prendida y volví a mi cama. Nervioso aún, no podía conciliar el sueño y cualquier ruidito me sobresaltaba. Al rato oí sus pasos, ya inconfundibles, en el cielorraso sobre mi cabeza.
Con afán de tranquilizarme, me levanté, cebé un mate, y me senté en el living a ver un informativo, dejando la luz de la cocina prendida y la puerta cerrada: no quería arriesgarme a que el bicho entrara al resto de la casa. A eso de las cuatro de la madrugada oí nuevamente ruido en la cocina; abrí la puerta y, esta vez, la vi: era una comadreja overa. Estaba en una estantería, trató de agarrarse de una sartén colgante, patinó y cayó tras la heladera. Esta está arrinconda entre la mesada y la pared, con lo que le quedaba poco espacio para escapar. Miré tras la heladera, pero la comadreja se había metido adentro, en el compartimiento del motor. Volví a mirar el informativo, dejando la puerta de la cocina abierta para ver de reojo la heladera: al rato la comadreja incursionó con cautela por el costado de la heladera, y se volvió a esconder con el motor en cuanto hice ruido. Decidí entonces sentarme, con un atizador como arma, de guardia frente a la heladera para evitar que escapara, esperando que llegara Inés para, entre los dos, poder atraparla: estando solo, si hacía el esfuerzo de correr la heladera no podría al mismo tiempo evitar que se fugara la comadreja.
Yo estaba más cómodo que la comadreja. Cuando necesitaba buscar algo o ir al baño, le daba unos golpes a la heladera con el atizador, para asustarla y que no osara aprovechar el momento en que dejaba mi guardia. Sospecho, sin embargo, que ella aprovechó ese rato para dormir, cosa que yo necesitaba desesperadamente. Incluso sentí el hedor característico que largan estos bichos cuando se abandonan a su estado de torpor. Me entretuve leyendo los comentarios de Menéndez Pelayo sobre Gonzalo de Berceo: una lectura más bien soporífera, por cierto. Inés es muy madrugadora, así que a las seis me pareció prudente enviarle un mensaje pidiéndole que me llamara: no me llamó. Llegadas las siete, la llamé y le expuse mis circunstancias, prometió venir lo antes posible. A las ocho y media renové el mate, pensando que Inés estaría por llegar...: llegó un mensaje donde me decía que estaba recién saliendo. Me sentí tentado de irme a dormir y dejar que la comadreja se fuera, pero la perspectiva de que volviera me disuadió: se había enviciado con mi cocina y el único remedio era matarla.
A eso de las diez llegó Inés. Pude entonces dejar mi guardia e ir al pañol a buscar armas más adecuadas que el atizador: dos bicheros y un rastrillo. No sabíamos lo que haría la comadreja cuando moviéramos la heladera, si se quedaría adentro o intentaría la huída. Inés se puso al acecho con el rastrillo mientras yo giraba la heladera. La comadreja se quedó escondida, pude verla iluminando con mi linterna. Usando un bichero como lanza, le apunté y le di un golpe: pegó un chillido; le di un segundo golpe, y entonces salió de la heladera y antes de que Inés le diera con el rastrillo se fue a un rincón: la veíamos, pero no se movía. Usando los dos bicheros ahora, uno para retenerla contra la pared y el otro para golpearla, creí finalmente haberla matado. La dejamos un momento ahí, comentando el incidente, pero de pronto se levantó y cambió de rincón tras la heladera. Volví a golpearla, tratando esta vez de destrozarle la cabeza con el bichero usado como lanza; nuevamente la dejé por muerta, nuevamente se levantó y dio unos pasos vacilantes; esta vez usé el bichero como maza, golpeándola hasta aplastarle la cabeza. Murió. Como último acto, se aferró con su cola al cable de la heladera.
«¡Cómo persiste la vida!», pensé. La enterramos bajo el ingá vera, y puse a manera de lápida los restos de los cacharros de mi hermano. «Un enigma para los arqueólogos ─pensé─, creerán que la comadreja era entre nosotros un animal sagrado».
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