BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la ciudad
un eterno pájaro
se posa sobre la ventana.
Dentro de este descampado,
todo cabe, y todo vale.
Desde el usurero que maquina
su próxima venta, hasta
el cobrador del frac, que aniquila
las últimas esperanzas de sus deudores.
La niebla envuelve todo, desde el muerto
que no sabe revivir, hasta el resplandor
que cubre el musgo de las aceras.
El aire triunfador de algunos no supone
gran cosa para otros; la muerte se impone
como fascinante encubridora.
Algún mendigo pide limosna,
alguien, bondadoso y digno,
se apresta a echarle una moneda,
con el embozo de sus ropas, lleno
de copos de nieve.
Otro pasa rápido por el lugar;
quizás el cobrador del frac o aquel
usurero que ve, en la moneda, un despilfarro
ingenuo.
La niebla, lo envuelve de nuevo todo.
La tristeza hace acuse de recibo, mientras
la desolación gangrena
el corazón de la ciudad.
®
un eterno pájaro
se posa sobre la ventana.
Dentro de este descampado,
todo cabe, y todo vale.
Desde el usurero que maquina
su próxima venta, hasta
el cobrador del frac, que aniquila
las últimas esperanzas de sus deudores.
La niebla envuelve todo, desde el muerto
que no sabe revivir, hasta el resplandor
que cubre el musgo de las aceras.
El aire triunfador de algunos no supone
gran cosa para otros; la muerte se impone
como fascinante encubridora.
Algún mendigo pide limosna,
alguien, bondadoso y digno,
se apresta a echarle una moneda,
con el embozo de sus ropas, lleno
de copos de nieve.
Otro pasa rápido por el lugar;
quizás el cobrador del frac o aquel
usurero que ve, en la moneda, un despilfarro
ingenuo.
La niebla, lo envuelve de nuevo todo.
La tristeza hace acuse de recibo, mientras
la desolación gangrena
el corazón de la ciudad.
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