Una mirada triste
que converge con el tiempo,
mirando sin ver
figuras que se mueven.
Un recuerdo latente
de espaldas al futuro,
condensando la penumbra
que no disipa el alma.
Un cómplice colchón
humedecido en lágrimas
y unas manos inertes
desnudas de motivos.
Una voz interna
profiriendo gemidos,
llamando a quien no escucha;
amando hasta al olvido.
Un sueño de cristal
resquebrajado y marchito;
la no existencia atrapada
entre el lienzo y la pintura...
Esta vez el pintor
dibujó la hora cero;
el vacío infranqueable
de un corazón herido.