En la huerta, un olivo hemos sembrado,
tu mujer y tus hijos en el llanto;
en la pena y el dolor hemos regado
sus raíces y tu alma, con quebranto.
Se hará hermoso el olivo día a día,
bálsamo de un recuerdo bendecido.
Nos cambiará la pena en alegría
y llorará el paisaje agradecido.
Elevarán sus ramas al instante,
tu corazón al cielo, donde habita.
Tus ojos tan azules, tu semblante
de nuevo entre nosotros resucita.
Sombra dará, como dolor al suelo,
donde duerme tu ausencia ya cautivo,
sombra donde se ampara el desconsuelo
cuando rece a los pies de nuestro olivo.
Fuiste años, migrante de tu tierra,
como tristeza de un oscuro invierno,
perdiste la batalla, no la guerra,
y regresaste para el sueño eterno.
JSS
Copyright, junio 2016
Última edición: