Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Desde la terraza,
pequeña, encalada, blanca…
se ve el mar.
Y llevan hasta ella,
a veces Céfiro,
en ocasiones Bóreas,
el rumor del viento entre los olivos
y el aroma de aceitunas
recién prensadas en la almazara.
Más allá de las tapias
azulean la tierra las lavandas
y se amparan en sus piedras
la genista, la hierbabuena,
la menta o la manzanilla,
buscando abrigo
de los vientos y las aguas.
En la playa leve de arena y conchas,
se mece la trirreme
que lleva por mascarón
la sirena de erguidos pechos
y mirada fiera,
labrada en el roble deshojado,
cortado en la luna de enero
y que dejaron secar
en el cubierto del granero,
hasta que Laertes diera forma
con mazo de madera
y gubia de acero.
Y está la nave
impaciente por surcar aguas,
por atrapar vientos
en la cuadrada vela
y correr olas jugando
con los delfines en la mañana
mientras canta el piloto
historias de Menelao y Helena.
Sube a bordo el laértida,
para soltar amarras,
para embolsar aires
que le hagan volar sobre las olas,
bajo el cielo de sol,
bajo la noche en que pasean Orión, el Cisne, Argos…
a quienes siguen atentos los ojos marineros,
para llegar a Íos y, más allá, a Paros
donde moran los verdes iris de Penélope,
que ya lo aguarda, sin conocerlo.
Ulises intrépido,
con la vista puesta adelante,
privilegio del joven,
pues atrás sólo mora el recuerdo,
la memoria del anciano
que viste a la Parca,
que atrae la muerte.
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