José rubiel Amaya Amaya
Poeta asiduo al portal
Esta fiebre dorada del oro,
que persiste, insiste y no desiste,
lleva consigo en una forma triste
por su afán el más grande tesoro.
Es la vida que pierde el más humilde
y se queda en la tierra sepultada,
este atacado en forma desalmada
apesar que no conoce una tilde.
En torno a esta fiebre la miseria
y el afán del sustento de los hijos,
que por ser todos ellos tan prolijos,
la tarea se convierte ya en tragedia.
Un terreno por otros explotado,
los que compran éste metál precioso,
que por medio de un proceder mañoso,
para otras tierras lo envían blanqueado.
¿Para dónde mandar este reclamo?
del amazonas comido a bocados,
¿a quién endilgarle estos pecados?
¿a mí, con hambre, con el hijo que amo?...
que persiste, insiste y no desiste,
lleva consigo en una forma triste
por su afán el más grande tesoro.
Es la vida que pierde el más humilde
y se queda en la tierra sepultada,
este atacado en forma desalmada
apesar que no conoce una tilde.
En torno a esta fiebre la miseria
y el afán del sustento de los hijos,
que por ser todos ellos tan prolijos,
la tarea se convierte ya en tragedia.
Un terreno por otros explotado,
los que compran éste metál precioso,
que por medio de un proceder mañoso,
para otras tierras lo envían blanqueado.
¿Para dónde mandar este reclamo?
del amazonas comido a bocados,
¿a quién endilgarle estos pecados?
¿a mí, con hambre, con el hijo que amo?...
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