El Sur (Trilogía)
Vengo de una tierra del sur
donde los otoños habitan en soledades durmientes,
el páramo se pierde bajo nubes de cristal roto
y la lluvia es milagrosa.
Su gente es afable, primitiva,
soñando laberintos de un futuro.
Yo me perdí,
ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
En su paisaje
los pequeños oteros ondulados como jorobas
se preñan de casas cueva,
en sus paredes blanquea el silencio
bajo un sueño de gotelé blanco.
Coronan las chimeneas
con la luz de un cigarro en La Habana.
Las fachadas rompen con geranios
los ojos de las ventanas
en un plomeo de colores que pintan macetas.
Montaraz, en su jaula,
un pájaro perdiz muestra orgulloso
el arco iris de su plumaje.
Dentro, en el hogar,
se saborea la ternura,
vuela la esperanza, se escapa la alegría.
Don Sol, en el sur, no duerme.
Sus mañanas las alimenta agostando la tierra
en puñaladas de besos ardientes,
se merienda las tardes
bajo un sombrero de paja.
En el ocaso, sestea, descansa.
Vengo de una tierra del sur
donde las pisadas son ecos de soleares.
Cuando alumbra el otoño,
la escasa lluvia es como un llanto,
una canción de grietas en las manos.
Los hombres
iluminan por el hueco de sus mellas
el sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Los caminos se pierden polvorientos de sequías,
maquillando los campos.
Un pastor gime con el silbo,
pinta rebaños de poesías con los colores de su soledad.
Vengo del sur, como en un sueño,
para despertar nuevas esperanzas.
El Viaje
Llego niño, del sur.
Durmientes y brillantes en la estación de Francia,
las vías del tren conducen sueños de vapor atrapados
en maletas de cartón piedra.
Mis padres, con sus averías en el alma,
sonríen al cansancio
en una mueca de fresas agridulces.
Recogen su atillo de ansiedades y esperanzas
mirando sorprendidos.
Sus ojos agotados.
Desde la calle
llegan alborotos de chiquillos
silbando melodías descalzas.
El tranvía se acerca, en un murmullo
de gaita y muñeira, saudades escondidas
bajo el bigote áspero de un conductor gallego.
Una ola de albañiles que iluminan cemento
inundan de alboroto la plataforma
en su babel de acentos diversos, peninsulares,
murcianos y extremeños.
El cobrador pregona la parada
al pasar por la Plaza de San Jaime
donde una colla de andaluces
tomados de la mano
intentan regatear el paso de una sardana bailada.
En el aire la música y un coro de catalanes
que miran, desde el balcón de la mañana.
En una esquina, Josep Plá aplaude.
Su mirada perdida hacia el Ampurdán
eterno.
Es domingo y Barcelona se ilumina de otoño
frente al mar.
El Monte Carmelo se viste del Sur.
Sobre la afeitada loma donde la vida no existe
y corren torrenteras como dentelladas,
ahí, en su cima descarada de abandono
hombres y mujeres herederos de la nada
levantan un oasis de babel peninsular
en el otoño de sus vidas lloradas de sueños.
En el monte Carmelo o la "muntanya pelada"
-en ese idioma hermoso de romances-
sobre un caparazón de abandono y miseria
armaron los andamios de esperanzas.
Techumbres en el aire, huecas como un nido,
coronaban paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
Los atardeceres se dormían de consejos
con la Señora Francis.
Las noches en Navidad alegraban villancicos
"fun-fun-fun arribat el minyonet"
pero mira como beben
mientras lloraban lágrimas de anís las abuelas
y se fundían los plomos de la alegría.
Las luces de Pedralbes se apagaban muy tarde.
Y sobre el monte Carmelo se encendían
las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto contemplaba.
PepeSori
SafeCreative
Octubre 2018
Vengo de una tierra del sur
donde los otoños habitan en soledades durmientes,
el páramo se pierde bajo nubes de cristal roto
y la lluvia es milagrosa.
Su gente es afable, primitiva,
soñando laberintos de un futuro.
Yo me perdí,
ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
En su paisaje
los pequeños oteros ondulados como jorobas
se preñan de casas cueva,
en sus paredes blanquea el silencio
bajo un sueño de gotelé blanco.
Coronan las chimeneas
con la luz de un cigarro en La Habana.
Las fachadas rompen con geranios
los ojos de las ventanas
en un plomeo de colores que pintan macetas.
Montaraz, en su jaula,
un pájaro perdiz muestra orgulloso
el arco iris de su plumaje.
Dentro, en el hogar,
se saborea la ternura,
vuela la esperanza, se escapa la alegría.
Don Sol, en el sur, no duerme.
Sus mañanas las alimenta agostando la tierra
en puñaladas de besos ardientes,
se merienda las tardes
bajo un sombrero de paja.
En el ocaso, sestea, descansa.
Vengo de una tierra del sur
donde las pisadas son ecos de soleares.
Cuando alumbra el otoño,
la escasa lluvia es como un llanto,
una canción de grietas en las manos.
Los hombres
iluminan por el hueco de sus mellas
el sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Los caminos se pierden polvorientos de sequías,
maquillando los campos.
Un pastor gime con el silbo,
pinta rebaños de poesías con los colores de su soledad.
Vengo del sur, como en un sueño,
para despertar nuevas esperanzas.
El Viaje
Llego niño, del sur.
Durmientes y brillantes en la estación de Francia,
las vías del tren conducen sueños de vapor atrapados
en maletas de cartón piedra.
Mis padres, con sus averías en el alma,
sonríen al cansancio
en una mueca de fresas agridulces.
Recogen su atillo de ansiedades y esperanzas
mirando sorprendidos.
Sus ojos agotados.
Desde la calle
llegan alborotos de chiquillos
silbando melodías descalzas.
El tranvía se acerca, en un murmullo
de gaita y muñeira, saudades escondidas
bajo el bigote áspero de un conductor gallego.
Una ola de albañiles que iluminan cemento
inundan de alboroto la plataforma
en su babel de acentos diversos, peninsulares,
murcianos y extremeños.
El cobrador pregona la parada
al pasar por la Plaza de San Jaime
donde una colla de andaluces
tomados de la mano
intentan regatear el paso de una sardana bailada.
En el aire la música y un coro de catalanes
que miran, desde el balcón de la mañana.
En una esquina, Josep Plá aplaude.
Su mirada perdida hacia el Ampurdán
eterno.
Es domingo y Barcelona se ilumina de otoño
frente al mar.
El Monte Carmelo se viste del Sur.
Sobre la afeitada loma donde la vida no existe
y corren torrenteras como dentelladas,
ahí, en su cima descarada de abandono
hombres y mujeres herederos de la nada
levantan un oasis de babel peninsular
en el otoño de sus vidas lloradas de sueños.
En el monte Carmelo o la "muntanya pelada"
-en ese idioma hermoso de romances-
sobre un caparazón de abandono y miseria
armaron los andamios de esperanzas.
Techumbres en el aire, huecas como un nido,
coronaban paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
Los atardeceres se dormían de consejos
con la Señora Francis.
Las noches en Navidad alegraban villancicos
"fun-fun-fun arribat el minyonet"
pero mira como beben
mientras lloraban lágrimas de anís las abuelas
y se fundían los plomos de la alegría.
Las luces de Pedralbes se apagaban muy tarde.
Y sobre el monte Carmelo se encendían
las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto contemplaba.
PepeSori
SafeCreative
Octubre 2018
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