Sobre la afeitada loma despoblada de vida,
corrían torrenteras como dentelladas,
y en esa cima descarada de abandono,
allí, esos hombres y mujeres, herederos de la nada,
levantaron un oasis con sus manos repletas de sueños
y acentos de babel peninsular recién llegados.
La muntanya pelada te llaman los nativos,
en su idioma catalán, hermoso de romances,
que ya no estaba prohibido como dicen ahora,
y yo lo aprendía jugando en el patio de la escuela
o haciendo cola, para comprar el carbón
que nos encendía las noches.
Sobre aquél caparazón de barro y miseria
armaron aquellas gentes sus andamios de esperanza.
Techumbres en el aire, huecas como nidos,
coronaban el ascenso de paredes tan frágiles
que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos los atardeceres
en alguna emisora.
Mientras, por algún rincón, aparecía aquel hombre
en su bicicleta con nevera de madera,
tesoro de ricos helados mantecados; a peseta.
Las noches en Navidad alegraban villancicos:
fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño,
y lloraban lágrimas de anís las abuelas.
Se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde
mientras, el monte se encendía de lámparas de hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.
PepeSori
SafeCreative
julio2018
corrían torrenteras como dentelladas,
y en esa cima descarada de abandono,
allí, esos hombres y mujeres, herederos de la nada,
levantaron un oasis con sus manos repletas de sueños
y acentos de babel peninsular recién llegados.
La muntanya pelada te llaman los nativos,
en su idioma catalán, hermoso de romances,
que ya no estaba prohibido como dicen ahora,
y yo lo aprendía jugando en el patio de la escuela
o haciendo cola, para comprar el carbón
que nos encendía las noches.
Sobre aquél caparazón de barro y miseria
armaron aquellas gentes sus andamios de esperanza.
Techumbres en el aire, huecas como nidos,
coronaban el ascenso de paredes tan frágiles
que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos los atardeceres
en alguna emisora.
Mientras, por algún rincón, aparecía aquel hombre
en su bicicleta con nevera de madera,
tesoro de ricos helados mantecados; a peseta.
Las noches en Navidad alegraban villancicos:
fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño,
y lloraban lágrimas de anís las abuelas.
Se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde
mientras, el monte se encendía de lámparas de hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.
PepeSori
SafeCreative
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