El pueblo de la mujer triste
En cada vagón de tren hay una mujer triste que mira por la ventana pareciera que el amor se despide de ella.
En cada puente que cruza hay dientes de león que como buena hierva crecen bajo la lluvia sin detenerse y vuelan como volantines pegándose en cada ventana por donde ella sigue mirando.
Parece que el amor fuera una larga escalera sin salida, tal vez algún puerto sin faro donde recalar.
Las mujer triste puebla una casa siempre de color amarillo
y en la puerta cuelga una manito de madera como las de Valparaiso.
Supongo que son para tocar la puerta ya que las casonas son muy altas y grandes y así si el amor regresa se pueda sentir desde lejos.
La mujer triste siempre sabe que la soledad como un trueno volverá a ensordecerla y ella guardará ese sonido en una cajita dentro del velador para cuando llegue la vejez vacía
el trueno con su toc, toc tocará la puerta,
y la muerte se acurrucará en la entrada como una pordiosera hasta apagar su luz.
En cada vagón de tren hay una mujer triste que mira por la ventana pareciera que el amor se despide de ella.
En cada puente que cruza hay dientes de león que como buena hierva crecen bajo la lluvia sin detenerse y vuelan como volantines pegándose en cada ventana por donde ella sigue mirando.
Parece que el amor fuera una larga escalera sin salida, tal vez algún puerto sin faro donde recalar.
Las mujer triste puebla una casa siempre de color amarillo
y en la puerta cuelga una manito de madera como las de Valparaiso.
Supongo que son para tocar la puerta ya que las casonas son muy altas y grandes y así si el amor regresa se pueda sentir desde lejos.
La mujer triste siempre sabe que la soledad como un trueno volverá a ensordecerla y ella guardará ese sonido en una cajita dentro del velador para cuando llegue la vejez vacía
el trueno con su toc, toc tocará la puerta,
y la muerte se acurrucará en la entrada como una pordiosera hasta apagar su luz.