Andreas
Poeta adicto al portal
Platina, tú
Platina que destilada
en hilitos te desatas,
cual cascada de longeva
que la cintura rebasa.
Textura de fina seda
en flecos de torda lana,
te deslizas cual plumaje
y besando luces, bañas.
De los lodos, tú, goleta,
que al pañuelo haces distancia,
penetrante te sugieres,
cual querellas escapadas.
Hay quien sentencia que eres,
testigo de mala entraña,
que tras lo negro apareces,
de sucio algodón te lanzas.
¡Destierro tal improperio
con justa razón mi dama,
a ti que en cadencia alientas
los versos que tanto sanan!
Mis vecinos han jurado
que cuando las luces callan,
el dolor también sustentas
de cualquiera que naufraga,
y que asidas de la mano
Alegría y Esperanza,
se escabullen por los huelgos
de los ojos sin miradas.
“¡Injusticia!” -en alto digo-:
¿cómo pueden acusarte
cuando pureza alimentas,
pues, bautizas cuando pasas?
Descreídos, mi lisonja
los transeúntes del alba,
juzgan de mal agüero,
penosa, tu fiel bajada:
“¡enemiga de las flores,
que a su paso se desmayan!”,
¿olvidando que se bebe
de la fuente de tu gracia?
Lluvia de mis amoríos,
espejo de Dios en alta,
que cuando el sol es eterno,
mi corazón por ti clama,
y se embebe entre tus senos
entre delicia y nostalgia,
creando desde el silencio
lo que callan las palabras.
06/18
Andrea.
Reservados todos los derechos de autor.
Platina que destilada
en hilitos te desatas,
cual cascada de longeva
que la cintura rebasa.
Textura de fina seda
en flecos de torda lana,
te deslizas cual plumaje
y besando luces, bañas.
De los lodos, tú, goleta,
que al pañuelo haces distancia,
penetrante te sugieres,
cual querellas escapadas.
Hay quien sentencia que eres,
testigo de mala entraña,
que tras lo negro apareces,
de sucio algodón te lanzas.
¡Destierro tal improperio
con justa razón mi dama,
a ti que en cadencia alientas
los versos que tanto sanan!
Mis vecinos han jurado
que cuando las luces callan,
el dolor también sustentas
de cualquiera que naufraga,
y que asidas de la mano
Alegría y Esperanza,
se escabullen por los huelgos
de los ojos sin miradas.
“¡Injusticia!” -en alto digo-:
¿cómo pueden acusarte
cuando pureza alimentas,
pues, bautizas cuando pasas?
Descreídos, mi lisonja
los transeúntes del alba,
juzgan de mal agüero,
penosa, tu fiel bajada:
“¡enemiga de las flores,
que a su paso se desmayan!”,
¿olvidando que se bebe
de la fuente de tu gracia?
Lluvia de mis amoríos,
espejo de Dios en alta,
que cuando el sol es eterno,
mi corazón por ti clama,
y se embebe entre tus senos
entre delicia y nostalgia,
creando desde el silencio
lo que callan las palabras.
06/18
Andrea.
Reservados todos los derechos de autor.
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