El hijo de tus ojos
El llanto negro, amado hijo
de tus ojos que convoca,
gota a gota, el serpenteo
del agua en retiro firme,
igualando mentalmente
tu negruzco pensamiento.
El que eliges como dueña
de la humedad que sostiene
el acíbar del lenguaje,
desalentado de afán
bajo el faro de tus días,
a pesar de la penumbra
del cerebro que te moja
con los suasorios gemidos
que cosechan tempestades.
Pues qué amargura desangra
tu razón, tu herida y huella
en vaivén de mar interno.
Qué dolor o qué sollozo
sube y baja, vuelve y gira
en tu mente, en tu contexto
como si cargara un trapo
para robarse un mojao,
si desde lejos no puedes
ser testigo de otro arroyo,
ni de océanos ajenos.
Muy de cerca solo el tuyo
con el líquido que bebes
bajo el sol que vuelves lluvia
en golpazo de oleaje,
y en tal faena, tu Playa.
Toda en pacto con los ríos
que no dejan de rodar
las piedras que llevas dentro.
Verucia L