kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
No es posible emigrar de las fronteras de nuestro cuerpo,
y el yo consciente, el de la piel,
nunca estrechará la mano al yo espiritual, inquilino de los cuartos de nuestro mundo.
CASA
Nos hace falta poesía
y menos firmas de hipotecas
para la compra de palacios que nos deshabitan.
Es nuestra casa una muñeca rusa,
es una hermosa pieza de cebolla,
es el tronco de un árbol…
La casa nunca
será el aparador de la muñeca,
ni la nevera que conserva la cebolla,
ni el denso bosque que protege el árbol.
La casa siempre nos aguarda dentro,
dentro de la frontera de los cuerpos.
¡Su inquilino jamás emigrará
al espacio convexo del cristal de nuestros ojos!,
lo más… un tornasol tras las cortinas.
En ocasiones, abre sus ventanas
de par en par
y una sombra se intuye entre sus marcos…
Pero tras ese leve instante
se esfuma en un destello promisorio
y nos queda el aliento estremecido
de casi habernos encontrado
cara a cara, de frente,
con quien habita nuestro envés.
Resulta, en cualquier caso, primordial
que hundamos con frecuencia
nuestros sensibles electrodos
en esa abstracta y fría gelatina
que nos abarca y nos define.
Singular gelatina la de ahí fuera
(jalea gris rellena de semillas)
que nos permite fabricar el mundo,
ese mundo que ocupa con su espectro
nuestra íntima casa.
Y es que sin mundo nuevo seríamos
palíndromos humanos.
Estaríamos fuera deambulando
en un pasado recursivo
y acabaría nuestra casa hueca
proclamando el desahucio.
Nos hace falta mucha poesía
y no la firma de hipotecas
para la compra de espejismos
que no nos pertenecen.
Necesitamos con urgencia cuartos
que sepan a esperanza,
¡al latigazo blanco de un faro
en el negro edredón del horizonte!,
¡a la vívida lengua de un arroyo
que emerge entre los labios de las peñas!
Cuartos que guarden el amor
incontestable y puro de una madre
y un relicario de recuerdos
de sábanas, incienso y luz,
de gaviotas, ceniza y sal.
Necesitamos fabricar las dudas
que acaben de una vez por todas con la tiranía
de las certezas que nos vende el miedo.
¡Necesitamos el anhelo trágico del Ser!,
¡no ser algo!, tan solo Ser…
Grabemos, compañeros, nuestros nombres
sobre las ondas del estanque de nuestra madera.
Tomemos de la mano
a ese mágico niño que se esconde
tras la arrogancia adulta de la muñeca rusa,
y lloremos (¡de amor!) por cada gajo
que se desprenda de la piel
de nuestra historia.
¡Queridos compañeros!:
ocupad vuestras casas,
¡tomemos por asalto la belleza!
y hagamos de la vida
una revolución.
Kalkbadan
En Madrid, 9 de septiembre de 2018
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