Fue un eco la prontitud del pájaro, túneles y músicas,
una radio que evita los idiomas y mil ríos de pretéritos
y azúcar. No hay rasguños en la fiebre, en el hotel
tú buscas mi memoria y es un racimo mi beso blanco
o mi alud. Treinta días como una firma vieja,
crece en las calles un sol de revista y en los labios
de la madame ningún oxido vigila el azar. Tenemos
un caleidoscopio en las manos y una ruta sin aceras.
Tú concibes el metro y yo divido las esquinas
con porcelana y hambre.¿Cuál es la cicatriz
de las hojas caídas? ¿El cementerio, la vida fósil
de las ocas, cualquier jardín que aún llora? Ven,
yo te enseñaré las huellas de abril, de un sur a otro
los pantanos blancos-no me creas, yo ausento el olvido
en cuadros y mapas, en alcohol de biseles y mar,
en los libros sin amapolas que han roído tus ónices-.
Nadie escucha la cansada alfombra del río. Son los tejados
un alba inútil, mariposean en los cristales verbos áridos,
seudónimos que se alejan como pájaros eléctricos.
Oh! la ciudad con sus golondrinas de azar y sus pensamientos
vacíos y rojos. No temas si el alba penetra en tu sed,
caen los olimpos con cúpulas doradas y en el rigor
de las estatuas yo encuentro una duda azul. Tú me
juraste que la arquitectura era un sello inmortal y yo fui
espectador y viajero con mi cornea oscura de niño.
Pero había castaños y matices, hembras locas
que escribían petunias en un cenotafio sin nombre.
Alguien recitó un vals o su signo, la sincronía dúctil
de las ojivas azules cuando tú y yo dejamos de ser nosotros.
una radio que evita los idiomas y mil ríos de pretéritos
y azúcar. No hay rasguños en la fiebre, en el hotel
tú buscas mi memoria y es un racimo mi beso blanco
o mi alud. Treinta días como una firma vieja,
crece en las calles un sol de revista y en los labios
de la madame ningún oxido vigila el azar. Tenemos
un caleidoscopio en las manos y una ruta sin aceras.
Tú concibes el metro y yo divido las esquinas
con porcelana y hambre.¿Cuál es la cicatriz
de las hojas caídas? ¿El cementerio, la vida fósil
de las ocas, cualquier jardín que aún llora? Ven,
yo te enseñaré las huellas de abril, de un sur a otro
los pantanos blancos-no me creas, yo ausento el olvido
en cuadros y mapas, en alcohol de biseles y mar,
en los libros sin amapolas que han roído tus ónices-.
Nadie escucha la cansada alfombra del río. Son los tejados
un alba inútil, mariposean en los cristales verbos áridos,
seudónimos que se alejan como pájaros eléctricos.
Oh! la ciudad con sus golondrinas de azar y sus pensamientos
vacíos y rojos. No temas si el alba penetra en tu sed,
caen los olimpos con cúpulas doradas y en el rigor
de las estatuas yo encuentro una duda azul. Tú me
juraste que la arquitectura era un sello inmortal y yo fui
espectador y viajero con mi cornea oscura de niño.
Pero había castaños y matices, hembras locas
que escribían petunias en un cenotafio sin nombre.
Alguien recitó un vals o su signo, la sincronía dúctil
de las ojivas azules cuando tú y yo dejamos de ser nosotros.