Hiba
Poeta recién llegado
La mujer se sienta
en la mesa de siempre
a ingerir
el alimento
de siempre.
Afuera, la perra
callejera
espera
que limpien la mesa.
Hambrienta
como las fauces
de la muerte.
Roja y obvia
como la sonrisa del deseo.
Pero el alimento
al igual que la tormenta
es generoso
se esparce
y reparte
cuantioso.
Si pudiera la mujer
ser
la perra
que vela sin vergüenza
y luego desaparece
entre las cortinas furiosas
del viento
se volvería risueña
y sincera
como una revelación
pletórica.
Si algo de ella sirviera
para devorar el alimento
como vez primera.
en la mesa de siempre
a ingerir
el alimento
de siempre.
Afuera, la perra
callejera
espera
que limpien la mesa.
Hambrienta
como las fauces
de la muerte.
Roja y obvia
como la sonrisa del deseo.
Pero el alimento
al igual que la tormenta
es generoso
se esparce
y reparte
cuantioso.
Si pudiera la mujer
ser
la perra
que vela sin vergüenza
y luego desaparece
entre las cortinas furiosas
del viento
se volvería risueña
y sincera
como una revelación
pletórica.
Si algo de ella sirviera
para devorar el alimento
como vez primera.
Última edición: