Camy
Camelia Miranda
El rumor de la tarde
cruje con trémula voz,
vistiendo las lágrimas
en la colosal distancia.
Y apura mi apremio,
espesa el aliento
y el incontenible salto
para un abrazo al vacío.
Pero es tarde.
El pulso de la sangre
ya no arde.
Las manos se llevan la partitura
en un gélido vuelo,
que cierra su mirada.
Y en la quietud,
se abre un compás ingrato,
afinando el silencio
con la misma sal en los labios,
ahogando el querer
y con su final tonada,
lo que deja por doquier.
No saberte,
pregona una vereda sin tu risa,
ni tu aire.
Saberme,
me concede al menos,
contarle al camino sobre ti.
A Rebeca
cruje con trémula voz,
vistiendo las lágrimas
en la colosal distancia.
Y apura mi apremio,
espesa el aliento
y el incontenible salto
para un abrazo al vacío.
Pero es tarde.
El pulso de la sangre
ya no arde.
Las manos se llevan la partitura
en un gélido vuelo,
que cierra su mirada.
Y en la quietud,
se abre un compás ingrato,
afinando el silencio
con la misma sal en los labios,
ahogando el querer
y con su final tonada,
lo que deja por doquier.
No saberte,
pregona una vereda sin tu risa,
ni tu aire.
Saberme,
me concede al menos,
contarle al camino sobre ti.
A Rebeca