Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
El emblemático azul que se cierne sobre mi cabeza, es el suspiro melancólico,
la sustancia incorrecta e irreverente de mis sueños fallidos,
los cuales jamás se rinden, siempre buscan realizarse
en la infinita oportunidad de las probabilidades sempiternas,
buscan materializarse en la obsesiva quimera de la eterna esperanza,
que es liviana y reconfortante, como un sueño teñido de dorado,
ebrio de singular y mágica belleza celestial.
Muchas veces sueño con el silencio umbrío que se torna tinieblesco,
en cuyo centro se yergue un cuervo con rostro mal encarado y ojos lúgubres como hondos pozos,
estos son el espejo del pesado abismo del tormento y la incertidumbre,
dejándome ver un futuro abrumador, por demás brutal y deteriorado.
La realidad es un cuerpo adormilado y triste que se pudre poco a poco,
es un ángel sin alas, desolado, consumido amargamente,
sin consuelo que le calme su angustia insaciable,
su desesperación incontrolable, al escuchar el repentino y constante eco que le dice
que alguna vez fue un semidiós, un semidiós que fue despojado de toda grandeza,
degradado a ser carne, destinado a descender al sufrimiento humano y morir.
Almas atrapadas en un forro de piel, quizás brillamos en la antigüedad,
como estrellas, cuando fuimos testigos de la creación, junto al arquitecto de todo.
Absolutamente todos sin excepción, presenciamos el inicio de la existencia,
desde principados celestes, y seres espirituales, todos vimos el comienzo de la vida,
todos, antes de que descendiéramos al abismo de la vergüenza y el pecado, incluyendo los ángeles.
Regresar al origen, para ello nos estorba la carne,
quisiera arrancarla a pedazos, dejar al desnudo mi alma,
la mejor parte de mí, la que duerme en la belleza inmaculada de un sueño sellado,
protegido por la bondad y la inocencia, la que existía en el origen de los tiempos.
Quisiera volar y alcanzar el fuego del sol, escuchar el susurro de las estrellas,
quisiera regresar al origen de los santos días, dejar la humanidad muy atrás,
ser espíritu aventurero que gobierna en el infinito estelar.
Pero hoy me conformo con disfrutar de tu mágica sonrisa en un día lluvioso y gris,
que emana melancolía a raudales, y se me da escribir rarezas que jamas vuelvo a leer.
Amar tu sonrisa es mi único consuelo, preservar tu áureo rostro solar en mis recuerdos
es mi júbilo, mi alegría en pocas dosis.
Gracias por sonreírle a mi mundo necesitado de un rayito
de luz.
Sin duda me aterrizo, y recuerdo que la victoria espiritual
empieza en la carne, y el amor en los ojos cristalinos.
Me amparo en la promesa de que todos volveremos a ser hijos de la luz,
algún día, y el amor será distinto.
¡Oh que hermoso sueño he tenido hoy!
La promesa de un final feliz, para el que fue hombre, piel y carne,
la visión de un ángel,
la santidad de una ilusión futura.
la sustancia incorrecta e irreverente de mis sueños fallidos,
los cuales jamás se rinden, siempre buscan realizarse
en la infinita oportunidad de las probabilidades sempiternas,
buscan materializarse en la obsesiva quimera de la eterna esperanza,
que es liviana y reconfortante, como un sueño teñido de dorado,
ebrio de singular y mágica belleza celestial.
Muchas veces sueño con el silencio umbrío que se torna tinieblesco,
en cuyo centro se yergue un cuervo con rostro mal encarado y ojos lúgubres como hondos pozos,
estos son el espejo del pesado abismo del tormento y la incertidumbre,
dejándome ver un futuro abrumador, por demás brutal y deteriorado.
La realidad es un cuerpo adormilado y triste que se pudre poco a poco,
es un ángel sin alas, desolado, consumido amargamente,
sin consuelo que le calme su angustia insaciable,
su desesperación incontrolable, al escuchar el repentino y constante eco que le dice
que alguna vez fue un semidiós, un semidiós que fue despojado de toda grandeza,
degradado a ser carne, destinado a descender al sufrimiento humano y morir.
Almas atrapadas en un forro de piel, quizás brillamos en la antigüedad,
como estrellas, cuando fuimos testigos de la creación, junto al arquitecto de todo.
Absolutamente todos sin excepción, presenciamos el inicio de la existencia,
desde principados celestes, y seres espirituales, todos vimos el comienzo de la vida,
todos, antes de que descendiéramos al abismo de la vergüenza y el pecado, incluyendo los ángeles.
Regresar al origen, para ello nos estorba la carne,
quisiera arrancarla a pedazos, dejar al desnudo mi alma,
la mejor parte de mí, la que duerme en la belleza inmaculada de un sueño sellado,
protegido por la bondad y la inocencia, la que existía en el origen de los tiempos.
Quisiera volar y alcanzar el fuego del sol, escuchar el susurro de las estrellas,
quisiera regresar al origen de los santos días, dejar la humanidad muy atrás,
ser espíritu aventurero que gobierna en el infinito estelar.
Pero hoy me conformo con disfrutar de tu mágica sonrisa en un día lluvioso y gris,
que emana melancolía a raudales, y se me da escribir rarezas que jamas vuelvo a leer.
Amar tu sonrisa es mi único consuelo, preservar tu áureo rostro solar en mis recuerdos
es mi júbilo, mi alegría en pocas dosis.
Gracias por sonreírle a mi mundo necesitado de un rayito
de luz.
Sin duda me aterrizo, y recuerdo que la victoria espiritual
empieza en la carne, y el amor en los ojos cristalinos.
Me amparo en la promesa de que todos volveremos a ser hijos de la luz,
algún día, y el amor será distinto.
¡Oh que hermoso sueño he tenido hoy!
La promesa de un final feliz, para el que fue hombre, piel y carne,
la visión de un ángel,
la santidad de una ilusión futura.
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