spring
Sonriendo...
Vengo a hablar de Antonio,
supe donde situarlo y un recado le quise enviar,
se trata de un amiguito que tenía en el colegio;
era rubio de ojos azules, de origen italiano,
de talla pequeña, ¡bello y tierno!
Me contaron era directivo de un afamado centro educativo,
y que su retrato estaba junto a otros en una pared,
pedí me hicieran llegar esa imagen y el por qué estaba en esa galería,
la tecnología fue expedita y su rostro ya maduro me llego;
¡fijos, faz a faz! El quieto mirar atoro candorosas perlas
y mucho por decir con el silencio del amor leal.
El sabía que me gustaban los gallos y gallinas
y con ellas platicaba antes de hacer las tareas.
Una tardecita después del almuerzo ya casi a las tres,
se apareció a medio sol en el portón del frente,
pedaleaba su destartalada bicicleta dando giros en la acera,
manejaba con un solo brazo, en el otro traía un gallito;
gallito cubano le llamaba, aun no sé por qué,
pero Antonio afirmaba que era por lo pequeño
y que a él se le parecía, lo puso entre mis manos:
-¡Es mi regalo!
-Te acompañará como yo, aunque no estemos en el colegio.
El gallito cubano fue mi fiel amigo por mucho tiempo,
al terminar primaria el gallito cubano desapareció del patio
a mejores caldos parece paso,
como ocurrió con mi Antonio que al cielo voló;
lo supe por la respuesta del por qué estaba en aquella galería;
la pared solemne y fría donde la familia expone honores
a los ausentes.
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