Vivía en una bola de cristal,
un reducido mundo de apariencia,
seguir las normas era lo esencial,
su vida se basaba en la obediencia.
En su mundo perfecto, lo fatal,
fue descubrir su propia inexistencia,
el miedo como un páramo habitual,
y el olvido, la cruel evanescencia.
Como Virginia Woolf a la que evoco,
era también proclive al desaliento.
¡Una habitación propia una ventana!
¡Quiero volar, -gritó- ser como el viento!
Mucha su libertad y el cielo poco.
No tuvo a mano un río esa mañana...
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