Hay un saber, sin oscuridad, de filamentos leves.
Son palabras que perviven, letras de tiza que se enroscan,
las equis y los números como títeres en el crisol de una pizarra.
Soy profesor y guardo en los labios un mensaje de aliento,
posos que crecen hasta la fibra núbil de una ilusión,
papeles no escritos en el meridiano de la voz
que, intrascendente, incendia en un niño
su corazón y su raíz. Estoy aquí, cada día,
como un mesías diminuto que transmite su fe heredada
por los eclipses del tiempo y las razones de la vida.
Porfío, socavando el surco para llenar las huellas
de los que ahora pisan aire. Y me siento como un árbol
que entrega su carozo al porvenir, la hostia dulce
que, quien abre su inquietud a la deriva,
recibirá en la sombra, hasta que un pábilo de luz
oriente su destino.
Son palabras que perviven, letras de tiza que se enroscan,
las equis y los números como títeres en el crisol de una pizarra.
Soy profesor y guardo en los labios un mensaje de aliento,
posos que crecen hasta la fibra núbil de una ilusión,
papeles no escritos en el meridiano de la voz
que, intrascendente, incendia en un niño
su corazón y su raíz. Estoy aquí, cada día,
como un mesías diminuto que transmite su fe heredada
por los eclipses del tiempo y las razones de la vida.
Porfío, socavando el surco para llenar las huellas
de los que ahora pisan aire. Y me siento como un árbol
que entrega su carozo al porvenir, la hostia dulce
que, quien abre su inquietud a la deriva,
recibirá en la sombra, hasta que un pábilo de luz
oriente su destino.