Poema de una conmoción

¡Es que perdió a su mamá!, el niño que cuidaba de aquel distinguido ramo

Sucedió que ella, momentos atrás, dándole el racimo en mano, le había dejado en claro:

"¡Tenme estas plantas, apá, que volveré al rato!"

Y se marchó hacia allá, donde Dios sabe a dónde la ha mandado




La mujer, de claros cabellos, había dejado una luz tras su sendero

El joven, todavía infante crédulo, aferrándose a las flores avanzó enceguecido, siguiéndola lerdo

Dando pasos esperanzados, idealizando la imagen que anhelaba ver de nuevo

Pues la de aquella, quien lo había engendrado, buscándola con el extender sus brazos




Mientras más se aproximaba en los pasos, mayor era su sedante

Pues vivía ensoñado, con una fantasía que le impedía ver a sus acompañantes

El niño vivió, en aquel adulto casado y hecho padre, admirando flores de nadie

Por desgracia, cuando lo comprendió fue muy tarde



Su madre se había ido dejando una brecha lastimosa, a los brazos de Morfeo

Y el sendero no era esclarecedor, estaba iluminado por rojo intenso

Como aquellas rosas sumamente espinosas, que le había heredado al hijo primero

Y él disfrutando del color, pero goteando carmín por sostener tallos pinchosos desde ese enero




Y la muerte asusta a todo pequeño, pero no cuando está creciendo

Pues dentro del corazón anida ese niño interno, soñador, en cada cuerpo

El adulto que la muerte comprende, como biología al cerebro, conoce limitadamente...

¡Que nada es eterno, y la plenitud es alcanzable, por un moderado precio!

Deja de ver ese reflejo, que ya no está más, suelta ese pasado, que en manos vivas entorpece y se torna añejo.
 
Última edición:
¡Es que perdió a su mamá!, el niño que cuidaba de aquel distinguido ramo

Sucedió que ella, momentos atrás, dándole el racimo en mano, le había dejado en claro:

"¡Tenme estas plantas, apá, que volveré al rato!"

Y se marchó hacia allá, donde Dios sabe a dónde la ha mandado




La mujer, de claros cabellos, había dejado una luz tras su sendero

El joven, todavía infante crédulo, aferrándose a las flores avanzó enceguecido, siguiéndola lerdo

Dando pasos esperanzados, idealizando la imagen que anhelaba ver de nuevo

Pues la de aquella, quien lo había engendrado, buscándola con el extender sus brazos




Mientras más se aproximaba en los pasos, mayor era su sedante

Pues vivía ensoñado, con una fantasía que le impedía ver a sus acompañantes

El niño vivió, en aquel adulto casado y hecho padre, admirando flores de nadie

Por desgracia, cuando lo comprendió fue muy tarde



Su madre se había ido dejando una brecha lastimosa, a los brazos de Morfeo

Y el sendero no era esclarecedor, estaba iluminado por rojo intenso

Como aquellas rosas sumamente espinosas, que le había heredado al hijo primero

Y él disfrutando del color, pero goteando carmín por sostener tallos pinchosos desde ese enero




Y la muerte asusta a todo pequeño, pero no cuando está creciendo

Pues dentro del corazón anida ese niño interno, soñador, en cada cuerpo

El adulto que la muerte comprende, como biología al cerebro, conoce limitadamente...

¡Que nada es eterno, y la plenitud es alcanzable, por un moderado precio!

Deja de ver ese reflejo, que ya no está más, suelta ese pasado, que en manos vivas entorpece y se torna añejo.


Difícil de llevar a cabo pero certero en su mensaje. Felicidades por el poema.

Saludos!

Palmira
 
Me ha dado gusto recorrer tus letras , un brazo hasta allá.

¡Es que perdió a su mamá!, el niño que cuidaba de aquel distinguido ramo

Sucedió que ella, momentos atrás, dándole el racimo en mano, le había dejado en claro:

"¡Tenme estas plantas, apá, que volveré al rato!"

Y se marchó hacia allá, donde Dios sabe a dónde la ha mandado




La mujer, de claros cabellos, había dejado una luz tras su sendero

El joven, todavía infante crédulo, aferrándose a las flores avanzó enceguecido, siguiéndola lerdo

Dando pasos esperanzados, idealizando la imagen que anhelaba ver de nuevo

Pues la de aquella, quien lo había engendrado, buscándola con el extender sus brazos




Mientras más se aproximaba en los pasos, mayor era su sedante

Pues vivía ensoñado, con una fantasía que le impedía ver a sus acompañantes

El niño vivió, en aquel adulto casado y hecho padre, admirando flores de nadie

Por desgracia, cuando lo comprendió fue muy tarde



Su madre se había ido dejando una brecha lastimosa, a los brazos de Morfeo

Y el sendero no era esclarecedor, estaba iluminado por rojo intenso

Como aquellas rosas sumamente espinosas, que le había heredado al hijo primero

Y él disfrutando del color, pero goteando carmín por sostener tallos pinchosos desde ese enero




Y la muerte asusta a todo pequeño, pero no cuando está creciendo

Pues dentro del corazón anida ese niño interno, soñador, en cada cuerpo

El adulto que la muerte comprende, como biología al cerebro, conoce limitadamente...

¡Que nada es eterno, y la plenitud es alcanzable, por un moderado precio!

Deja de ver ese reflejo, que ya no está más, suelta ese pasado, que en manos vivas entorpece y se torna añejo.
 

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