Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Sé que mientes cuando dices la verdad,
que en la patria de tus miedos, las grandes urbes
cargan sus muertos bajo el brazo, como a una bitácora,
o a un catálogo de espejos, si acaso no hubo atajos.
No hay historia, no. No se han consignado tus calvarios cardinales,
ni tus laureles a deshoras.
Así, las catedrales, hacen volutas con las luces meridianas,
como si de un solo de habano se tratase.
Y con la luz que atraviesa las cenizas –que emergen tristemente
de tu juicio incinerado y de la crónica levedad de tus cadencias–
las catedrales, ansiando cautivarte, relatan del sol cada milagro.
Sin embargo, abordas la pavesa, pero,
te vuelves gris, como la masa tras el cráneo,
como la lluvia que ciega una ventana
o la cortina de retazos cenicientos que cae sobre tu cara
exponiéndote vilmente a los escollos,
y a la obstinada mutación de tus certezas.
¿Pero es acaso todo malo? si has intuido que el amor es verdadero
y supera los designios del fracaso;
que la Divinidad trasciende la religión de tus excesos;
que tus ojos, como partículas primarias, saltan entre órbitas
sin surcar memoria alguna del hombre o del espacio;
y que al tercer día, volviendo a andar sobre lo andado, vuelves a la vida.
(Bien se ha dicho: “la tercera es la vencida”).
Sé que mientes cuando dices la verdad,
pero siendo tú quien eres,
no hay más historia que los enigmas de tus motes…
ni más motes, que tu dolor en sus múltiples acentos.
Adelante entonces, que los Lázaros trazarán sus portentos en tus libros…,
cuando de Hámelin, hayas abdicado de flautistas y rebaños.
que en la patria de tus miedos, las grandes urbes
cargan sus muertos bajo el brazo, como a una bitácora,
o a un catálogo de espejos, si acaso no hubo atajos.
No hay historia, no. No se han consignado tus calvarios cardinales,
ni tus laureles a deshoras.
Así, las catedrales, hacen volutas con las luces meridianas,
como si de un solo de habano se tratase.
Y con la luz que atraviesa las cenizas –que emergen tristemente
de tu juicio incinerado y de la crónica levedad de tus cadencias–
las catedrales, ansiando cautivarte, relatan del sol cada milagro.
Sin embargo, abordas la pavesa, pero,
te vuelves gris, como la masa tras el cráneo,
como la lluvia que ciega una ventana
o la cortina de retazos cenicientos que cae sobre tu cara
exponiéndote vilmente a los escollos,
y a la obstinada mutación de tus certezas.
¿Pero es acaso todo malo? si has intuido que el amor es verdadero
y supera los designios del fracaso;
que la Divinidad trasciende la religión de tus excesos;
que tus ojos, como partículas primarias, saltan entre órbitas
sin surcar memoria alguna del hombre o del espacio;
y que al tercer día, volviendo a andar sobre lo andado, vuelves a la vida.
(Bien se ha dicho: “la tercera es la vencida”).
Sé que mientes cuando dices la verdad,
pero siendo tú quien eres,
no hay más historia que los enigmas de tus motes…
ni más motes, que tu dolor en sus múltiples acentos.
Adelante entonces, que los Lázaros trazarán sus portentos en tus libros…,
cuando de Hámelin, hayas abdicado de flautistas y rebaños.