El martes se me fue sin encontrarlo,
sin verdes, sin azules, vanamente,
murió a la madrugada, mansamente,
y ni siquiera pude dibujarlo.
Quizás sentí el deseo de culparlo
por el dolor profundo de mi herida,
por los sueños que pierden la partida,
por dejarme temblando ante el invierno
con la absurda esperanza de lo eterno
del amor como un hálito de vida.
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