Hubo un amanecer
que a mi patio bajaron los jilgueros.
Yo no sé que anunciaba
su canto persistente y agorero.
Como bajo un conjuro,
la muerte, ya sin orden ni concierto,
devoraba la vida,
como un macabro plan, al indefenso.
La ciudad, sin embargo,
quedó libre del cruel encantamiento.
Atrapada en mi casa
sin mis musas escribo pobres versos.
Se me quiebran las alas
buscando una salida de este encierro.
Me dicen que son claros
los azules de mares y de cielos,
que los delfines saltan junto al muelle,
ahora sin petroleros,
y que la primavera,
mas florida que nunca, es como un sueño.
Pájaros de otras tierras nos visitan
buscando en el silencio su aposento,
por la calle vacía
va una blanca paloma en raso vuelo,
yo tampoco consigo
que se eleve la altura de mis versos.
Mi poema se pierde
en el sueño dorado de los muertos,
cenizas, silenciosas,
dejaron un profundo abatimiento
que algunos aprovechan
para hacer del dolor un esperpento.
Mi poema se pierde
en el sueño dorado de los muertos,
cenizas, silenciosas,
dejaron un profundo abatimiento
que algunos aprovechan
para hacer del dolor un esperpento.
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