Una vez me oriné debajo de la mesa del comedor de mi abuela, ese baño era lúgubre y a mi me daba miedo la oscuridad, y los ratones. ¡Yo nunca fuí la preferida de nadie!. Al fin y al cabo poco importaba...
En ese tiempo, la política y el regreso de la democracia importaba más.
A los cinco años jugaba a subirme al floripondio que estaba en mitad del patio de la casa de mis abuelos, me gustaba cortar los copíhues amarillos para hacer tortas de barro.
Mi abuela nunca me quiso porque creo, yo era la única nieta que destrozaba su jardín. Y en realidad solo queria las flores para decorar mis tortas. Por las tardes me sentaba en la vereda y miraba con angustia hacia la plaza. Esperaba que mi mamá terminara su turno en el hospital, pero a veces no llegaba y me iba a dormir sin su abrazo.
Dolía el olor a alquitrán y ausencias sobre todo cuando hacia calor. En el barrio en donde mi infancia esperaba al cometa Halley, habián niñas y niños de mi edad y otros mayores. Recuerdo a Valeria ella solo me prestaba su bicicleta con la condición que yo le lleve una bolsa de manzanas verdes, con un poco de sal. Yo obedecía y me iba al patio de mis abuelos a recojer las manzanas para poder disfrutar unas vueltas con la bicicleta de Valeria. Después aparecieron las muñequitas "Barby" como olvidar la primera vez que vi una.
Era la de Valeria, por supuesto nunca me la prestó. Pero yo tenía a Serafina una muñeca con cara de payasita que me regaló el viejito pascuero para una navidad. Los días a veces eran interninables, a mi edad no podía darme cuenta de muchas cosas, como ahora en que miro hacía atras y puedo abortar a los piojos de mi infancia con humildad.
En ese tiempo, la política y el regreso de la democracia importaba más.
A los cinco años jugaba a subirme al floripondio que estaba en mitad del patio de la casa de mis abuelos, me gustaba cortar los copíhues amarillos para hacer tortas de barro.
Mi abuela nunca me quiso porque creo, yo era la única nieta que destrozaba su jardín. Y en realidad solo queria las flores para decorar mis tortas. Por las tardes me sentaba en la vereda y miraba con angustia hacia la plaza. Esperaba que mi mamá terminara su turno en el hospital, pero a veces no llegaba y me iba a dormir sin su abrazo.
Dolía el olor a alquitrán y ausencias sobre todo cuando hacia calor. En el barrio en donde mi infancia esperaba al cometa Halley, habián niñas y niños de mi edad y otros mayores. Recuerdo a Valeria ella solo me prestaba su bicicleta con la condición que yo le lleve una bolsa de manzanas verdes, con un poco de sal. Yo obedecía y me iba al patio de mis abuelos a recojer las manzanas para poder disfrutar unas vueltas con la bicicleta de Valeria. Después aparecieron las muñequitas "Barby" como olvidar la primera vez que vi una.
Era la de Valeria, por supuesto nunca me la prestó. Pero yo tenía a Serafina una muñeca con cara de payasita que me regaló el viejito pascuero para una navidad. Los días a veces eran interninables, a mi edad no podía darme cuenta de muchas cosas, como ahora en que miro hacía atras y puedo abortar a los piojos de mi infancia con humildad.