kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dedicado a mi querido Carlos
HADO Y RISA
Vale la pena perderse en uno mismo.
Vale la pena la risa y su cielo.
El coronavirus y su pradera de cruces blancas.
Los ancianos tratando de pescar
un último beso, una caricia, una palabra,
pero nada de esto les fue concedido
en aquellos pasillos de la desolación.
Y me pregunto si aprenderemos del desastre. No lo creo.
El coronavirus y su arresto domiciliario.
Me tocan los cojones esos carteles de
«quédate en tu puta casa»
colgados en los áticos del barrio Salamanca.
Qué fácil es dictar leyes
cuando nunca rozó la miseria tu cuna.
El coronavirus y su vendaje social.
Porque con esa especie de antifaz quirúrgico
el ser humano ha pasado de golpe a la era robótica;
el robot que llevo dentro debe de estar encantado.
¡Todos!, las buenas personas,
los estúpidos, los envidiosos,
los torquemadas de balcón
(creo que estos señores se merecen un verso aparte
para remarcar su proverbial soplapollez),
todos, con ese gesto de los psicópatas
que huyen de un crimen o que van a cometerlo,
porque la mirada, amigos, por sí sola,
no nos resuelve, ni de lejos,
la ecuación compleja del ser.
El coronavirus nos ha dejado un camposanto en el aliento,
pero nadie habla del lixiviado químico que escurre por las mentes
de los humanos que abrieron la puerta a sus demonios.
Siguió a la llegada del virus
(vaya por delante que el virus no tiene culpa de nada,
la culpa será del puto sistema y su «mundo feliz»
[qué bien suena la palabra «puto» en un poema (¿) como este].
Todo lo contrario, el virus es la esencia del prodigio evolutivo,
ese mismo que permitirá al humano acabar con su lamentable existencia),
digo, que seguidamente al virus nos visitó la muerte
de una persona que practicaba la vida
con la serenidad de los estoicos
y el placer ejemplar de los epicúreos.
Hablo de ese tipo de gente que hace del mundo un mundo mejor.
Y nunca abrió un jodido libro de filosofía. Nunca.
Lo aprendió yéndose a trabajar a Francia de leñador cumplidos los 16.
Y que llevaba al filósofo en su seno desde que nació, claro.
La existencia precede a la esencia, dicen…, ¡no me jodas!
Pásate por el mercado
y te compras unos caracolillos de esos que nos gustan,
me decía un día antes de fundirse en lo abstracto,
en esa nube de materia en la que ya nadie es notario
y el tiempo deja de existir. Maldita sea.
Y su mujer enloquece y su hija gira en círculo
en torno al cráter de su padre
mientras el perro se muerde la pata hasta el hueso.
Y os juro que no hay taberna en el barrio
en la que no se repita la escena muda
del parroquiano que, enterado de la muerte de su amigo,
apoye su chato lentamente en la barra
y dibuje en su rostro esa mueca perpleja
que precede al llanto.
Y para seguir, una madre a la que le ha dado por llamar
a la depresión, hipersensibilidad,
y a esa ansiedad que bordea el pánico, flojera.
Y ya se sabe que de tal palo tal astilla
así que habrá que ir preparando las trincheras.
Y una hermana errante
con su centro de gravedad siempre en el más allá
en un eterno desencanto
porque mañana jamás será hoy.
Y por último, unos cuantos humanos a los que aprecio
que sufren de una angustia primeriza
porque se han venido a enterar, a estas alturas,
de que la vida se nos acaba.
Hoy he quedado con un amigo y me ha dicho
que lo que nos hace falta es menos filosofía escolar
y más carcajada limpia, de esa que duele.
Y el cabrón tiene toda la razón.
Una casa perdida junto al mar estaría bien.
O simplemente perdida.
Los niños cazando renacuajos en la charca
o tratando de hacer volar las piedras planas
sobre un mar de aceite.
La noche cae y los niños ya duermen sobre un colchón de mundo.
El vino blanco corre por el regato de nuestras almas
hasta demostrarnos que la alegría no tiene nada de malo.
Y la noche gira en nosotros y nos reímos
de la maravilla cósmica de lo absurdo.
Tanto bebemos, perdón, nos reímos,
que nos caemos de la silla
para terminar tumbados boca arriba
contemplando a todo un cielo palpitar,
y el jadeo va cesando
y la comba del cielo también
porque somos el cielo entero...,
solo hace falta
querer serlo.
Cariño, en la nevera hay vino frío.
Voy a ello, pero a cambio
te pido que encuentres a ese cometa
que no nos vuelve hasta dentro de 6800 años.
¡Trato hecho!
Es bello pensar que seremos, como mucho,
la onda gravitacional
de la risa de este maravilloso momento.
Una casa perdida junto al mar estaría bien.
O simplemente perdida.
Kalkbadan
En Madrid, en este 25 julio de 2020
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