Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la parte más antigua de Salamanca, allí donde se respira ese aroma especial que dan los estudiantes a las ciudades universitarias, cerca de los Palacios de Anaya, disfrutando de la sombra protectora de la Catedral, me encontraba dando un paseo por aquellos rincones que muestran el embrujo de las viejas poblaciones, a la vez que el bullicio de las nuevas generaciones que acuden allí buscando el saber.
De modo que discurriendo por las calles de Tentenecio, la Plaza de los Leones, la calle del Arcediano, fue cayendo la tarde y a esa hora del ocaso, tropecé, casi sin quererlo con el Huerto de Calixto y Melibea. Con el recuerdo de la Celestina y la curiosidad propia del viajero, me adentré en el huerto.
La primavera obraba en él un pequeño milagro, los árboles aparecían cubiertos de flores y en esa hora del crepúsculo, exhalaban las más dulces fragancias. Era una sensación magnífica el caminar por aquellos bien trazados paseos, bordeando jardincillos bien cuidados y que se cuajaban de múltiples flores, sencillas flores silvestres que se esparcían por la hierba. Un mirador sobre el río Tormes llenaba de encanto el lugar.
En el centro del huerto se hallaba un pozo, con un pequeño brocal que presentaba un arco metálico del que se sujetaba una polea que permitía con leve esfuerzo izar el cubo lleno de agua. El arco se hallaba repleto de candados y cuando iba a acercarme, para contemplarlo con más detenimiento, acertaron a llegar una pareja de jóvenes. Venían cogidos de la mano y se miraban con ese arrobamiento del que únicamente son capaces los enamorados. Hablaban en voz baja, con ese tono dulce con el que uno se dirige a quien ama y se vendrían haciendo… ¿quién sabe cuántas promesas de amor? Se acercaron al pozo. Sin soltarse se empinaron sobre las puntillas de los pies para mirarse en el espejo del agua en el pozo; unas risas gozosas se escaparon de sus bocas. Entonces, sacaron a su vez un candado y con cuidado lo cerraron abrazando el arco, arrojaron al interior del pozo las llaves y sellaron aquello con un beso apasionado. Sin soltarse, juntos, como si temieran perderse uno al otro, se alejaron riendo.
Fue en ese instante cuando entendí el misterio de los candados; éstos, cierran los amores, para que nunca se separen, para que permanezcan unidos. Las llaves se arrojan a lo profundo, para que las desavenencias no las encuentren y hagan que el candado se abra. Me alejé del lugar contento, se diría que feliz. No deja de maravillarme que el amor siga siendo motor que mueva el mundo y quise, a su vez, que el deseo de aquella pareja se cumpliese y su amor durase por años sin cuento.
De modo que discurriendo por las calles de Tentenecio, la Plaza de los Leones, la calle del Arcediano, fue cayendo la tarde y a esa hora del ocaso, tropecé, casi sin quererlo con el Huerto de Calixto y Melibea. Con el recuerdo de la Celestina y la curiosidad propia del viajero, me adentré en el huerto.
La primavera obraba en él un pequeño milagro, los árboles aparecían cubiertos de flores y en esa hora del crepúsculo, exhalaban las más dulces fragancias. Era una sensación magnífica el caminar por aquellos bien trazados paseos, bordeando jardincillos bien cuidados y que se cuajaban de múltiples flores, sencillas flores silvestres que se esparcían por la hierba. Un mirador sobre el río Tormes llenaba de encanto el lugar.
En el centro del huerto se hallaba un pozo, con un pequeño brocal que presentaba un arco metálico del que se sujetaba una polea que permitía con leve esfuerzo izar el cubo lleno de agua. El arco se hallaba repleto de candados y cuando iba a acercarme, para contemplarlo con más detenimiento, acertaron a llegar una pareja de jóvenes. Venían cogidos de la mano y se miraban con ese arrobamiento del que únicamente son capaces los enamorados. Hablaban en voz baja, con ese tono dulce con el que uno se dirige a quien ama y se vendrían haciendo… ¿quién sabe cuántas promesas de amor? Se acercaron al pozo. Sin soltarse se empinaron sobre las puntillas de los pies para mirarse en el espejo del agua en el pozo; unas risas gozosas se escaparon de sus bocas. Entonces, sacaron a su vez un candado y con cuidado lo cerraron abrazando el arco, arrojaron al interior del pozo las llaves y sellaron aquello con un beso apasionado. Sin soltarse, juntos, como si temieran perderse uno al otro, se alejaron riendo.
Fue en ese instante cuando entendí el misterio de los candados; éstos, cierran los amores, para que nunca se separen, para que permanezcan unidos. Las llaves se arrojan a lo profundo, para que las desavenencias no las encuentren y hagan que el candado se abra. Me alejé del lugar contento, se diría que feliz. No deja de maravillarme que el amor siga siendo motor que mueva el mundo y quise, a su vez, que el deseo de aquella pareja se cumpliese y su amor durase por años sin cuento.
Última edición: