Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hace mucho, mucho tiempo, en tierras lejanas, más allá del Mar Brillante, después de atravesar las Montañas Negras, a orillas de un perdido lago al que años más tarde llamarían Lago Topacio, unas gentes venidas de allende los mares se instalaron y levantaron una pequeña aldea. Era tan pequeña y ellos tan pocos, que no se molestaron en darle nombre. Formada por casas pequeñas de paredes de piedras mal asentadas, se limitaba a dos o tres calles, cortas, irregulares y la mayor parte del año, cubiertas de barro.
Sus gentes eran tristes, caminaban encorvadas y arrastrando los pies; apenas se hablaban unas con otras y los niños ignoraban lo que era jugar.
Ocurría, sin embargo, que el lago lindaba por la otra orilla con las Tierras de Oberón, más exactamente con el Bosque de los Álamos. La curiosidad hizo que un día, la Reina Titania se acercara hasta aquella aldea perdida. Naturalmente, lo hizo con cuidado, para no ser descubierta y sobretodo para poder ver cómo eran aquellos nuevos vecinos. Le sorprendió encontrar aquellas gentes de semblante hosco, siempre con la mirada fija en el suelo y que arrastraba los pies como si tuviese miedo de levantarlos del polvo. Reinaba un silencio lúgubre, roto de tanto en tanto por el ruido de las tareas que aquellos aldeanos realizaban.
Después de recorrer sus calles y fijarse en sus vecinos, Titania se alejó con el semblante preocupado. En cuanto llegó al palacio contó al Rey Oberón todo lo que había visto y las impresiones que aquellas personas le habían causado. Ambos trataron sobre el tema de los nuevos vecinos y ambos convinieron en que poco podían hacer por ellos, si dichas gentes no pedían algún tipo de ayuda. Y así quedaron las cosas.
Pasaron algunos años y Titania y Oberón, visitaban a escondidas a sus vecinos, para encontrarse que apenas nada cambiaba en ellos.
Pero, aconteció que un día un niño pequeño, de unos cuatro o cinco años, se alejó de la aldea bordeando el lago y se encontró con el Sendero Escondido, el camino que llevaba al corazón del Reino de Oberón. Era un niño, algo diferente, con ojos claros que no mantenía fijos en el suelo, sino que miraban con curiosidad todo lo que le rodeaba; caminaba erguido y cuando se vio lejos de la aldea, comenzó a correr y a saltar, como haría un potrillo al que de pronto sueltas en el prado. Se adentró por el Sendero Escondido y se internó en el Bosque de los Álamos, corrió y caminó hasta llegar al Bosque Viejo. Un par de elfos que se encontraban por allí, volaron hasta el palacio para avisar a la Reina Titania de lo que estaba ocurriendo. Cuando llegó Titania, se quedó observando al niño, naturalmente sin que éste se diese cuenta y vio como el pequeño se encandilaba con el canto de los pájaros, como se acercaba a oler y acariciar las flores y como, de un modo que no hacían lo habitantes de su aldea, se sonreía con frecuencia e incluso algunas veces se reía a carcajadas. Titania se puso a cantar con su voz melodiosa y dulce, primero como un susurro y luego como un canto que viniese de lo alto y llenase todo con su música. El niño se quedó fascinado.
Mandó entonces la Reina que se acercasen a la aldea un hada y un elfo y se enterasen de quién era hijo, cómo se llamaba y si estaban preocupados por la ausencia del niño. Su sorpresa fue grande cuando después de un buen rato regresaron diciendo que el pequeño no parecía ser de nadie, ya que no preguntaban por él, ni se apreciaba preocupación alguna por su ausencia.
Titania no lo dudó más, envió a sus hadas a recoger al niño y que le condujesen hasta el palacio. Lo primero fue atenderle, darle de comer, de beber y ponerle un nombre; le llamaron Albo y fueron sus padrinos Titania y Oberón. En el Reino Ignoto, el tiempo no se mide como en el resto del mundo y mientras los días trascurrían lentos fuera del palacio, en su interior Albo crecía en estatura, en bondad, y en conocimientos. En todos esos conocimientos que tienen los seres mágicos y que rara vez comparten con los humanos. Y uno de esos conocimientos fue la música. Albo la vivía, la llevaba en su interior. Titania le enseñó a modular la voz y a cantar; todas las melodías se tornaban maravillosas en su voz. Era capaz de imitar el canto de las aves, el aire entre los árboles, el rugido de la tormenta…
Un día Titania le regaló un rabel; se lo había hecho con una calabaza vacía, una rama de roble a modo de mástil y las dos cuerdas eran cabellos de la propia Titania entretejidos. No tardó mucho en hacerse con el instrumento y consiguió que con él naciesen muchas canciones y acompañar a las hadas y elfos en sus bailes.
Otro día Titania le habló de sus gentes, de quienes tal vez fuesen sus vecinos, o sus parientes y, puesto que los seres mágicos le habían hecho el regalo del don de la música, creía la Reina que debiera compartirlo con sus congéneres.
De ese modo Albo se despidió de la gente mágica, y tomó el camino hacia la aldea. Antes de llegar a sus calles, afinó el rabel y aclaró la voz y, tal como le habían enseñado, comenzó a tañer el instrumento y a cantar como un leve susurro para, a medida que recorría las calles, ir aumentando el tono de su canción y llegar a todos los rincones.
Primero fue sorpresa, luego atención y por último emoción lo que sintieron los habitantes de la aldea al oír cantar a Albo. Se acercaron a él, levantaron por vez primera los ojos del suelo, enderezaron sus espaldas, dejaron perderse la seriedad de sus rostros, para que se dibujasen en ellos sonrisas enormes, claras y frescas.
Desde aquel instante algo muy profundo cambió en todos ellos. Las casas oscuras se pintaron de blanco, las calles se sanearon y empedraron, quitando de una vez el barro que las vestía. Se plantaron jardines y se llenaron de flores. Acacias y abedules dibujaron la nueva plaza del pueblo y a sus ramas acudieron los pájaros que gorjeaban desde la mañana hasta el atardecer. Las mujeres se vistieron con ropas de colores y no era extraño verlas cantar mientras realizaban sus ocupaciones, lo mismo que los hombres silbaban para ir a las tierras.
Albo se quedó en aquel pueblo, que fue creciendo, llegó a ser villa y, por fin, tomó nombre de Villablanca. Y todas las tardes, antes de que el sol cayera, se juntaban en la plaza para escuchar las canciones de Albo y después bailar al son de su rabel hasta que les dolían los pies.
Los ecos de aquellas canciones y de aquellos bailes, llegaban por encima del lago, atravesando los bosques, hasta el palacio de Titania y de Oberón, que sonreían satisfechos, mientras hadas y elfos bailaban a su compás.
Sus gentes eran tristes, caminaban encorvadas y arrastrando los pies; apenas se hablaban unas con otras y los niños ignoraban lo que era jugar.
Ocurría, sin embargo, que el lago lindaba por la otra orilla con las Tierras de Oberón, más exactamente con el Bosque de los Álamos. La curiosidad hizo que un día, la Reina Titania se acercara hasta aquella aldea perdida. Naturalmente, lo hizo con cuidado, para no ser descubierta y sobretodo para poder ver cómo eran aquellos nuevos vecinos. Le sorprendió encontrar aquellas gentes de semblante hosco, siempre con la mirada fija en el suelo y que arrastraba los pies como si tuviese miedo de levantarlos del polvo. Reinaba un silencio lúgubre, roto de tanto en tanto por el ruido de las tareas que aquellos aldeanos realizaban.
Después de recorrer sus calles y fijarse en sus vecinos, Titania se alejó con el semblante preocupado. En cuanto llegó al palacio contó al Rey Oberón todo lo que había visto y las impresiones que aquellas personas le habían causado. Ambos trataron sobre el tema de los nuevos vecinos y ambos convinieron en que poco podían hacer por ellos, si dichas gentes no pedían algún tipo de ayuda. Y así quedaron las cosas.
Pasaron algunos años y Titania y Oberón, visitaban a escondidas a sus vecinos, para encontrarse que apenas nada cambiaba en ellos.
Pero, aconteció que un día un niño pequeño, de unos cuatro o cinco años, se alejó de la aldea bordeando el lago y se encontró con el Sendero Escondido, el camino que llevaba al corazón del Reino de Oberón. Era un niño, algo diferente, con ojos claros que no mantenía fijos en el suelo, sino que miraban con curiosidad todo lo que le rodeaba; caminaba erguido y cuando se vio lejos de la aldea, comenzó a correr y a saltar, como haría un potrillo al que de pronto sueltas en el prado. Se adentró por el Sendero Escondido y se internó en el Bosque de los Álamos, corrió y caminó hasta llegar al Bosque Viejo. Un par de elfos que se encontraban por allí, volaron hasta el palacio para avisar a la Reina Titania de lo que estaba ocurriendo. Cuando llegó Titania, se quedó observando al niño, naturalmente sin que éste se diese cuenta y vio como el pequeño se encandilaba con el canto de los pájaros, como se acercaba a oler y acariciar las flores y como, de un modo que no hacían lo habitantes de su aldea, se sonreía con frecuencia e incluso algunas veces se reía a carcajadas. Titania se puso a cantar con su voz melodiosa y dulce, primero como un susurro y luego como un canto que viniese de lo alto y llenase todo con su música. El niño se quedó fascinado.
Mandó entonces la Reina que se acercasen a la aldea un hada y un elfo y se enterasen de quién era hijo, cómo se llamaba y si estaban preocupados por la ausencia del niño. Su sorpresa fue grande cuando después de un buen rato regresaron diciendo que el pequeño no parecía ser de nadie, ya que no preguntaban por él, ni se apreciaba preocupación alguna por su ausencia.
Titania no lo dudó más, envió a sus hadas a recoger al niño y que le condujesen hasta el palacio. Lo primero fue atenderle, darle de comer, de beber y ponerle un nombre; le llamaron Albo y fueron sus padrinos Titania y Oberón. En el Reino Ignoto, el tiempo no se mide como en el resto del mundo y mientras los días trascurrían lentos fuera del palacio, en su interior Albo crecía en estatura, en bondad, y en conocimientos. En todos esos conocimientos que tienen los seres mágicos y que rara vez comparten con los humanos. Y uno de esos conocimientos fue la música. Albo la vivía, la llevaba en su interior. Titania le enseñó a modular la voz y a cantar; todas las melodías se tornaban maravillosas en su voz. Era capaz de imitar el canto de las aves, el aire entre los árboles, el rugido de la tormenta…
Un día Titania le regaló un rabel; se lo había hecho con una calabaza vacía, una rama de roble a modo de mástil y las dos cuerdas eran cabellos de la propia Titania entretejidos. No tardó mucho en hacerse con el instrumento y consiguió que con él naciesen muchas canciones y acompañar a las hadas y elfos en sus bailes.
Otro día Titania le habló de sus gentes, de quienes tal vez fuesen sus vecinos, o sus parientes y, puesto que los seres mágicos le habían hecho el regalo del don de la música, creía la Reina que debiera compartirlo con sus congéneres.
De ese modo Albo se despidió de la gente mágica, y tomó el camino hacia la aldea. Antes de llegar a sus calles, afinó el rabel y aclaró la voz y, tal como le habían enseñado, comenzó a tañer el instrumento y a cantar como un leve susurro para, a medida que recorría las calles, ir aumentando el tono de su canción y llegar a todos los rincones.
Primero fue sorpresa, luego atención y por último emoción lo que sintieron los habitantes de la aldea al oír cantar a Albo. Se acercaron a él, levantaron por vez primera los ojos del suelo, enderezaron sus espaldas, dejaron perderse la seriedad de sus rostros, para que se dibujasen en ellos sonrisas enormes, claras y frescas.
Desde aquel instante algo muy profundo cambió en todos ellos. Las casas oscuras se pintaron de blanco, las calles se sanearon y empedraron, quitando de una vez el barro que las vestía. Se plantaron jardines y se llenaron de flores. Acacias y abedules dibujaron la nueva plaza del pueblo y a sus ramas acudieron los pájaros que gorjeaban desde la mañana hasta el atardecer. Las mujeres se vistieron con ropas de colores y no era extraño verlas cantar mientras realizaban sus ocupaciones, lo mismo que los hombres silbaban para ir a las tierras.
Albo se quedó en aquel pueblo, que fue creciendo, llegó a ser villa y, por fin, tomó nombre de Villablanca. Y todas las tardes, antes de que el sol cayera, se juntaban en la plaza para escuchar las canciones de Albo y después bailar al son de su rabel hasta que les dolían los pies.
Los ecos de aquellas canciones y de aquellos bailes, llegaban por encima del lago, atravesando los bosques, hasta el palacio de Titania y de Oberón, que sonreían satisfechos, mientras hadas y elfos bailaban a su compás.