La mañana va a nacer
entre gotas de rocío,
atrás se queda el estío
y el bosque empieza a oler.
Huele a madera mojada,
a setas a ras de suelo
que elevan su aroma al cielo
bajo la alfombra dorada
de los álamos del río.
A vieja melancolía
que trae la brisa fría
por el camino sombrío
dejando sobre mi frente,
besos de otoños pasados
que yo creía olvidados
y retorna por la fuente
del recuerdo por sorpresa
a un alma que ya sin dueño
quiere olvidar con empeño
lo que al corazón no pesa.
El otoño vuelve triste,
vuelve y huele dulcemente,
por el pálido poniente
la luna de plata viste.
Y hay un algo absorto y mudo
en mi mirada desierta,
que el cuerpo de una hoja muerta,
es mi corazón desnudo.