Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Desearía obsequiarte la copa el árbol
al que más alto trepaste cuando eras niña
porque lo he mirado crecer en tus ojos
cuando llegas a ellos desde muy atrás.
Sonríes tu árbol sin apenas poder pronunciarlo,
pero lo resuelves dentro de ti y se te escapa por la mirada
en frondosos oleajes de luz verde
que se disuelven a tu alrededor.
Tu árbol se te parece pues también ha trepado a ti,
alta que eres en relojes de luna
y sahumerios celestes;
ha trepado a ti hasta asomarse a tus ojos
y reconocer su semilla de barco en tu cuerpo herido,
en tu cuerpo incendiado urgente de fuga,
inmóvil, inmóvil como tu árbol
que se te parece porque a menudo escapa de sí
y prueba a habitar la soledad de las rocas
o el cauce del arroyo que es como un vientre mullido
donde todo se replica, donde siempre estas naciendo,
derramada, entre espejos y espejismos.
Tu árbol sale de sí a orinar la angustia de su quietud
y vuelve con la sombra a rastras, cuajada de grillos muertos,
y encuentra su caparazón habitado de ti,
de tu infancia pertrechada contra la intemperie de los siglos,
los escalpelos, las quimioterapias,
y tu árbol se sabe fuerte porque su raíz es de nube
perseguida a campo traviesa por tu manos levantadas,
y quisiera abrir tus pulmones para respirar el mismo aire
de libertad, el mismo oxigeno que se te escapa.
Desearía regalarte el árbol más alto para que contemplaras
algo más que las metáforas de tu niñez: la vida por delante;
regalarte los bosques que miden lo que mi esperanza,
apenas comparable a las hectáreas selváticas de mi cariño.
Abrazarte con las ramas más altas, niña astronauta,
cuyo límite no es el cielo,
sino el alma del ave que entre las estrellas aún canta.
al que más alto trepaste cuando eras niña
porque lo he mirado crecer en tus ojos
cuando llegas a ellos desde muy atrás.
Sonríes tu árbol sin apenas poder pronunciarlo,
pero lo resuelves dentro de ti y se te escapa por la mirada
en frondosos oleajes de luz verde
que se disuelven a tu alrededor.
Tu árbol se te parece pues también ha trepado a ti,
alta que eres en relojes de luna
y sahumerios celestes;
ha trepado a ti hasta asomarse a tus ojos
y reconocer su semilla de barco en tu cuerpo herido,
en tu cuerpo incendiado urgente de fuga,
inmóvil, inmóvil como tu árbol
que se te parece porque a menudo escapa de sí
y prueba a habitar la soledad de las rocas
o el cauce del arroyo que es como un vientre mullido
donde todo se replica, donde siempre estas naciendo,
derramada, entre espejos y espejismos.
Tu árbol sale de sí a orinar la angustia de su quietud
y vuelve con la sombra a rastras, cuajada de grillos muertos,
y encuentra su caparazón habitado de ti,
de tu infancia pertrechada contra la intemperie de los siglos,
los escalpelos, las quimioterapias,
y tu árbol se sabe fuerte porque su raíz es de nube
perseguida a campo traviesa por tu manos levantadas,
y quisiera abrir tus pulmones para respirar el mismo aire
de libertad, el mismo oxigeno que se te escapa.
Desearía regalarte el árbol más alto para que contemplaras
algo más que las metáforas de tu niñez: la vida por delante;
regalarte los bosques que miden lo que mi esperanza,
apenas comparable a las hectáreas selváticas de mi cariño.
Abrazarte con las ramas más altas, niña astronauta,
cuyo límite no es el cielo,
sino el alma del ave que entre las estrellas aún canta.
16 de diciembre de 2021
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