Desprenderme
del eco de su sombra,
me ha costado silencios,
y desvelos.
Imborrables tormentos
naufragados,
en bares pestilentes,
y desiertos.
Cuántos versos
quedaron atrapados,
en cajas de zapatos,
en un armario viejo.
Manchados de tristeza,
y de nostalgia,
derramados de inviernos,
los cuadernos,
pretéritos fantasmas,
al acecho.
La he buscado en la tierra,
y en el cielo.
Le escribí mil intentos,
en latidos de tinta,
bocanadas de sangre
que saltan de los dedos.
Y cada vez que caminé
a sus manos,
con un sueño en la boca,
y en el alma, despierto,
solo pude besar,
con amargura,
la helada piel de la distancia,
en su recuerdo.
Dispersos los domingos
en las cejas,
lacerado el abrazo,
crepitante de sed
y de agonía.
Sin encontrar su mano,
ni su risa.
Peregrino en su pueblo,
y en sus plazas,
en tardes cabildantes,
y desiertas,
de versos al vacío,
herida la esperanza,
el viento fue el camino,
y se hizo rumbo.
Quizá para encontrarla,
y encontrarnos,
en otro tiempo justo,
convenido.
Quizás en otra calle,
en otro rostro,
que no se le parezca,
que no sepa su nombre,
ni su aliento.
Un tiempo del encuentro,
solamente,
por un nuevo sendero,
en la piel del olvido.
del eco de su sombra,
me ha costado silencios,
y desvelos.
Imborrables tormentos
naufragados,
en bares pestilentes,
y desiertos.
Cuántos versos
quedaron atrapados,
en cajas de zapatos,
en un armario viejo.
Manchados de tristeza,
y de nostalgia,
derramados de inviernos,
los cuadernos,
pretéritos fantasmas,
al acecho.
La he buscado en la tierra,
y en el cielo.
Le escribí mil intentos,
en latidos de tinta,
bocanadas de sangre
que saltan de los dedos.
Y cada vez que caminé
a sus manos,
con un sueño en la boca,
y en el alma, despierto,
solo pude besar,
con amargura,
la helada piel de la distancia,
en su recuerdo.
Dispersos los domingos
en las cejas,
lacerado el abrazo,
crepitante de sed
y de agonía.
Sin encontrar su mano,
ni su risa.
Peregrino en su pueblo,
y en sus plazas,
en tardes cabildantes,
y desiertas,
de versos al vacío,
herida la esperanza,
el viento fue el camino,
y se hizo rumbo.
Quizá para encontrarla,
y encontrarnos,
en otro tiempo justo,
convenido.
Quizás en otra calle,
en otro rostro,
que no se le parezca,
que no sepa su nombre,
ni su aliento.
Un tiempo del encuentro,
solamente,
por un nuevo sendero,
en la piel del olvido.
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