Rutina

danie

solo un pensamiento...
La sirena de una ambulancia se oye a cinco calles,
muy pocos autos le ceden el camino.
Cerca del supermercado chino se oyeron unos balazos,
alguien rumoreó que asaltaron a Juan —¿quién es Juan?
Uno más que ni Dios conoce —. Bajamos la mirada
para observarnos el cuerpo. No sea que tengamos algún agujero
por donde se puedan fugar las ganas de movernos,
no sea que los zapatos, de un momento a otro, dejen de apretarnos
los pies y se dispongan a correr aprisa.
Miramos hacia atrás para que no haya nadie
empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.
Una manzana más adelante hay un embotellamiento
por la marcha de una carroza fúnebre.
Buscamos nuestros nombres en la carroza
que traslada al difunto. No se encuentran,
no están ahí. Es un fulano de tal, no somos nosotros,
seguimos tranquilos. Sabemos que la muerte
no necesita usar máscaras en nuestra rutina, por lo tal
no nos preocupamos y seguimos nuestro rumbo.
Pero nunca se nos ocurrió pensar la posibilidad de que
hace tiempo estuviéramos muertos, es imposible
ya que seguimos erguidos como árboles macizos
engañando sólo a los pájaros
que nos miran desde los postes de luz.
 
Así es en México, todos los días aparecen envueltos en bolsas, para nosotros ya es algo cotidiano, en los últimos 10 años ha habido cientos de miles de muertos y a nadie le importa.
Buenas letras Danie, como siempre.
 
El
La sirena de una ambulancia se oye a cinco calles,
muy pocos autos le ceden el camino.
Cerca del supermercado chino se oyeron unos balazos,
alguien rumoreó que asaltaron a Juan —¿quién es Juan?
Uno más que ni Dios conoce —. Bajamos la mirada
para observarnos el cuerpo. No sea que tengamos algún agujero
por donde se puedan fugar las ganas de movernos,
no sea que los zapatos, de un momento a otro, dejen de apretarnos
los pies y se dispongan a correr aprisa.
Miramos hacia atrás para que no haya nadie
empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.
Una manzana más adelante hay un embotellamiento
por la marcha de una carroza fúnebre.
Buscamos nuestros nombres en la carroza
que traslada al difunto. No se encuentran,
no están ahí. Es un fulano de tal, no somos nosotros,
seguimos tranquilos. Sabemos que la muerte
no necesita usar máscaras en nuestra rutina, por lo tal
no nos preocupamos y seguimos nuestro rumbo.
Pero nunca se nos ocurrió pensar la posibilidad de que
hace tiempo estuviéramos muertos, es imposible
ya que seguimos erguidos como árboles macizos
engañando sólo a los pájaros
que nos miran desde los postes de luz.
Que no se conmueve ante el dolor ajeno es un muerto en vida.
Saludos.
 
Última edición:
La sirena de una ambulancia se oye a cinco calles,
muy pocos autos le ceden el camino.
Cerca del supermercado chino se oyeron unos balazos,
alguien rumoreó que asaltaron a Juan —¿quién es Juan?
Uno más que ni Dios conoce —. Bajamos la mirada
para observarnos el cuerpo. No sea que tengamos algún agujero
por donde se puedan fugar las ganas de movernos,
no sea que los zapatos, de un momento a otro, dejen de apretarnos
los pies y se dispongan a correr aprisa.
Miramos hacia atrás para que no haya nadie
empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.
Una manzana más adelante hay un embotellamiento
por la marcha de una carroza fúnebre.
Buscamos nuestros nombres en la carroza
que traslada al difunto. No se encuentran,
no están ahí. Es un fulano de tal, no somos nosotros,
seguimos tranquilos. Sabemos que la muerte
no necesita usar máscaras en nuestra rutina, por lo tal
no nos preocupamos y seguimos nuestro rumbo.
Pero nunca se nos ocurrió pensar la posibilidad de que
hace tiempo estuviéramos muertos, es imposible
ya que seguimos erguidos como árboles macizos
engañando sólo a los pájaros
que nos miran desde los postes de luz.

Pareciera mostrarse una escena cotidiana ocurrida en cualquier rincón de Latinoamérica. Me gusta la simpleza de las líneas, convenientemente sobrias pero fidedignas de un entorno real.
 
Así es en México, todos los días aparecen envueltos en bolsas, para nosotros ya es algo cotidiano, en los últimos 10 años ha habido cientos de miles de muertos y a nadie le importa.
Buenas letras Danie, como siempre.
tal vez sea miedo, tal vez ignorancia, tal vez sólo indiferencia y como dices a nadie un carajo le importa.
Gracias por pasar y comentar.
Un abrazo.
 
La sirena de una ambulancia se oye a cinco calles,
muy pocos autos le ceden el camino.
Cerca del supermercado chino se oyeron unos balazos,
alguien rumoreó que asaltaron a Juan —¿quién es Juan?
Uno más que ni Dios conoce —. Bajamos la mirada
para observarnos el cuerpo. No sea que tengamos algún agujero
por donde se puedan fugar las ganas de movernos,
no sea que los zapatos, de un momento a otro, dejen de apretarnos
los pies y se dispongan a correr aprisa.
Miramos hacia atrás para que no haya nadie
empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.
Una manzana más adelante hay un embotellamiento
por la marcha de una carroza fúnebre.
Buscamos nuestros nombres en la carroza
que traslada al difunto. No se encuentran,
no están ahí. Es un fulano de tal, no somos nosotros,
seguimos tranquilos. Sabemos que la muerte
no necesita usar máscaras en nuestra rutina, por lo tal
no nos preocupamos y seguimos nuestro rumbo.
Pero nunca se nos ocurrió pensar la posibilidad de que
hace tiempo estuviéramos muertos, es imposible
ya que seguimos erguidos como árboles macizos
engañando sólo a los pájaros
que nos miran desde los postes de luz.
La rutina es una lenta y abominable muerte que entre sorbos nos va dejando vacíos por dentro. Saludos cordiales para ti danie.
 
La sirena de una ambulancia se oye a cinco calles,
muy pocos autos le ceden el camino.
Cerca del supermercado chino se oyeron unos balazos,
alguien rumoreó que asaltaron a Juan —¿quién es Juan?
Uno más que ni Dios conoce —. Bajamos la mirada
para observarnos el cuerpo. No sea que tengamos algún agujero
por donde se puedan fugar las ganas de movernos,
no sea que los zapatos, de un momento a otro, dejen de apretarnos
los pies y se dispongan a correr aprisa.
Miramos hacia atrás para que no haya nadie
empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.
Una manzana más adelante hay un embotellamiento
por la marcha de una carroza fúnebre.
Buscamos nuestros nombres en la carroza
que traslada al difunto. No se encuentran,
no están ahí. Es un fulano de tal, no somos nosotros,
seguimos tranquilos. Sabemos que la muerte
no necesita usar máscaras en nuestra rutina, por lo tal
no nos preocupamos y seguimos nuestro rumbo.
Pero nunca se nos ocurrió pensar la posibilidad de que
hace tiempo estuviéramos muertos, es imposible
ya que seguimos erguidos como árboles macizos
engañando sólo a los pájaros
que nos miran desde los postes de luz.

¡Muy bueno, compañero Danie! Un gran poema.

(...) empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.


Esta imagen me parece un hallazgo. ¡Bravo!
Un abrazo y sigue bien, amigo.
 
¡Muy bueno, compañero Danie! Un gran poema.

(...) empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.


Esta imagen me parece un hallazgo. ¡Bravo!
Un abrazo y sigue bien, amigo.
Gracias Kal... un poema más del montón. Disculpa que no te agradecí en su momento.
Un abrazo y tú también sigue bien compañero.
 
La sirena de una ambulancia se oye a cinco calles,
muy pocos autos le ceden el camino.
Cerca del supermercado chino se oyeron unos balazos,
alguien rumoreó que asaltaron a Juan —¿quién es Juan?
Uno más que ni Dios conoce —. Bajamos la mirada
para observarnos el cuerpo. No sea que tengamos algún agujero
por donde se puedan fugar las ganas de movernos,
no sea que los zapatos, de un momento a otro, dejen de apretarnos
los pies y se dispongan a correr aprisa.
Miramos hacia atrás para que no haya nadie
empujándonos hasta el lugar del hecho.
Seguimos en calma, tranquilos, como buitres urbanos
merodeando las calles sin consciencia.
Una manzana más adelante hay un embotellamiento
por la marcha de una carroza fúnebre.
Buscamos nuestros nombres en la carroza
que traslada al difunto. No se encuentran,
no están ahí. Es un fulano de tal, no somos nosotros,
seguimos tranquilos. Sabemos que la muerte
no necesita usar máscaras en nuestra rutina, por lo tal
no nos preocupamos y seguimos nuestro rumbo.
Pero nunca se nos ocurrió pensar la posibilidad de que
hace tiempo estuviéramos muertos, es imposible
ya que seguimos erguidos como árboles macizos
engañando sólo a los pájaros
que nos miran desde los postes de luz.
Muy bueno, Danie, considerando que lo escribiste antes de la pandemia, periodo durante el cual en algunos países los muertos estaban tirados en la calle y no había suficientes cajas de muerto, ni lugares en los panteones donde enterrarlos ni horarios próximos de cremación en algunas ciudades. Pero ¿sabes? lo realista de tu poema duele en países como México, donde los muertos ya se oyen como estadísticas. Donde todos duelen, pero a mí más los feminicidios. Ahora la moda es rociar a las mujeres de gasolina y prenderles fuego, o lanzarles ácido en la cara. Somos una sociedad enferma.
Un gusto leer tu realismo.
Un abrazo.
 

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