Cecilya
Cecy
Solía tener perfumes en las manos
un nombre muy blanco de alegrías
un abrazo de pétalos sobre el gris de las rocas
la claridad creciente de noviembre y diciembre
acopiada para sobrellevar los fríos del invierno;
el secreto revelado del amor generoso
y trinos de calandrias
que firmaban una tregua con los recuerdos de la muerte.
Jamás eligió caminar hacia los abismos
o quizás no supo reconocerlos
y fue tarde cuando le extendieron la vastedad de sus mantos.
Todavía,
como plegaria ensamblada en el corazón de la noche
sigue pidiéndose perdón y perdonándose
hasta desvanecer el cansancio sobre la almohada
para que ocurran algunos sueños benevolentes.
El despertar recrea la evidencia del desierto en sus palmas
los ecos perdidos de las aves que migraron
aire entre los dedos
la imposibilidad de construir con ladrillos de brisa
el tacto del vacío
como la ingrata sorpresa de un pequeño
que de golpe ve partir a la infancia
y así comprende lo que significa crecer.
La decepción inevitable, mas no irreversible
la existencia de las lluvias
y también la fortaleza para invocar la luz.
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