Ternura

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
TERNURA

Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.

La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.

La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.

Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.

Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.

Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.

Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.

Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.

Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.

Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.

No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.

Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.

Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían

haberse

sentido.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
 
Última edición:
Coño, Andreas, que me explique alguien cómo se puede comentar esto. uff... Bueno, vamos a intentarlo por lo menos :).
Lo primero, vamos con el tema de fondo. Ciertamente la ternura no siempre tiene que ver con el amor.
Yo diría que que puede ser una forma de expresión o demostración del amor, aunque claro, hay ternuras de diferente clase. Algunas "ternuras" (sobre todo las "sentidas en la distancia") son simplemente una emoción personal y más cercana inspirada por alguien dentro de una situación que hacia ese alguien en sí mismo.
Como el ejemplo que pones del niño abrazado a su madre en un búnker (en ese caso yo suelo sentir más tristeza e indignación que ternura), o como cuando ves a dos gatitos jugando en la tele. En estos casos por supuesto no hay amor.
Otra cosa es ejercer o recibir ternura no forzada o fingida. Eso sí pienso que es una expresión de amor, incluso cuando no existe un vínculo de amor o de relación cercana con el otro. Creo que puede existir amor "eventual" entre dos seres sin necesidad de amarse de una manera "establecida" y/o continuada en el tiempo (y no estoy hablando del amor romántico o de pareja), y ahí la ternura suele ser la expresión más natural y evidente.

El poema no tiene desperdicio. Es una explosión de sentimiento/sensibilidad, inteligencia creativa y de fondo, bellísimo y a la vez ingenioso (como en estos geniales versos: "Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema/ hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito/ en la propia servilleta del bar: «gracias por venir»").
La descripción de Juan es una maravilla. Luego también tiene su punto de crítica sociopolítico actual que comparto absolutamente (lo de la no tan cierta igualdad de oportunidades y la referencia al emérito), y ese otro punto de cierto desencanto existencial tan propio del realismo.
Es extenso pero gracias al contenido y a la amena narrativa en versos se lee con enorme facilidad e interés, y por poner un pequeñísimo "pero", para mi gusto quizás el cierre no es demasiado potente o le falta algo más; pero es algo insignificante para el magnífico global de la obra.
Me ha encantado, Andreas, de principio a fin. Mis felicitaciones y mis aplausos, querido amigo. Un fuerte abrazo.
 
TERNURA

Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.

La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.

La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.

Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado de cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
La esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
fue empujada por la palanca de la ternura más bestia
que había sentido jamás.

Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.

Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarle y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.

Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.

Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitándote con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la frente.

Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.

Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.

No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.

Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.

Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían

haberse

sentido.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
La ternura es innata pero nos gusta tanto ser anti naturales que la terminamos domesticando. Un abrazo, kalkbadan.
 
Coño, Andreas, que me explique alguien cómo se puede comentar esto. uff... Bueno, vamos a intentarlo por lo menos :).
Lo primero, vamos con el tema de fondo. Ciertamente la ternura no siempre tiene que ver con el amor.
Yo diría que que puede ser una forma de expresión o demostración del amor, aunque claro, hay ternuras de diferente clase. Algunas "ternuras" (sobre todo las "sentidas en la distancia") son simplemente una emoción personal y más cercana inspirada por alguien dentro de una situación que hacia ese alguien en sí mismo.
Como el ejemplo que pones del niño abrazado a su madre en un búnker (en ese caso yo suelo sentir más tristeza e indignación que ternura), o como cuando ves a dos gatitos jugando en la tele. En estos casos por supuesto no hay amor.
Otra cosa es ejercer o recibir ternura no forzada o fingida. Eso sí pienso que es una expresión de amor, incluso cuando no existe un vínculo de amor o de relación cercana con el otro. Creo que puede existir amor "eventual" entre dos seres sin necesidad de amarse de una manera "establecida" y/o continuada en el tiempo (y no estoy hablando del amor romántico o de pareja), y ahí la ternura suele ser la expresión más natural y evidente.

El poema no tiene desperdicio. Es una explosión de sentimiento/sensibilidad, inteligencia creativa y de fondo, bellísimo y a la vez ingenioso (como en estos geniales versos: "Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema/ hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito/ en la propia servilleta del bar: «gracias por venir»").
La descripción de Juan es una maravilla. Luego también tiene su punto de crítica sociopolítico actual que comparto absolutamente (lo de la no tan cierta igualdad de oportunidades y la referencia al emérito), y ese otro punto de cierto desencanto existencial tan propio del realismo.
Es extenso pero gracias al contenido y a la amena narrativa en versos se lee con enorme facilidad e interés, y por poner un pequeñísimo "pero", para mi gusto quizás el cierre no es demasiado potente o le falta algo más; pero es algo insignificante para el magnífico global de la obra.
Me ha encantado, Andreas, de principio a fin. Mis felicitaciones y mis aplausos, querido amigo. Un fuerte abrazo.

¡Querido Luis! Pues para no ser comentable el poema te has lucido, jaja. Muy bueno, compañero... Muchas gracias de corazón. Estoy contigo con que existen ternuras diferentes y me gusta la disertación que haces acerca de la «ternura a distancia», que toma -precisamente- distancia del concepto que tenemos todos de ternura. Quizá lo que tienen en común todas las «ternuras» es ese chute químico tan animal, una especie de sublimación de la bondad. Y generalmente viene catalizada por la presencia y la percepción sensible de un ser desamparado. Seguro que algo tiene de antropológico todo ello... Me parece que la ternura es una bella modalidad del amor, la más pura y honesta. El amor, digamos, tradicional, es complejo. Es como un proyecto de vida.
Y a este punto quería llegar con el poema, siendo como es la ternura un regalo de dioses, creo que es positivo reflexionar cuando tenemos la suerte de sentirla. No con el propósito de culpa, claro que no, sino simplemente con la sana intención de indagar en la necesidad del ser que nos provocó ese inmenso instante de amor.
Me alegra enormemente que te haya gustado. Es un poema largo y textos de esta naturaleza pueden quedar sepultados en el tedio por su falta de concreción poética.
Estoy completamente de acuerdo con la ligereza que percibes en el cierre. Su enfoque me gusta porque quería llegar a ese puerto, pero estoy seguro de que puedo encontrar una fórmula más contrastada con la inercia del propio poema que creo que se lo come. Hace falta, como dices, un cierre más potente.
Luis, mil gracias por tu siempre atenta lectura y tu elocuencia en los comentarios que me regalas.
¡Un abrazo enorme, amigo!
 
Última edición:
La ternura es innata pero nos gusta tanto ser anti naturales que la terminamos domesticando. Un abrazo, kalkbadan.
¡Querido Sergio! Disfrutemos de la virtud de la ternura, claro que sí, pero como decía a Luis creo que es importante reflexionar acerca del ser que nos provocó ese paroxismo de bondad. Hablo de ese ser vulnerable y desamparado ante la selva del mundo. Nos necesitan más allá de la ternura.
¡Un abrazo fuerte!
 
¡Querido Sergio! Disfrutemos de la virtud de la ternura, claro que sí, pero como decía a Luis creo que es importante reflexionar acerca del ser que nos provocó ese paroxismo de bondad. Hablo de ese ser vulnerable y desamparado ante la selva del mundo. Nos necesitan más allá de la ternura.
¡Un abrazo fuerte!
¿Y si llenamos los medios con ejemplos de actos de bondad?



Sí. Ya sé.
 
Ya te digo, compañero... Y claro que existen las «buenas noticias», pero parece que no interesan: el miedo siempre fue mejor pasto para el rebaño.
¡Un abrazo, Sergio!
Hermosa disertación sobre la ternura que cada quien siente a su manera. A mí me dan ternura los niños, de todas las razas, en especial los negros, con esos enormes ojos. Me dan ternura los cachorritos de gato, de perro, de tigre, en fin, de cualquier animal cuadrúpedo y peludo. Me daba ternura mi esposo cuando estaba dormido, tan indefenso ahí. Me dan ternura también los ancianos y las ancianas, cuando cuentan sus historias viejas, de otro tiempo que ya no es ni podrá ser, lo dicen llorando. Siento ternura cuando miro las fotografías de mis parientes ya muertos, sobre todo de mi hija. Y aquí podría seguir, pero ya estoy llorando. Un gran gusto leerte.
 
Hermosa disertación sobre la ternura que cada quien siente a su manera. A mí me dan ternura los niños, de todas las razas, en especial los negros, con esos enormes ojos. Me dan ternura los cachorritos de gato, de perro, de tigre, en fin, de cualquier animal cuadrúpedo y peludo. Me daba ternura mi esposo cuando estaba dormido, tan indefenso ahí. Me dan ternura también los ancianos y las ancianas, cuando cuentan sus historias viejas, de otro tiempo que ya no es ni podrá ser, lo dicen llorando. Siento ternura cuando miro las fotografías de mis parientes ya muertos, sobre todo de mi hija. Y aquí podría seguir, pero ya estoy llorando. Un gran gusto leerte.
¡Querida Luciana! Por comentarios como el tuyo siempre valdrá la pena publicar y compartir los versos que uno escribe.
Da gusto sentirse comprendido en los demás.
Gracias por pasar, compañera. Gracias por estas bellísimas ternuras que nos compartes.
Un abrazo.
 
La ternura es la respuesta emocional a la inocencia, la candidez.
El poema es excelente en este punto, y la ambientación es tal que conmueve, despertando en el lector la tibieza y gracia de esa emoción.
Aplausos por esa primera parte.

Por desgracia, en el mundo real, hay quienes ven oportunidad y buscan aprovecharse de esto. Chacales que nos obligan a blindarnos y en cierta forma insensibilizarnos a lo que debería ser una manifestación sincera.
Ese aspecto apenas convenía mencionarse pues dificulta la pureza del mensaje inicial.

En contraste ofrece la visión de la ternura dolida, que más bien es una pena, un estado de misericordia que la verguenza oculta.
Mientras la ternura se siente y exterioriza, sobretodo en el rostro... el tratar de frenar la reacción le resta valor y convierte en otra emoción muy diferente.
El contraste impacta, pero mal puede llamarse ternura a la segunda parte.

Un saludo cordial kalkbadan.
 
La ternura es la respuesta emocional a la inocencia, la candidez.
El poema es excelente en este punto, y la ambientación es tal que conmueve, despertando en el lector la tibieza y gracia de esa emoción.
Aplausos por esa primera parte.

Por desgracia, en el mundo real, hay quienes ven oportunidad y buscan aprovecharse de esto. Chacales que nos obligan a blindarnos y en cierta forma insensibilizarnos a lo que debería ser una manifestación sincera.
Ese aspecto apenas convenía mencionarse pues dificulta la pureza del mensaje inicial.

En contraste ofrece la visión de la ternura dolida, que más bien es una pena, un estado de misericordia que la verguenza oculta.
Mientras la ternura se siente y exterioriza, sobretodo en el rostro... el tratar de frenar la reacción le resta valor y convierte en otra emoción muy diferente.
El contraste impacta, pero mal puede llamarse ternura a la segunda parte.

Un saludo cordial kalkbadan.

¡Hola, Dragon! Gracias de veras por acercarte por mi espacio y tomarte el tiempo de leer y comentar.
Es muy interesante lo que expresas y te aseguro que llueve sobre mojado: este poema me ha hecho reflexionar como pocos.
¿Qué es la ternura? Lo que tú sientas, Dragón. Son difíciles de enmarcar en una definición de la RAE estos conceptos de subjetividad abstracta. Pero vamos a ello. Estoy de acuerdo con que la inocencia y la candidez son esenciales en esa forma, diría que platónica, del amor.
Pero hay algo más que considero una causa primaria que, además, se incluye en esa primera parte que aplaudes, y es la vulnerabilidad, el desamparo: Juan. Yo sí he sentido ese tipo de ternura, como la he sentido por Mari, o por un perro que una vez vi correr con la pierna rota hacia el monte después de ser atropellado; lo seguí corriendo con un amigo y debajo de una higuera se murió. Sentí ternura. No pena ni misericordia, que considero emociones reflexivas que llegaron después del chute químico de la ternura. De hecho esto que te cuento no deja de estar meridianamente reflejado en este bello fragmento de tu comentario: (...) Mientras la ternura se siente y exterioriza, sobretodo en el rostro.
Coincido contigo, como con Luis, con que hay ternuras "lejanas" que son más eso: tristeza, pena, misericordia, pero no es el caso de lo que sentí por Juan. ¿Y el búnker? ¿Y la jeringa el muslo? ¿Y la fotografía del niño sudanés acurrucado frente al buitre? Yo, personalmente, sentí ternura por el desamparado. Y ya después, incluso de seguido, muchas otras cosas...

No pretendo hablar en esa segunda parte -que considero el núcleo del texto- de que nos blinden o nos coarten nuestra ternura. Sino que la considero tan jodidamente suprema que qué menos que reflexionar sobre el desamparado. No buscando purgar culpa alguna, compañero, ¡qué va!, simplemente tratando de aprovechar la señal de la ternura para tratar de mejorarnos y mejorar este mundo en el que vivimos. Tratar, de algún modo, de escapar de esta inercia anestésica y apostar por la "revolución de las mariposas".
Y todo esto que te cuento ya sabes que no deja de ser una presunción más.
Vuestros comentarios "emplazan" este poema donde debe estar.
Gracias por pasar, Dragón.
Saludos cordiales.
 
Última edición:
Reflexionó estas letras con cuidado detenimiento y concluyó que Juan puedo ser yo. O puede ser cualquiera, no es necesario tener las cicatrices de la vida chorreando estiércol en las piernas, o secuelas de una gota mal curada en los tobillos hinchados. Puede ser cualquiera, y puede ser nadie, deshumanizados desde siempre, por el aislamiento de ser islas pensantes con solo un lenguaje visible y limitado para comunicar solo con otras islas semejantes en el azar.

Por eso, esta ternura, o lastima, o dolor ajeno, o como se le quiera llamar es inocuo, estéril, patético, innecesario. Algunas veces trate de cocinar rebanadas de ternura con chispas de lastima, pero me di cuenta de que son imposibles de cocinar y menos comer, me quede con hambre tantas veces, insatisfecho por el sabor de la arrogancia. Quise respirar el olor a bebe y sus risas inocentes aspirarlas, pero no paso nada, solo tosí fuertemente, tratando de expulsar ese nauseabundo olor de mis pulmones, el olor de esa pequeña vida que comienza a morir día con día; quise el bálsamo de un sol maduro a punto de caer, y solo lagrimas huecas logre tener de sensibilidad estúpida y salada por lo cotidiano. Quise enseñar a jóvenes a pensar, y a pesar del éxito obtenido, me volví amargado, pues enseñe a pensar a otras jóvenes islas tan amargadas de realidad. Por último llegó el cáncer, volví a sentir esa ternurita por mi, afortunadamente, en un pacto de honestidad acepte la muerte como lo único trascendente y necesario. Sigo reflexionando, si la ternura es solo un sentimiento, no sirve de nada. Si se convierte en acción, en un lenguaje activo mas allá de las palabras, que humanice y comunique a pesar de las diferencias, tendrá otro nombre y otro valor.

Abrazos.
 
Reflexionó estas letras con cuidado detenimiento y concluyó que Juan puedo ser yo. O puede ser cualquiera, no es necesario tener las cicatrices de la vida chorreando estiércol en las piernas, o secuelas de una gota mal curada en los tobillos hinchados. Puede ser cualquiera, y puede ser nadie, deshumanizados desde siempre, por el aislamiento de ser islas pensantes con solo un lenguaje visible y limitado para comunicar solo con otras islas semejantes en el azar.

Por eso, esta ternura, o lastima, o dolor ajeno, o como se le quiera llamar es inocuo, estéril, patético, innecesario. Algunas veces trate de cocinar rebanadas de ternura con chispas de lastima, pero me di cuenta de que son imposibles de cocinar y menos comer, me quede con hambre tantas veces, insatisfecho por el sabor de la arrogancia. Quise respirar el olor a bebe y sus risas inocentes aspirarlas, pero no paso nada, solo tosí fuertemente, tratando de expulsar ese nauseabundo olor de mis pulmones, el olor de esa pequeña vida que comienza a morir día con día; quise el bálsamo de un sol maduro a punto de caer, y solo lagrimas huecas logre tener de sensibilidad estúpida y salada por lo cotidiano. Quise enseñar a jóvenes a pensar, y a pesar del éxito obtenido, me volví amargado, pues enseñe a pensar a otras jóvenes islas tan amargadas de realidad. Por último llegó el cáncer, volví a sentir esa ternurita por mi, afortunadamente, en un pacto de honestidad acepte la muerte como lo único trascendente y necesario. Sigo reflexionando, si la ternura es solo un sentimiento, no sirve de nada. Si se convierte en acción, en un lenguaje activo mas allá de las palabras, que humanice y comunique a pesar de las diferencias, tendrá otro nombre y otro valor.

Abrazos.
Pues la ternura les sirve al que la inspira, por ejemplo a los bebés, a los cachorros. A los desvalidos. Las personas que la sienten son los que tienen una generosidad natural. Es más común en las mujeres. Usted nos cuenta su estado de salud y causa ternura, comprensión que le es útil a Ud. Y no está mal. Inconscientemente apela a la capacidad de enternecerse de los demás. Un abrazo y que esté muy bien.
 
TERNURA

Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.

La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.

La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.

Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.

Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.

Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.

Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.

Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.

Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.

Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.

No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.

Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.

Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían

haberse

sentido.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022

Querido Andreas, como bien dice Luis ¿Qué se pude decir ante una obra así? donde la realidad es estremecedora pero tu arte nos lleva de la mano y se nos hace corto el poema, dice tanto que nos deja el corazón en un puño.
Últimamente, pienso mucho en cuantas cosas debía haber hecho con mi ternura, la ternura es como la leche materna, a más la das al bebé, más te brota. Creo que es el más humilde y a la vez el más rico de los sentimientos. No sé si es innata o se aprende, solo se que siento que podía haber hecho mucho más con toda esta ternura.
Es, esa empatía con el dolor ajeno y el enorme deseo de amparar al otro.
Tu poema habla de eso, y ese trayecto tan duro de la experiencia, tu piel se hace piel del otro y ahí en ese dolor, derramas tu ternura.


"Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo."

Gracias Andreas, por este inmenso poema que conmueve hasta la médula.
Gracias infinitas por compartirnos tu arte .
.
Un abrazo con admiración y afecto
Isabel

Nota: Disculpa, Andreas, he borrado de mi comentario , lo que hablaba de esa experiencia de mi infancia, quizás con tu poema he recordado, cuantas veces sentí todo eso.
Saber escribir sobre ello con humildad y naturalidad, es tu don, querido Andreas.
 
Última edición:
TERNURA

Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.

La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.

La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.

Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.

Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.

Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.

Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.

Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.

Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.

Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.

No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.

Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.

Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían

haberse

sentido.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
Es una belleza de poema donde expones de manera sencilla la diferencia que ves entre la ternura y el amor, donde la ternura se roba todo los aplausos y está ahí en los detalles más sencillos y sensibles de la vida. Haces magia con las palabras y no quiero perderme ni un escrito tuyo. Gracias por esta belleza de poema. Un abrazo enorme.
 
Última edición por un moderador:
TERNURA

Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.

La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.

La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.

Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.

Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.

Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.

Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.

Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.

Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.

Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.

No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.

Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.

Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían

haberse

sentido.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
Un amigo, citando a un trovador cascado, me dijo que la nostalgia y la ternura tenían mucho de baboso. Este amigo claro, era una baboso empedernido, de los que se emocionan cuando el desprenderse de una hoja seca les parece incomprensible, de los que se cubren la mirada cuando un amigo en la hora baja les dice me hacías falta, carnal, gracias por venir.
A qué negar que las Miguitas de ternura, de Fuentes y Cortez, no se nos sueltan las ganas de mirar al mundo como si también nos habitara con su ternura, la más pura de las empatías. Eres de los afortunados que no confunden la testosterona con los motores de combustión interna, mucho menos con la fútil carrocería, y perdón por el mal símil. Siento ternura por lo que sientes, y es una manera de entender un poco y de apreciarte un mundo. Abrazos, bro.

 
Reflexionó estas letras con cuidado detenimiento y concluyó que Juan puedo ser yo. O puede ser cualquiera, no es necesario tener las cicatrices de la vida chorreando estiércol en las piernas, o secuelas de una gota mal curada en los tobillos hinchados. Puede ser cualquiera, y puede ser nadie, deshumanizados desde siempre, por el aislamiento de ser islas pensantes con solo un lenguaje visible y limitado para comunicar solo con otras islas semejantes en el azar.

Por eso, esta ternura, o lastima, o dolor ajeno, o como se le quiera llamar es inocuo, estéril, patético, innecesario. Algunas veces trate de cocinar rebanadas de ternura con chispas de lastima, pero me di cuenta de que son imposibles de cocinar y menos comer, me quede con hambre tantas veces, insatisfecho por el sabor de la arrogancia. Quise respirar el olor a bebe y sus risas inocentes aspirarlas, pero no paso nada, solo tosí fuertemente, tratando de expulsar ese nauseabundo olor de mis pulmones, el olor de esa pequeña vida que comienza a morir día con día; quise el bálsamo de un sol maduro a punto de caer, y solo lagrimas huecas logre tener de sensibilidad estúpida y salada por lo cotidiano. Quise enseñar a jóvenes a pensar, y a pesar del éxito obtenido, me volví amargado, pues enseñe a pensar a otras jóvenes islas tan amargadas de realidad. Por último llegó el cáncer, volví a sentir esa ternurita por mi, afortunadamente, en un pacto de honestidad acepte la muerte como lo único trascendente y necesario. Sigo reflexionando, si la ternura es solo un sentimiento, no sirve de nada. Si se convierte en acción, en un lenguaje activo mas allá de las palabras, que humanice y comunique a pesar de las diferencias, tendrá otro nombre y otro valor.

Abrazos.

Si se convierte en acción, en un lenguaje activo mas allá de las palabras, que humanice y comunique a pesar de las diferencias, tendrá otro nombre y otro valor.

Bello, Pantemático... Esa fue la idea conclusiva que me empujó a escribir este poema. Que la ternura con su proverbial impacto emocional nos sirva para reflexionar y actuar.

Me seduce mucho lo que comentas acerca de las islas pensantes. Esas esferas de conciencia impenetrables. Pero en el primer párrafo de tu jugoso comentario hay cuestiones con las que tropiezo. Hablas del azar. Pero estamos hablando de un azar, de una probabilidad, condicionada. Esa función de onda que se yergue cual sombrero en nuestras cabezas no presenta las mismas formas en cada isla humana. Yo tengo el privilegio de estar sometido a una campana amplia, con una desviación extensa con respecto a la media, pero hay gente, como Juan, cuya función tiene una forma apuntada al cielo, y que le clava irremediablemente a su mísera existencia. Su biografía -y hasta su epitafio- está escrito de antemano. Es el triste determinismo que conlleva la marginalidad. Y claro que se puede llegar a escapar de ella, pero la probabilidad no está a su favor.
Pienso ahora en esos libros de la niñez: elige tu propia aventura. El de Juan es, simplemente, una novela triste.
Muy agradecido por tu comentario, compañero. Es fascinante el poder de la doble creación.
Un abrazo y que estés bien.



 
Querido Andreas, como bien dice Luis ¿Qué se pude decir ante una obra así? donde la realidad es estremecedora pero tu arte nos lleva de la mano y se nos hace corto el poema, dice tanto que nos deja el corazón en un puño.
Últimamente, pienso mucho en cuantas cosas debía haber hecho con mi ternura, la ternura es como la leche materna, a más la das al bebé, más te brota. Creo que es el más humilde y a la vez el más rico de los sentimientos. No sé si es innata o se aprende, solo se que siento que podía haber hecho mucho más con toda esta ternura.
Es, esa empatía con el dolor ajeno y el enorme deseo de amparar al otro.
Tu poema habla de eso, y ese trayecto tan duro de la experiencia, tu piel se hace piel del otro y ahí en ese dolor, derramas tu ternura.


"Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo."

Gracias Andreas, por este inmenso poema que conmueve hasta la médula.
Gracias infinitas por compartirnos tu arte .
.
Un abrazo con admiración y afecto
Isabel

Nota: Disculpa, Andreas, he borrado de mi comentario , lo que hablaba de esa experiencia de mi infancia, quizás con tu poema he recordado, cuantas veces sentí todo eso.
Saber escribir sobre ello con humildad y naturalidad, es tu don, querido Andreas.

la ternura es como la leche materna, a más la das al bebé, más te brota.

Qué maravilla tu reflexión...
Amiga..., ¿cuántas veces te habré dicho que agradezco infinitamente tu ternura?
La ternura para mí es un don, es la sublimación del amor. Es inconmensurable. Por eso, Isabel, admiro tanto tu capacidad de sentir y emocionarte.
No tienes que acotar la pulsión sensible. Deberías saber que este espacio es tu casa.
Un abrazo y discúlpame a mí por mis ausencias.
 
Es una belleza de poema donde expones de manera sencilla la diferencia que ves entre la ternura y el amor, donde la ternura se roba todo los aplausos y está ahí en los detalles más sencillos y sensibles de la vida. Haces magia con las palabras y no quiero perderme ni un escrito tuyo. Gracias por esta belleza de poema. Un abrazo enorme.
Querido Tahel, te agradezco muchísimo tu generosa y siempre atenta lectura. Es impagable sentirse comprendido.
Gracias a ti por tu presencia. Un abrazo fuerte.
 
Un amigo, citando a un trovador cascado, me dijo que la nostalgia y la ternura tenían mucho de baboso. Este amigo claro, era una baboso empedernido, de los que se emocionan cuando el desprenderse de una hoja seca les parece incomprensible, de los que se cubren la mirada cuando un amigo en la hora baja les dice me hacías falta, carnal, gracias por venir.
A qué negar que las Miguitas de ternura, de Fuentes y Cortez, no se nos sueltan las ganas de mirar al mundo como si también nos habitara con su ternura, la más pura de las empatías. Eres de los afortunados que no confunden la testosterona con los motores de combustión interna, mucho menos con la fútil carrocería, y perdón por el mal símil. Siento ternura por lo que sientes, y es una manera de entender un poco y de apreciarte un mundo. Abrazos, bro.

Querido Pedro, qué decir... Que es un placer saberse uno comprendido en los demás. Que muchas gracias por el temblor hermanado de tus bellas palabras. Que me las llevo conmigo y que me abrigan -y mucho- el alma.
Un abrazo enorme, amigo, y gracias.
 
TERNURA

Tras despedirme de Juan en el semáforo
trato de recordar las ternuras de mi vida
mientras camino hacia casa
con la barra de pan caliente pinzada bajo el brazo.

La ternura tiene poco que ver con el amor.
El amor es un concepto intelectual,
matérico, diría que casi burgués,
mientras que la ternura es pura animalidad.
El amor empieza por uno mismo
pero la ternura es, literalmente,
quebrarse el esternón, partirse el alma en dos,
para poder cobijar en tu pecho
a ese ser que te reclama.

La ternura tiene algo que ver con temblores irisados,
con las caricias de una madre, el llanto y la risa del bebé;
tiene que ver con desamparos, cipreses, vulnerabilidades
y delicadezas.

Recuerdo ahora la ternura del primer nacimiento.
La ternura de cuando nació mi hijo Mateo.
Apenas eran las 11:00 de la mañana
y bajé al bar y me puse morado a cervezas
mientras mi suegra me llamaba en un bucle demencial.
La silencié y escribí un poema en la servilleta
con la rapidez de aquellos versos
que ya fueron creados hace tiempo
y que lo de menos es acuñarlos en papel.
Me costó, eso sí, encontrar un buen título para el poema
hasta que me di cuenta de que ya estaba escrito
en la propia servilleta del bar: «gracias por venir».
Subí a la sala de espera y al poco
una enfermera voceó mi nombre,
y me entregó a un ser vivo morado que exhalaba quejidos.
Y entonces —oh, entonces— ese diminuto ser
me agarró del dedo con una fuerza inusitada
y se desprendió de mi lagrimal, así, de golpe, una perla líquida.
Una esfera que rodaba por la ladera de mi mejilla
y que fue empujada por la palanca de ternura más bestia
que había sentido jamás.

Otra ternura ilustre es la que siento por mi gata
y que implosiona en mi pecho cada día.
Me encantas cuando saltas
y te refugias en tu templo de cartón.
Desde tu irreductible atalaya me observas
con tus orejas tiesas
y posas tu patita en el borde de la caja
como diciendo: «ven aquí humano tonto»,
y voy. Y te acaricio la nuca una y otra vez
y ronroneas y me buscas clavándome el temblor
de tus entreverados ojos aguamarina.
Y siento la presión inconmensurable
de una infinita ternura.

Hay una ternura muy singular
que es la del adiós inminente.
Hablo de esa jodida mandrágora que asoma
en la mirada terrera del desahuciado.
Mi querido Mari abandonó el tratamiento de diálisis
sabiendo muy bien lo que eso implicaba: dos semanas.
Al terminar la primera lo ingresaron de urgencia.
Fui a visitarlo y al entrar en la habitación
me lo encontré dormido, boca arriba,
con su brazo izquierdo suspendido en el aire.
Recuerdo darle un beso en la mano
de los que se dan a los recién nacidos
con ese pretencioso propósito de eternidad.
Y mientras posaba su brazo en la camilla
abrió repentinamente sus párpados
como quien despierta de la peor de sus pesadillas.
Pero no tardó en recobrar en su mirada
aquella chispa nuclear tan propia de su ser.
—Andreas, la semana que viene nos vamos al mercado
y nos compramos unos caracolillos de esos que nos gustan.
Una bola de ternura descomunal
se me instaló en la nuez
y no era capaz de tragarla.

Y ahora comprendo que todas estas ternuras,
estos orgasmos platónicos de conspicua bondad,
son lo más honorable que tiene el ser humano.
Es lo que nos salva de aniquilarnos definitivamente.
La ternura es la forma más honesta del amor.
Por eso mismo no debemos fallarla.
No debemos hacerlo.

Juan no se merecía el desprecio de mi ternura esta mañana.
Esa ternura debería haberse evitado.
Diez hermanos, residencia infantil, violencia,
pobreza, alcoholismo y Ocaña II.
Juan lleva 15 años en el mismo semáforo.
Camina lento con las piernas arqueadas
y por la pernera de sus pantalones cortos
gotea la marginalidad crónica de su puta vida.
El reguero oxida los crudos rosetones de sus piernas
y el morado de sus tobillos.
Tiene la cara hinchada y la nariz jodida
y a pesar de ello están presentes los rasgos bellos
de ese chaval que jugaba al fútbol
en aquel internado.
Yo creo que gracias al brillo que aún derrochan sus ojos
y que delatan su proverbial inteligencia
conserva el semblante de cuando era niño…,
porque fue niño
aunque parezca mentira.
Suelen cruzar su paso de cebra jóvenes
camino hacia la universidad de pago.
Chicos que en unos pocos años
te hablarán con arrogancia
de la igualdad de oportunidades
y te contarán aquello de que los vagos no quieren trabajar
vomitando con soberbia todo ese decálogo eugenésico
que han aprendido en las escuelas de empresa neoliberal.
Y me entran unas ganas tremendas de gritarles
que hagan el favor de preguntar a este señor sobre la vida
para que así comprendan lo triste que resulta
nacer con tu biografía escrita
en la puta frente.

Juan tiene mi edad y ya es un anciano terminal.
Juan se merecía haber sido un humano más.
A Juan lo metieron en la cárcel por robar para comer, y al otro Juan,
al putero ladrón petrocomisionista que se carga elefantes,
lo invitaron, este fin de semana, a navegar
en el intocable y sagrado
borbón, digo, bribón.

Sentir ternura por el bueno de Juan no está bien.
Del mismo modo que resulta obscena la ternura
por el niño que tiembla abrazado a su madre en un búnker.
O por el muchacho que deambula por un arcén
con una jeringuilla clavada en el muslo.
O por ese niño sudanés acurrucado
bajo a la atenta mirada del buitre.

No vale enternecerse
por ese sufrimiento del que fuiste, de algún modo,
colaborador necesario.

Sencillamente esto son cosas
que no deberían ocurrir.

Hay ternuras que nunca, nunca, maldita sea,
deberían

haberse

sentido.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de mayo de 2022
Esto no es un poema, es un poemón.
Como dijo Luis en su día.... "que me explique alguien cómo se puede comentar esto".
Lo he vuelto a leer y me ha entusiasmado de nuevo, Andreas, no tiene desperdicio.... y pongo estas torpes líneas sólo para que alguien más tenga la oportunidad de leerlo.
¡¡¡Viva la ternura!!!.... y hurra por quien nos lo hace ver con tanta fuerza.
Javier
 

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