El beso de la noche
entraba en mi ventana,
un largo beso blanco
yacía en mi almohada.
En el bosque dormido
los árboles danzaban
con la canción del viento
enlazando sus ramas.
La señora de blanco
por el río marchaba
buscando caballero
con corazón de plata.
Yo me vestí de traje
y me afeité la barba,
ella, lucía seda
con destellos de nácar.
Ni luceros ni estrellas
tienen tan pura el alma,
una mitad de hielo,
otra mitad de llama.
El deseo desnudo
recorría su espalda
y de pronto escaparon
suspiros de gargantas.
La sangre de sus venas
me llegaban al alma,
como el agua del río
cuando se pone brava.
Su corazón desnudo
al mío suplicaba,
pidiendo una semilla
que saciara sus ganas.
Aquella noche fue
la mejor madrugada,
llenando mis oídos
caminito del alba.
Y cuando miro al cielo
y la veo menguada,
es que a nuestra semilla
la está meciendo y canta.