Los labios del viejo sol
besaban verdes praderas
cuando un silencio de miedo,
cerraba todas las puertas.
Los olivos, se mecían
con la brisa de la Vega
y un olor a vino brusco,
dejaba surco en la tierra.
¡Ay Federico, enmudece
que viene la benemérita
entrando a saco por calles
y abiertas las cartucheras!
Con verdes capas sus almas
y charol en sus cabezas,
de cinco en cinco colmaron
callejones y azoteas.
*
Negro cual carbón su pelo
y con sangre de los CEDA,
un tal Ramón Ruiz Alonso
llamó, si quiso, a la puerta.
Un minuto indescifrable
se llevó preso al poeta
y los tambores zumbaban
sobre su cuerpo sin venas.
El día se iba despacio,
el cielo olía a hogueras,
y un rumor de incomprensiones
encogió la tarde aquella.
Versos de muerte forjaban
negros yugos, negras flechas,
mientras los guardias civiles
descorchaban sus botellas.
Con otros tres lo encerraron
vestido de blanco y pena,
el hombre de los olivos
sollozaba tras la puerta.
¡Ay Federico, enmudece
que viene la benemérita,
prestos con fusil en mano
a callarte en la cuneta!
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