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El gato boca arriba
Hay días en que la vida te pone patas arriba, como un gato que ha perdido el equilibrio en su salto más ambicioso. El mundo, de repente, parece más grande y más confuso, y tú estás ahí, tirado de espaldas, viendo el techo con una mezcla de resignación y dudas existenciales: ¿realmente tenía que pasar? ¿Y por qué a mí, que ni siquiera maullo cuando me pisan la cola?
Pero hay algo en estar boca arriba que despierta reflexiones profundas, del tipo que sólo llegan cuando estás demasiado cansado para levantarte o demasiado cómodo para intentarlo. El gato boca arriba no pelea con el suelo; lo acepta como un amante cansado que, después de mucho drama, decide abrazar la calma.
La vida, al fin y al cabo, no es más que una sucesión de caídas elegantes —o no tanto— que intentamos maquillar con palabras importantes: destino, propósito, lunes. Pero la verdad es que todos, en algún momento, terminamos boca arriba, preguntándonos si valió la pena el salto. Y ahí es donde el gato nos da la clave: no se trata de evitar la caída, sino de aprender a disfrutar el ángulo nuevo.
Estar boca arriba tiene sus ventajas. Para empezar, puedes ver el cielo —o el techo, que es casi lo mismo si le pones imaginación. Es una posición que invita a la pausa, al replanteamiento. Tal vez te das cuenta de que el salto no era necesario, o que el techo tiene manchas que parecen constelaciones. Tal vez encuentras en esa quietud la respuesta a preguntas que nunca te hiciste.
La vida te sacude, te empuja, te tira. Es un juego de niños, y tú eres el muñeco que siempre aterriza de cualquier manera menos de pie. Pero ahí está el truco, el gran secreto que los gatos han sabido siempre y nosotros ignoramos con absurda terquedad: estar boca arriba no es el fin del mundo. Es el comienzo de una perspectiva nueva, una invitación a soltar el control y simplemente mirar lo que hay.
Y cuando finalmente te levantas, porque siempre te levantas, lo haces con la elegancia de quien ha entendido algo fundamental: que la vida no es un asunto de mantenerse en pie, sino de saber caer y seguir maullando. Porque al final, todos somos gatos en este gran tejado, tratando de encontrar el mejor lugar para soñar. Y si el salto nos deja boca arriba, pues qué más da. Desde ahí también se puede amar, reír, y seguir intentando.
Qué?Yo espero....
La luna se alza,
cuchillo blando sobre el pecho del mundo.
Es asesina en su silencio,
blanca conspiradora que se esconde tras la bruma.
Duele su luz en la sangre de los que lloran,
susurra secretos al río que nunca regresa.
En los campos dormidos,
su filo corta las sombras y siega los sueños.
Oh, luna,
mancha de sal sobre la herida del cielo,
¿a quién le debes tus crímenes?
A los que la noche devora,
a los que yacen inmóviles bajo tu mirada fría,
a los que tus mareas empujaron al abismo.
Eres culpable,
asesina de lo indecible.
Cada estrella es testigo,
cada ola lleva tu firma,
y los árboles tiemblan ante tu juicio pálido.
Pero también,
en tu crimen hay belleza,
una muerte dulce como el vino añejo,
un abandono al que nadie se resiste.
Y te seguimos,
como amantes a su verdugo,
como niños a su madre ausente.
Oh, luna,
asesina inmortal,
déjame morir bajo tu beso plateado.

hermoso cuento , gracias por traerlo aquíLa Gitana y el Vagabundo Azul
Bajo el cielo deshilachado de estrellas, en un rincón olvidado por el tiempo, danzaba la Gitana, un alma pintada con trazos de fuego y nostalgia. La luna, testigo perpetuo, deslizaba su luz sobre su vestido desgastado, cuajado de retazos de sueños. A su alrededor, el viento cantaba letanías de soledad, silbando entre hojas secas y los murmullos del bosque. La Gitana bailaba para nadie, con el pecho vacío y los pies cansados, mientras la noche abrazaba su figura errante.
A unos pasos, pero a una eternidad de distancia, un Vagabundo Azul caminaba lento, arrastrando su sombra como una manta rota. Sus ojos, del color del mar bajo tormenta, cargaban con años de huidas y despedidas. El azul lo cubría todo: su abrigo raído, su viejo sombrero y la tristeza que tejía sus pasos en el polvo. Decían que alguna vez él había tenido un nombre, pero el tiempo se lo había borrado, dejándole solo un color y la memoria amarga de lo que fue.
Soledad los trajo al mismo cruce de caminos, donde los suspiros se tropiezan y las miradas, sin querer, se reconocen. Allí, entre la quietud de una hoguera moribunda, ella extendió su mano, pidiendo nada más que un poco de calor. Él la miró, desconfiado, como si el mundo entero hubiera sido un enemigo eterno. Pero en sus ojos había algo que nadie había visto en mucho tiempo: esperanza.
—¿Por qué bailas? —preguntó él, con una voz hecha de grava y viento.
—Para no desaparecer —respondió ella, con un susurro tan frágil como el amanecer.
Juntos, se sentaron al borde del olvido, compartiendo un pedazo de pan y una historia sin palabras. La Gitana habló con su silencio, y el Vagabundo Azul escuchó con la calma de quien ha caminado demasiado. Dos soledades que se abrazaron sin tocarse, dos caminos rotos que se alinearon bajo un cielo paciente.
El fuego volvió a crecer, pequeño pero decidido. La Gitana empezó a bailar, no para la luna, sino para él. El Vagabundo Azul se quitó el sombrero, y por primera vez en años, sonrió. El mundo no cambió esa noche, pero sus corazones sí. Nuevo amor nació, tímido y torpe, como un amanecer que aún no entiende su luz.
Pasaron los días y el viento les llevó a otros caminos, pero algo quedó grabado en sus almas. Una tarde, entre el bullicio de un mercado sin nombre, sus miradas volvieron a cruzarse: reencuentro. Ella, con su risa aún incendiaria, y él, con un sombrero azul pero un corazón renovado. No dijeron nada. No hacía falta.
Se tomaron de la mano y caminaron juntos hacia el horizonte, donde la luna tejía su última canción. La Gitana bailaba y el Vagabundo Azul silbaba. No eran completos, no eran perfectos, pero ya no estaban solos.
Bajo el cielo de siempre, el mundo siguió girando, pero ahora sus almas ardían con una llama que el viento jamás podría apagar.


¿Por qué no jugamos al gato y la ratoncita?
Porque en tus ojos danzan destellos de travesura,
y en tus labios se dibuja el abismo dulce de un secreto.
¿No ves cómo el universo entero se repliega cuando ríes?
Haces temblar las sombras con tu luz juguetona,
y a este corazón, tan torpe cazador,
lo conviertes en un prisionero feliz de tu juego.
Juguemos, tú y yo, en este laberinto de miradas,
donde cada paso que doy para atraparte
se convierte en un susurro más cerca de perderme.
Corre, ratoncita, que el suelo se convierte en música bajo tus pies,
y las paredes tiemblan al roce de tus sueños.
Seré el gato, paciente y hambriento,
no de atraparte, sino de seguirte,
de saber cómo ríe el aire al abrazarte,
de entender cómo tu aroma desarma el mundo,
y cómo cada esquina que doblas deja tras de sí un poema.
Pero sé que no huirás lejos,
porque en este juego no hay cazador ni presa,
solo un horizonte que creamos juntos,
donde la distancia es el hilo que nos une,
y el deseo es la chispa que nos guía.
Así que, dime, ¿por qué no jugamos?
Tú, ratoncita, sigilosa y encantadora,
y yo, gato perdido en el laberinto de tu magia,
danzando entre el tiempo y la eternidad,
en un juego que no quiere terminar nunca.

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