El mundo está lleno
de hombres que remiendan palabras
como quien cose monedas falsas
a la sombra de una iglesia vacía.
Imitan, copian el temblor,
la herrumbre del grito,
la ceniza antigua de los verdaderas letras.
Pero no conocen la noche,
no han mordido el hueso negro del insomnio
ni escuchado crujir a Dios
dentro de una habitación sin aire.
Andan por las calles
con sus trajes de profetas alquilados,
con sus metáforas lustrosas
y esa tristeza aprendida en manuales.
¡Qué fácilmente fabrican abismos!
Qué fácil es decir “sangre”,
“alma”,
“vacío”,
cuando el corazón duerme intacto
como un animal bien alimentado.
Yo los he visto,
inclinan la cabeza
como árboles de cartón bajo la tormenta.
Hablan del hombre
y jamás tocaron una llaga humana,
y sin embargo,
llenan los teatros del humo de su mentira.
Los aplauden.
Los llaman hondos, terribles, necesarios,
pero la verdad
—esa piedra húmeda, miserable, casi insoportable—
no vive en sus palabras.
La verdad llega jadeando,
gritando y desnuda
con barro en las rodillas.
Por eso el mundo huele a tinta muerta,
a eco repetido en corredores vacíos,
a máscara de mil colores.
Y yo pregunto,
con la boca llena de ceniza...
¿quién salvará la palabra verdadera
de los mercaderes del espanto?
de hombres que remiendan palabras
como quien cose monedas falsas
a la sombra de una iglesia vacía.
Imitan, copian el temblor,
la herrumbre del grito,
la ceniza antigua de los verdaderas letras.
Pero no conocen la noche,
no han mordido el hueso negro del insomnio
ni escuchado crujir a Dios
dentro de una habitación sin aire.
Andan por las calles
con sus trajes de profetas alquilados,
con sus metáforas lustrosas
y esa tristeza aprendida en manuales.
¡Qué fácilmente fabrican abismos!
Qué fácil es decir “sangre”,
“alma”,
“vacío”,
cuando el corazón duerme intacto
como un animal bien alimentado.
Yo los he visto,
inclinan la cabeza
como árboles de cartón bajo la tormenta.
Hablan del hombre
y jamás tocaron una llaga humana,
y sin embargo,
llenan los teatros del humo de su mentira.
Los aplauden.
Los llaman hondos, terribles, necesarios,
pero la verdad
—esa piedra húmeda, miserable, casi insoportable—
no vive en sus palabras.
La verdad llega jadeando,
gritando y desnuda
con barro en las rodillas.
Por eso el mundo huele a tinta muerta,
a eco repetido en corredores vacíos,
a máscara de mil colores.
Y yo pregunto,
con la boca llena de ceniza...
¿quién salvará la palabra verdadera
de los mercaderes del espanto?