Tres cuentos breves (por Roy Attquinson)

crisantemo

Poeta fiel al portal

Un poeta en Boston

Está entrando el sol por la ventana que da a la calle. Pasa entre los envases de comida que me traen los empleados del señor Waii y las tazas con restos de café y ginebra que hay al lado del paquete de tabaco vacío. Pienso en aquel cigarrillo que le di al empleado del señor Waii.

Debería irme a la cama. Es primavera en Boston, y en Boston, eso pasa cada año. Lo mejor que podría hacer es irme a la cama, pero en lugar de eso, me siento a leer el poema que he escrito esta noche:

—[…]

Enciendo una colilla del cenicero y cubro con ginebra una de las tazas con restos de café del día anterior. Es primavera en Boston y eso solo pasa una vez al año.

El gato del callejón

Desde la ventana de mi apartamento veo el callejón de la calle Endicott. A esta hora suele haber empleados del señor Waii fumando. Ellos también me ven fumar en la ventana. Preferiría que se me relacionara con algo más misterioso que mi adicción a los cigarrillos, soy escritor.

Estoy observando a un gato que camina con la cola levantada. Este sería un buen ejemplo. Pasa ante la mirada zombi de los empleados del señor Waii, sube a la tapa de los contenedores de basura y salta a la plataforma de las escaleras de incendio. Se dirige al segundo piso. La inquilina, una joven camarera del restaurante, siempre tiene un plato con comida y otro con agua en la ventana.

Cuando llega al segundo piso, oye un disparo; se agacha instintivamente, mira al interior del apartamento y ve a la señora Waii que acaba de disparar a la inquilina. La señora Waii saca la cabeza por la ventana y se queda mirando al gato, luego me mira a mí como si fuéramos cómplices. De algún modo, mi existencia ha quedado ligada a la de ese gato.

Protocolo oriental

En la mirilla me pareció que era la señora Waii. Al abrir la puerta, vi que me apuntaba con una pistola. Estuvo unos segundos observándome; después, inclinó la cabeza y me ofreció la pistola con las dos manos en señal de arrepentimiento. Cogí la pistola con una mano y en correspondencia le ofrecí el bate que escondía en la otra.
 
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Un poeta en Boston

Está entrando el sol por la ventana que da a la calle. Pasa entre los envases de comida que me traen los empleados del señor Waii y las tazas con restos de café y ginebra que hay al lado del paquete de tabaco vacío. Pienso en aquel cigarrillo que le di al empleado del señor Waii.

Debería irme a la cama. Es primavera en Boston, y en Boston, eso pasa cada año. Lo mejor que podría hacer es irme a la cama, pero en lugar de eso, me siento a leer el poema que he escrito esta noche:

—[…]

Enciendo una colilla del cenicero y cubro con ginebra una de las tazas con restos de café del día anterior. Es primavera en Boston y eso solo pasa una vez al año.

El gato del callejón

Desde la ventana de mi apartamento veo el callejón de la calle Endicott. A esta hora suele haber empleados del señor Waii fumando. Ellos también me ven fumar en la ventana. Preferiría que se me relacionara con algo más misterioso que mi adicción a los cigarrillos, soy escritor.

Estoy observando a un gato que camina con la cola levantada. Este sería un buen ejemplo. Pasa ante la mirada zombi de los empleados del señor Waii, sube a la tapa de los contenedores de basura y salta a la plataforma de las escaleras de incendio. Se dirige al segundo piso. La inquilina, una joven camarera del restaurante, siempre tiene un plato con comida y otro con agua en la ventana.

Cuando llega al segundo piso, oye un disparo; se agacha instintivamente, mira al interior del apartamento y ve a la señora Waii que acaba de disparar a la inquilina. La señora Waii saca la cabeza por la ventana y se queda mirando al gato, luego me mira a mí como si fuéramos cómplices. De algún modo, mi existencia ha quedado ligada a la de ese gato.

Protocolo oriental

En la mirilla me pareció que era la señora Waii. Al abrir la puerta, vi que me apuntaba con una pistola. Estuvo unos segundos observándome; después, inclinó la cabeza y me ofreció la pistola con las dos manos en señal de arrepentimiento. Cogí la pistola con una mano y en correspondencia le ofrecí el bate que escondía en la otra.
Muy buenos los tres, no sabría decir cuál es mejor que otro.

Saludos
 
Oh parece que están de moda las trilogías! aunque más que tres en uno, tus cuentos parecen uno en tres secuencias
Yo le pondría de título, más que tres cuentos breves: " Un, dos, tres ... léeme si quieres".
( Risa)
Un placer leerte
 

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