Besaba la aurora el cielo,
las estrellas se apagaban,
abrigaba el fresco aroma
en la tranquila mañana.
Yo iba caminando en tanto
se rasaba la montaña,
bajo el trino de las aves
que abren el camino al alba.
Todo en el aire era canto
que a la ausente voz cantaba,
un canto en tono menor
a su dulce voz lejana.
En la ribera del río,
mi carne moría pálida
entre los verdosos sauces
cual pez que muere sin agua.
Y yo, la oía cantar
entre el poblado de ramas
que iban abriéndose como
el gorrión abre sus alas
a cada paso que en mí
recuerdo ella iluminaba
con un cantar inefable
sobre el agua soleada.
Yo pronunciaba su nombre
aquella mañana clara,
cuando el oro solar besa
con su quimera romántica,
y solo pude escuchar
la canción triste del agua.