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No sé si fue el ajenjo, verde hada, quien te encendía
las lámparas del salón donde cada tarde esperabas
ver cisnes de ónice rielar el estanque de la alfombra
entre nenúfares fantasmales que nombraban el ocaso.
No sé si el encandilamiento de mirar de frente al sol
en una cuchara te hizo entender que toda emoción
debe encaminarse a su prístino mineral de origen
para que no sucumba con la sangre que la anima.
La rosa sin estación, abandonada a su pura geometría,
crece hacia dentro, fluye ignota, ramifica y se traspasa
hasta florecer al lado de cualquier estrella, su igual.
Y desde siempre rosa es beso, es mirada. Es volar.
Por eso, Carlos, ahora que el signo se ha abierto
y reconoces por nuevas alas el batir de ojos contra la luz,
tuya es la claridad de ser con todo lo que está a punto
de nacer. Y estás naciendo a lo que es perpetuidad.
Un buen recuerdo para nuestro querido Carlos que ya disfruta entre las luces de la eternidad. Gracias, Pedro por traer su recuerdo con tu maravilloso poema.
No sé si fue el ajenjo, verde hada, quien te encendía
las lámparas del salón donde cada tarde esperabas
ver cisnes de ónice rielar el estanque de la alfombra
entre nenúfares fantasmales que nombraban el ocaso.
No sé si el encandilamiento de mirar de frente al sol
en una cuchara te hizo entender que toda emoción
debe encaminarse a su prístino mineral de origen
para que no sucumba con la sangre que la anima.
La rosa sin estación, abandonada a su pura geometría,
crece hacia dentro, fluye ignota, ramifica y se traspasa
hasta florecer al lado de cualquier estrella, su igual.
Y desde siempre rosa es beso, es mirada. Es volar.
Por eso, Carlos, ahora que el signo se ha abierto
y reconoces por nuevas alas el batir de ojos contra la luz,
tuya es la claridad de ser con todo lo que está a punto
de nacer. Y estás naciendo a lo que es perpetuidad.
No sé si fue el ajenjo, verde hada, quien te encendía
las lámparas del salón donde cada tarde esperabas
ver cisnes de ónice rielar el estanque de la alfombra
entre nenúfares fantasmales que nombraban el ocaso.
No sé si el encandilamiento de mirar de frente al sol
en una cuchara te hizo entender que toda emoción
debe encaminarse a su prístino mineral de origen
para que no sucumba con la sangre que la anima.
La rosa sin estación, abandonada a su pura geometría,
crece hacia dentro, fluye ignota, ramifica y se traspasa
hasta florecer al lado de cualquier estrella, su igual.
Y desde siempre rosa es beso, es mirada. Es volar.
Por eso, Carlos, ahora que el signo se ha abierto
y reconoces por nuevas alas el batir de ojos contra la luz,
tuya es la claridad de ser con todo lo que está a punto
de nacer. Y estás naciendo a lo que es perpetuidad.
No sé si fue el ajenjo, verde hada, quien te encendía
las lámparas del salón donde cada tarde esperabas
ver cisnes de ónice rielar el estanque de la alfombra
entre nenúfares fantasmales que nombraban el ocaso.
No sé si el encandilamiento de mirar de frente al sol
en una cuchara te hizo entender que toda emoción
debe encaminarse a su prístino mineral de origen
para que no sucumba con la sangre que la anima.
La rosa sin estación, abandonada a su pura geometría,
crece hacia dentro, fluye ignota, ramifica y se traspasa
hasta florecer al lado de cualquier estrella, su igual.
Y desde siempre rosa es beso, es mirada. Es volar.
Por eso, Carlos, ahora que el signo se ha abierto
y reconoces por nuevas alas el batir de ojos contra la luz,
tuya es la claridad de ser con todo lo que está a punto
de nacer. Y estás naciendo a lo que es perpetuidad.
Un buen recuerdo para nuestro querido Carlos que ya disfruta entre las luces de la eternidad. Gracias, Pedro por traer su recuerdo con tu maravilloso poema.
Gracias, amigo Marcos. Nos hacemos memoria inevitablemente; ojalá que nos recuerden bien cuando nos llegue el momento.
Cuídate mucho y te envío un abrazo cordial.
No sé si fue el ajenjo, verde hada, quien te encendía
las lámparas del salón donde cada tarde esperabas
ver cisnes de ónice rielar el estanque de la alfombra
entre nenúfares fantasmales que nombraban el ocaso.
No sé si el encandilamiento de mirar de frente al sol
en una cuchara te hizo entender que toda emoción
debe encaminarse a su prístino mineral de origen
para que no sucumba con la sangre que la anima.
La rosa sin estación, abandonada a su pura geometría,
crece hacia dentro, fluye ignota, ramifica y se traspasa
hasta florecer al lado de cualquier estrella, su igual.
Y desde siempre rosa es beso, es mirada. Es volar.
Por eso, Carlos, ahora que el signo se ha abierto
y reconoces por nuevas alas el batir de ojos contra la luz,
tuya es la claridad de ser con todo lo que está a punto
de nacer. Y estás naciendo a lo que es perpetuidad.
Este poema homenaje, recordatorio, Pedro, es de altura, de gran altura, de esos que, aparte de tocar el cielo, tocan el corazón y el alma.
Enhorabuena por tan hermosísimas letras.