epimeteo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ya no sé, si soy una mariposa libre que tiene pesadillas con ser un hombre encarcelado, o un hombre sin libertades que sueña ser mariposa libre.(Proverbio chino)
He perdido esa facultad que tenía para despertarme cuando mi tranquilo sueño se transformaba en insoportable pesadilla. El empecinado macarra, después de hartarse a pinchazos en mi atrapado cuerpo virtual, se ha apoderado de mi cartera y me ha sido imposible traérmela a este otro lado, el de mis ensoñaciones. Empapado en sudor y con la incertidumbre de si estaba despierto o continuaba en el laberíntico mundo de Morfeo, enciendo maquinalmente la luz de la lámpara de mi mesilla de noche y tropezando con muebles y puertas, mal enhebradas por mi dolorida figura, consigo llegar al cuarto de baño; doy la luz, abro el grifo, dejo correr un rato el agua y, levantando la cabeza, fijo, mis adormilados ojos a media asta, en el espejo. Sorprendido primero y aterrorizado después observo que este no refleja mi esperpéntica y desvencijada figura.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. ¿Cómo es posible que mi imagen no la recoja el ovalado espejo de caracolas?. A pesar de mi falta de coordinación de ideas por el despertar tan brusco, no dejo de recordar las películas de Drácula que en la pubertad me fascinaban, aunque después en mis horas más íntimas me ciscaba por la pata abajo.
Me vestí como pude, debido a los nervios. Baje a la calle precipitadamente con el objeto de demostrar, con otros espejos, que el de mi casa sufría un grave error. A veces es mejor no comprobar nada y dejar las cosas como son o como están. Pues en efecto todos los escaparates o espejos en donde ansiosamente intentaba verme reflejado no debían soportar mi quebrada figura. Indescriptible el desasosiego que me entró. No se como no me había dado cuenta antes, tal vez obsesionado por el deseo de ver mi imagen vertical, había olvidado ver mi otra imagen, la horizontal que, un espléndido sol como el existente, tenía que reflejar nítidamente en el suelo. No podía ser de otra manera. Así que con mucho recelo y tímidamente bajé la vista y no digo ¡Oh sorpresa! porque ya me lo estaba esperando. Efectivamente allí no existía el reflejo de ninguna imagen. ¡No hacía sombra!.
Desesperado me toco mi desequilibrado rostro. Mi ojo izquierdo estaba en su sitio, en el que la naturaleza le había colocado, el ojo derecho en su asimetría correspondiente, la enorme nariz fernandeña, dispuesta a expeler el verdoso caudal liquido y la boca con sus bien contadas siete piezas. ¿Qué me quedaba entonces por hacer para certificar mi propia existencia?.
No sé cuanto tiempo deambulé hasta llegar a una calle muy angosta en donde el sol apenas penetraba. Diriase que allí se reflejaba solo la noche de lo oscura que estaba. Entonces fue cuando me fijé en una persona que estaba enfrente a un gran y siniestro escaparate, repleto de libros. Su rostro me era muy familiar, tal vez incómodamente familiar. En dos zancadas de mis estevadas piernas me puse a su lado y aquí si hubo sorpresa ¡mi deformado cuerpo si se reflejaba junto al de mi eventual acompañante!. En ese momento y a través del cristal nos miramos el uno fijamente al otro, con recelo primero y después, por mi parte, y desconociendo las causas con un gran odio hacia esa persona. ¿por demasiado apuesta y elegante? A vosotros, ¿no os ha pasado alguna vez que al ver el rostro de una persona, por el simple hecho de resultaros desagradable y si encima os ha perjudicado de alguna manera. no habéis deseado su desaparición? Afirmo que si. Pues eso me pasó a mí, que su rostro me era familiarmente muy desagradable y elevando el odio a la máxima potencia no pude contenerme y me lance a su cuello apretándole con rabia. Pero ocurrió una cosa llamémosle curiosa, cuanto más apretaba yo me iba diluyendo mas aprisa. Apenas le quedaba oxigeno en sus pulmones y mi figura iba desapareciendo poco a poco. Cuando dejó de respirar mis manos que era lo único que me quedaba desaparecieron.
Un pequeño grupo de personas se acercó a auxiliar al desconocido y entre ellos un doctor en medicina que certificó oficiosamente la posibilidad de un infarto. ¿cerebral? Me di en ese momento perfecta cuenta de quien era yo, y el porque de mi desaparición. Al que había asesinado era mi creador, el inventor de un engendro que no muy a gusto con su figura, odiaba a su creador y lo eliminó aunque eso supusiera mi desaparición de la escena. Desde ese momento me encuentro en el limbo, que es desde donde os escribo
He perdido esa facultad que tenía para despertarme cuando mi tranquilo sueño se transformaba en insoportable pesadilla. El empecinado macarra, después de hartarse a pinchazos en mi atrapado cuerpo virtual, se ha apoderado de mi cartera y me ha sido imposible traérmela a este otro lado, el de mis ensoñaciones. Empapado en sudor y con la incertidumbre de si estaba despierto o continuaba en el laberíntico mundo de Morfeo, enciendo maquinalmente la luz de la lámpara de mi mesilla de noche y tropezando con muebles y puertas, mal enhebradas por mi dolorida figura, consigo llegar al cuarto de baño; doy la luz, abro el grifo, dejo correr un rato el agua y, levantando la cabeza, fijo, mis adormilados ojos a media asta, en el espejo. Sorprendido primero y aterrorizado después observo que este no refleja mi esperpéntica y desvencijada figura.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. ¿Cómo es posible que mi imagen no la recoja el ovalado espejo de caracolas?. A pesar de mi falta de coordinación de ideas por el despertar tan brusco, no dejo de recordar las películas de Drácula que en la pubertad me fascinaban, aunque después en mis horas más íntimas me ciscaba por la pata abajo.
Me vestí como pude, debido a los nervios. Baje a la calle precipitadamente con el objeto de demostrar, con otros espejos, que el de mi casa sufría un grave error. A veces es mejor no comprobar nada y dejar las cosas como son o como están. Pues en efecto todos los escaparates o espejos en donde ansiosamente intentaba verme reflejado no debían soportar mi quebrada figura. Indescriptible el desasosiego que me entró. No se como no me había dado cuenta antes, tal vez obsesionado por el deseo de ver mi imagen vertical, había olvidado ver mi otra imagen, la horizontal que, un espléndido sol como el existente, tenía que reflejar nítidamente en el suelo. No podía ser de otra manera. Así que con mucho recelo y tímidamente bajé la vista y no digo ¡Oh sorpresa! porque ya me lo estaba esperando. Efectivamente allí no existía el reflejo de ninguna imagen. ¡No hacía sombra!.
Desesperado me toco mi desequilibrado rostro. Mi ojo izquierdo estaba en su sitio, en el que la naturaleza le había colocado, el ojo derecho en su asimetría correspondiente, la enorme nariz fernandeña, dispuesta a expeler el verdoso caudal liquido y la boca con sus bien contadas siete piezas. ¿Qué me quedaba entonces por hacer para certificar mi propia existencia?.
No sé cuanto tiempo deambulé hasta llegar a una calle muy angosta en donde el sol apenas penetraba. Diriase que allí se reflejaba solo la noche de lo oscura que estaba. Entonces fue cuando me fijé en una persona que estaba enfrente a un gran y siniestro escaparate, repleto de libros. Su rostro me era muy familiar, tal vez incómodamente familiar. En dos zancadas de mis estevadas piernas me puse a su lado y aquí si hubo sorpresa ¡mi deformado cuerpo si se reflejaba junto al de mi eventual acompañante!. En ese momento y a través del cristal nos miramos el uno fijamente al otro, con recelo primero y después, por mi parte, y desconociendo las causas con un gran odio hacia esa persona. ¿por demasiado apuesta y elegante? A vosotros, ¿no os ha pasado alguna vez que al ver el rostro de una persona, por el simple hecho de resultaros desagradable y si encima os ha perjudicado de alguna manera. no habéis deseado su desaparición? Afirmo que si. Pues eso me pasó a mí, que su rostro me era familiarmente muy desagradable y elevando el odio a la máxima potencia no pude contenerme y me lance a su cuello apretándole con rabia. Pero ocurrió una cosa llamémosle curiosa, cuanto más apretaba yo me iba diluyendo mas aprisa. Apenas le quedaba oxigeno en sus pulmones y mi figura iba desapareciendo poco a poco. Cuando dejó de respirar mis manos que era lo único que me quedaba desaparecieron.
Un pequeño grupo de personas se acercó a auxiliar al desconocido y entre ellos un doctor en medicina que certificó oficiosamente la posibilidad de un infarto. ¿cerebral? Me di en ese momento perfecta cuenta de quien era yo, y el porque de mi desaparición. Al que había asesinado era mi creador, el inventor de un engendro que no muy a gusto con su figura, odiaba a su creador y lo eliminó aunque eso supusiera mi desaparición de la escena. Desde ese momento me encuentro en el limbo, que es desde donde os escribo