ACTO DE CARIDAD
(Reinterpretación del medievo)
Como un último acto de caridad suprema
los lagartos nacidos de las rocas
devoraron los tiernos y dulces ojos
de los pequeños corderos.
Así les evitaron la convulsión y el desprecio
de las nubes que llegaban
-enviadas por los dioses-
yermas de lluvia una vez más.
La meseta, eterna y parda, se replegó ante el insulto.
Las caricias contritas de los vientos
no pudieron evitar que renaciesen
las viejas heridas octogonales
sobre el roquedal de las viejas leyendas.
Recogían las damas sus pálidas frentes
frente a las insinuaciones lascivas
de los unicornios conversos.
Tännhauser había vuelto.
Tiempo aquel en el que los eremitas
alumbraban actos de fe en las fuentes del pecado
y los neocatecúmenos carecían de manual de instrucciones.
Aglomeraban catedrales y burdeles un confuso griterío .
La desmesurada claridad de las vidrieras sagradas
confundía bajo las bóvedas las sombras y los cánticos.
Fuegos de fe y vientos de codicia
los hombres santos se dispersaban entre los pechos núbiles
y los vómitos matutinos tras las ofrendas nocturnas.
Eran tiempos de carroña y fe oxidada.
Tiempos de forja de espíritus desorientados,
de religiones truncadas en sus vuelos de sed mística
de pequeños corderitos cegados por lagartos turbulentos.
Los rojos amaneceres destilaban corazones inconclusos
revestidos en su inclemencia por los tigres acechantes.
Eran, al final de la jornada, amapolas picoteadas por los grajos.
Eran ofrendas inaceptables , turbios labios leporinos,
luces de lunas añejas como huesos de amatista.
Bajo los álamos, entre los juncos trizados, junto al río,
doncellas y caballeros inventan las risas calladas,
risas que no dejan ecos de sus juegos bajo las haldas.
El río va lamiendo sus orillas arrastrando el barro
con el que se fabrican los seres humanos.
Pronto será todo mar.
(Reinterpretación del medievo)
Como un último acto de caridad suprema
los lagartos nacidos de las rocas
devoraron los tiernos y dulces ojos
de los pequeños corderos.
Así les evitaron la convulsión y el desprecio
de las nubes que llegaban
-enviadas por los dioses-
yermas de lluvia una vez más.
La meseta, eterna y parda, se replegó ante el insulto.
Las caricias contritas de los vientos
no pudieron evitar que renaciesen
las viejas heridas octogonales
sobre el roquedal de las viejas leyendas.
Recogían las damas sus pálidas frentes
frente a las insinuaciones lascivas
de los unicornios conversos.
Tännhauser había vuelto.
Tiempo aquel en el que los eremitas
alumbraban actos de fe en las fuentes del pecado
y los neocatecúmenos carecían de manual de instrucciones.
Aglomeraban catedrales y burdeles un confuso griterío .
La desmesurada claridad de las vidrieras sagradas
confundía bajo las bóvedas las sombras y los cánticos.
Fuegos de fe y vientos de codicia
los hombres santos se dispersaban entre los pechos núbiles
y los vómitos matutinos tras las ofrendas nocturnas.
Eran tiempos de carroña y fe oxidada.
Tiempos de forja de espíritus desorientados,
de religiones truncadas en sus vuelos de sed mística
de pequeños corderitos cegados por lagartos turbulentos.
Los rojos amaneceres destilaban corazones inconclusos
revestidos en su inclemencia por los tigres acechantes.
Eran, al final de la jornada, amapolas picoteadas por los grajos.
Eran ofrendas inaceptables , turbios labios leporinos,
luces de lunas añejas como huesos de amatista.
Bajo los álamos, entre los juncos trizados, junto al río,
doncellas y caballeros inventan las risas calladas,
risas que no dejan ecos de sus juegos bajo las haldas.
El río va lamiendo sus orillas arrastrando el barro
con el que se fabrican los seres humanos.
Pronto será todo mar.